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Lit

Confesiones de una niña que descubre el erotismo

Erotismo, amores prohibidos y sobre todo literatura: se publican los diarios de Anaïs Nin, una de las escritoras más polémicas y brillantes del siglo XX

PlayGround Books

12 Diciembre 2017 18:49

Mi primera sensación erótica.

Nueva York, 26 de noviembre de 1941

Notas sobre futuros trabajos - Mientras escribía los textos eróticos recordé esto: en Bruselas vivíamos en una casa de dos pisos. Tenía por entonces siete u ocho años. Mi padre siempre nos llevaba a azotarnos al ático. No quería que mi madre nos oyera. Interfería y se enfadaba con él, y la lucha terminaba con una gran batalla entre mi padre y mi madre. De modo que el castigo siempre tenía lugar en esta habitación de techo bajo, abarrotada de baúles, trapos, muñecas rotas, viejas cortinas, bolas de alcanfor, libros y música antigua. Si mal no recuerdo, lo odiábamos y le suplicábamos que nos perdonara. El ascenso por las escaleras transcurría normalmente tratando de persuadir a mi padre de que éramos inocentes y no nos merecíamos el castigo. Recuerdo llorar violentamente con la humillación y odiar a mi padre. Ahora me pregunto si la mano que administraba los poderosos azotes no despertaría, al mismo tiempo que el dolor, una región de placer. No recuerdo sentir placer en aquel momento, pero mucho más tarde, cuando recordé los golpes, fue como si el calor de la mano hubiera despertado no solo el dolor con el golpe, sino las durmientes regiones de sensibilidad alrededor del trasero. Fue como si los azotes hubieran tocado demasiado de cerca el lugar donde se siente el placer y después mezclado y vinculado en el cuerpo dolor y placer, que de repente parecían muy cercanos y relacionados entre sí. No fui consciente de la conexión entre ellos hasta que una noche caminaba por los bulevares y entré en uno de esos sitios donde se pueden ver diapositivas eróticas por un penique. Había visto ya cuatro o cinco escenas de abrazos, hombres y mujeres revolcándose en la hierba, mujeres sorprendidas en el momento del baño, putas desvistiéndose, y entonces vi la siguiente escena; sucedía en un aula. Muchas chiquillas se sentaban en un banco, vistiendo faldas muy cortas como las que yo llevaba de pequeña. La profesora se iba enfadando más y más. Finalmente ordenaba a una de ellas que viniera a su mesa y la regañaba. La chiquilla respondía con descaro. La profesora agarraba a la niña, la tumbaba sobre sus rodillas, le subía la falda, desabrochaba sus braguitas y empezaba a azotarla con fuerza. Mientras observaba la escena sentí un placer extraordinario. Estaba revolucionada, me humedecí entre las piernas y empecé a palpitar, hasta casi alcanzar el orgasmo. Fue una revelación. No recuerdo experimentar este placer de niña. Debe de haberse producido como una secuela del dolor. El dolor creó el calor y finalmente una sensación de placer. Una vez descubierto se convirtió en una fantasía que usaba cuando no podía alcanzar el orgasmo con Gonzalo. Imaginaba esta escena en el ático desde el principio. Cerraba los ojos e imaginaba el ático y a mi padre azotándome. Al hacerlo, su mano se deslizaba y rozaba mi sexo. El calor de los azotes se extendía al sexo entre mis piernas. Me decía a mí misma: ahora mi madre estará subiendo las escaleras para poner fin a esto, subiendo lentamente para ver qué está haciendo mi padre. Le sorprenderá dándome azotes y tratará de detenerlo. Debo disfrutarlo antes de que llegue arriba (y qué claramente sentía su mano caliente en mi trasero, o era la mano caliente de Gonzalo, y las palabras españolas de Gonzalo). Me azota, pero es como una caricia violenta, y me excita sexualmente. Debo abrirme y disfrutarlo más y más antes de que la madre nos detenga (antes de que Gonzalo se quede satisfecho y deje de moverse dentro de mí). Mi padre me azota, mi trasero está caliente, febril, y alrededor se extienden el calor y la fiebre... Y viendo esta imagen lograba el orgasmo. Mi noche de bodas: Hugo muy exaltado y romántico. Me leyó un poema. Se arrodilló ante mí y pronunció maravillosas palabras de adoración. Luego apagamos la luz y nos metimos en la cama. Yo llevaba un camisón de satén blanco. Él era inexperto. Nunca había hecho el amor con una mujer. Frotó su cuerpo contra el mío. Yo tampoco sabía qué hacer. Todo lo que sabía es que dolería y que habría sangre. Ni siquiera me levanté el camisón. Hugo en realidad nunca introdujo su sexo en mí. Restregó su cuerpo contra el mío, el pene contra mi vientre hasta que se corrió sobre mi camisón. Yo estaba sorprendida de sentir este enorme pene donde antes había sentido algo blando y pequeño. Estaba sorprendida de la humedad en mi camisón. Al despertar, el camisón se había quedado rígido con el esperma. Me sentía triste, confusa. Hugo también estaba triste. Pensé que no me amaba. Él pensaba que era impotente. Cuando fui a la peluquería del hotel a que me arreglaran el pelo se puso celoso y me acompañó. Esa noche íbamos a tomar el tren de vuelta a casa. Pensé que sucedería entonces, que me tomaría de verdad. Pero esta vez no logró una erección. Empezó a llorar, a excusarse. Tuve cierta sensación de que algo no andaba bien. Pero todo lo que sentía era: no me ama, no me desea. Ambos estábamos terriblemente tristes. Cuando vivíamos en nuestro primer apartamento lo que le gustaba a Hugo era hacer que me tumbara en la cama con la ropa puesta y levantarme las piernas para que pudiera mirarme. Eso era todo lo que quería, mirarme entre las piernas, sin empujar y frotarse hasta correrse. Yo también me corría frotándome contra él. Eso era todo. Nos agotábamos de este modo, excitados y frustrados. Entonces una noche me propuse que me tomara del todo. Él tenía miedo de hacerme daño. Cada vez que lo había intentado yo estaba demasiado pequeña y estrecha, y la timidez y el miedo hacían que estuviera incluso más estrecha. Él era muy grande, lo descubrí después, de una manera nada habitual, y yo era más bien pequeña. Pero fui yo la que una noche le incité a empujar, fui yo la que le obligó. No me quejé del dolor. Le incité hasta que finalmente atravesó la virginidad, y brotó la sangre, y se acabó. Pero nunca estuvimos hechos el uno para el otro. Era demasiado grande para mí. Y además él siempre se corría demasiado deprisa, casi inmediatamente, y yo era lenta. De hecho, durante meses no supe lo que eran los orgasmos profundos. Solo sentía el orgasmo superficial del clítoris, que él estimulaba con sus manos, pero nada profundo. Lo sorprendente es que fue solo un año más tarde en París cuando sentí el orgasmo profundo. Estábamos viviendo en un apartamento de dos habitaciones separados solo por una cortina. Mi madre vino de visita. Dormía en el salón, en el sofá. Estaba cansada del largo viaje y cayó profundamente dormida. Hugo y yo intentamos meternos en la cama sin despertarla. Hugo quería tomarme. En la oscuridad le suplicaba. Tenía miedo de que mi madre nos oyera. Mi resistencia le encendió. En la oscuridad, con el secretismo, con la angustia que sentía ante la posibilidad de ser descubiertos, sentí de repente esta expansiva, eufórica descarga de placer en todo el cuerpo, como un licor fuerte recorriéndome las venas. Estaba hechizada. No era nada como el placer del orgasmo del clítoris. Era muy adentro del vientre, un goce violento. Fue una revelación. Entonces desperté al mundo del sexo. Empecé a buscar por los muelles libros sobre sexo. Compré novelas francesas de un céntimo muy iluminadoras. Encontré en el armario del joven soltero cuyo apartamento estábamos subalquilando las memorias de una prostituta. Cuando era una niña pequeña los vagabundos que dormían bajo los puentes la tocaban y la manoseaban. Pero eso era solo el orgasmo clitoriano. Luego, a los dieciséis, la poseyeron de verdad y describía lo que sintió con el orgasmo completo. Este hombre la metió en un prostíbulo. Podía recibir a ocho o diez hombres al día y no sentir nada. Pero cuando su amante llegaba era capaz de excitarla hasta el frenesí. Más tarde, mi profesor de baile español se enamoró de mí. Tenía alrededor de cincuenta pero era vigoroso y ágil, alguien con don de gentes. Bajo el estudio de baile había unos pequeños vestuarios, sofocantes y estrechos y mal iluminados. Tras la clase el profesor solía seguirme hasta uno de los pequeños vestuarios y entonces, mientras yo me apoyaba contra los vestidos y los chales, me subía la falda y me besaba en el sexo hasta que me mareaba. Pero nunca me atreví a ir a su hotel tal y como me rogaba que hiciera. También me sorprendió, mucho después, descubrir que un hombre raramente podía saber cuándo una mujer ha sentido el orgasmo. El pene no es lo suficientemente sensible para registrar la palpitación del orgasmo. Si el pene está quieto dentro de la mujer puede sentir las voluntarias contracciones musculares que imitan las contracciones del orgasmo, pero las del orgasmo son más débiles. Un hombre puede cerciorarse sintiendo el corazón acelerado, pero incluso esto puede ser producto del simple esfuerzo físico. Cuando estás enamorado, amas todas y cada una de las partes del cuerpo; cuando no estás enamorado siempre hay una parte del cuerpo que te gustaría alejar. Cuando estás enamorado, después de satisfacer el deseo, aún amas el cuerpo del amado. Cuando no estás enamorado deseas alejarlo. Mi primera sensación erótica la sentí a la edad de ocho años. Estaba jugando con cuatro o cinco niños de mi edad. Habíamos agotado todos los juegos que nos sabíamos y se acercaba el final de la tarde. Recuerdo la creciente oscuridad y cómo pasamos de la habitación en la que estábamos jugando a un invernadero de cristal. Hacía calor y estaba lleno de olores. Las únicas luces provenían de la calle. No recuerdo de quién fue la idea, pero alguien sugirió que nos quitáramos las bragas y nos mostráramos a los niños. Lo hicimos, pero a causa quizá de la timidez, cuando nos quitamos las bragas, en lugar de dar la cara a los niños les dimos la espalda y nos inclinamos como para recibir un azote. Creo que pensábamos que esa era la parte interesante que mostrar. Uno de los niños no se contentó con mirar. Se acercó a mí y posó su mano sobre mi trasero con una suave caricia. Justo en ese momento escuchamos un ruido. Nos vestimos rápidamente. Estuvimos a punto de que nos atraparan los padres.

(Anaïs Nin, fragmento de Espejismos, Harpo Libros, 2017)

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