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3 meses sobre dos ruedas

/OPINIÓN/ "El momento cuando la música arrolladora te llena el cuerpo como el mejor bajo en un concierto, el empujón duro del gas que te deja atrás y te obliga a agarrarte a ella como sea, el mínimo instante que interrumpe el cansancio de bautizar carreteras fantasma como si fueses el primero con las brisas calientes de primavera…"

Rafa Martí

29 Abril 2018 06:00

Me compré la moto una semana después de haberlo dejado con mi novia. Estaba como un estúpido crío el día de reyes, pero no solo el día, sino todos los días. Mis colegas solo me repetían las mismas machadas de siempre: «¡Todos sabemos que te has cambiado la novia por la moto, eh, cabrón!» Pero no. No había cambiado a la loca más power y con más ovarios de América por una burra. Solo que la burra sí era un buen sucedáneo para no pensar en el desastre.

Básicamente, cuando a las dos semanas le has cogido confianza (peligrosa, claro) a una bestia de 900 centímetros cúbicos te sientes un kamikaze capaz de ir a matarse a la Isla de Man. El bumbum que provoca salir de una curva en la que te patina la rueda trasera porque has querido besar el asfalto con la rodilla mientras adelantas a dos coches sin saber que viene un camión que no ves lo anula todo. Hasta los pesares de haberla perdido.

La moto me la compré porque siempre he querido tener una. Y bueno, también porque un colega del trabajo se acababa de comprar una BMW y chuleaba más que yo, y porque acabo de cumplir 30 años y mi vida no es la del tío de 30 años que se mete en una hipoteca ni hace papeles en el banco, para bien y para mal.

Antes llevaba una scooter japonesa, pero eso no es una moto: salir de un semáforo montado a lomos de un Tomahawk con destino a Bagdad no tiene nada que ver con salir de un semáforo montado en una silla de ruedas eléctrica con destino a la panadería. Esto, a pesar de que llego al trabajo en el mismo tiempo que lo haría con un bicing. Pero con un bicing nunca puedes llegar a sentirte (o, al menos creerte) como McQueen cuando huía de de los nazis, ni como Bob Dylan después de haberle meado la cara a Andy Warhol para llevarse a Edie Sedgwick de picnic en su Bonneville, ni como James Dean levantando nubes de polvo en Nuevo México, ni tan salvaje como Marlon Brando con un gorro de marino sobre su Triumph, ni tan acojonado como Hunter S. Thomson cruzando el desierto de California con los Ángeles del Infierno, ni tan libre como el Che conquistando el sur.

El viento en la cara, el braaap de un escape que parece que obliga a las baldosas a hacer reverencias y la mirada de capullo (y sobre todo, que te lo griten por la calle cuando casi atropellas a un perro, sorry) son momentos insustituibles. Y con esa mirada de capullo te crees que vas a ser el nuevo Rodolfo Valentino. Pero no. La realidad es que con una moto tan guapa como la mía lo único que consigues es que te miren más tíos que a Claudia Cardinale al final de Once upon a time in the West, seamos justos. El único comentario que me ha hecho una mujer sobre la moto ha sido decirme que apague el motor porque hace mucho “ruido”. ¿Ruido? Tan es así, que el asiento del paquete todavía es virgen.

A pesar de todo, esa pequeña satisfacción de cuando el amigo con el carrito del bebé te mira como suplicando, el momento cuando la música arrolladora te llena el cuerpo como el mejor bajo en un concierto, el empujón duro del gas que te deja atrás y te obliga a agarrarte a ella como sea, el mínimo instante que interrumpe el cansancio de bautizar carreteras fantasma como si fueses el primero con las brisas calientes de primavera, la empatía del saludo a dos dedos de todos los anónimos reyes de la carretera y el vivir por horas evadido como si la huida fuese lo único real...

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