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Las razones por las que la Academia Sueca se negó a otorgarle el Nobel a Borges

Los documentos que ha desclasificado la Academia Sueca abren nuevamente el debate: ¿fueron realmente políticos los motivos que impidieron que el argentino ganara el galardón?

Eudald Espluga

10 Enero 2018 16:31

Con el permiso de Haruki Murakami, y del run-run mediático que se ha creado en torno a su figura cada vez que se acerca el mes de octubre, puede decirse que Jorge Luis Borges es el más célebre no-ganador del Premio Nobel de Literatura. Siempre que se quiere poner en entredicho el criterio de la Academia Sueca, o cuestionar el valor del galardón, salta automáticamente el nombre del escritor argentino —que aparece incluso por delante de otros grandes nombres como los de Tolstoi, Virginia Woolf o Juan Rulfo.

Se ha especulado mucho sobre las razones por las cuales nunca fue premiado. Se asumió que los motivos para no concederle tal reconocimiento tenían que ver forzosamente con sus compromisos políticos, ya que era literariamente inconcebible que no se lo laureara con el Nobel. Una y otra vez se ha señalado su relación con el dictador chileno Augusto Pinochet, de manos de quien Borges recibió un doctorado honoris causa en la Universidad de Chile. El autor de Ficciones nunca quiso ocultarlo, e incluso sacó pecho ante la prensa, afirmando que el dictador era una "excelente persona", muy cordial y de enorme bondad.

Tales sospechas no eran infundadas. Artur Lundkvist, académico sueco y experto en literatura lationamericana, confirmó que "la Academia sueca nunca le dará el Nobel a Borges". Lo explica Volodia Teitelboim en Los dos Borges: "mencionó el encuentro con Pinochet y los elogios al dictador. Y agregó: la sociedad sueca no puede premiar a alguien con esos antecedentes.".

Sin embargo, una sorprendente revelación en torno a la consideración de Borges para el Nobel que acaba de hacerse pública puede obligarnos a repensar este relato: el argentino fue uno de los principales candidatos a ganar el premio Nobel de 1967, junto con el británico Graham Green, que finalmente se llevó Miguel Ángel Asturias.

Aunque la Academia no hace pública la lista de candidatos que evalúa en cada edición —las listas que manejan las casas de apuestas son siempre catálogos aproximados—, de puertas para adentro sí establece un listado de setenta candidatos, que solo "desclasifica" pasados cincuenta años de la concesión del premio. Un extraño ritual que ahora nos ha permitido saber que el guatemaltenco se impuso no solo a Borges y a Green, sino también a Samuel Beckett, Saul Bellow, George Simenon, Ezra Pound o JRR Tolkien.

Eso sí. Como han señalado desde Book Riot, de entre los setenta candidatos tan solo había 5 escritoras: Marie Luise Kaschnitz, Katherine Anne Porter, Anna Seghers, Judith Wrighth.

Las razones que el informe recoge para rechazar Borges son tajantes, y destacan por cierto sarcasmo en la adjetivación. Con estas duras palabras despachó Anders Osterling, presidente del Comité del premio, la candidatura del argentino: "demasiado exclusivo o artificial en su ingenioso arte en miniatura". Aunque, es cierto, se mostraba igualmente escéptico con Asturias, a quien veía "excesivamente limitado a la temática revolucionario". Su candidato era Graham Green.

Sus cuentos atentan contra todo aquello que los Nobel recubren de dorado: desafían la seriedad y la profundidad, tratan la filosofía como una rama más de la literatura fantástica y no respetan el aura sagrada que recubre a los clásicos.

Lo curioso del caso es que estas pullas contra el virtuosismo literario de Borges revelan una reticencia real hacia el estilo supuestamente elevado y socarronamente académico del argentino. Parece que los juegos literarios de Ficciones y El Aleph no convencían al jurado incluso diez años antes del infausto encuentro con Pinochet. Pero acusar al argentino de ser demasiado culto e ingenioso es una interpretación bastante pobre del espíritu lúdico y subversivo de sus libros.

Nadie —y mucho menos Borges— puede hablar seriamente de "un conocido pasaje de las Eneadas de Plotino", como tantas veces hace en Historia de la eternidad, básicamente porque no hay ningún pasaje conocido de las Eneadas. Ni tan solo Eneadas son conocidas. El supuesto elitismo de sus libros es un ejercicio de hipertrofia —tanto por las referencias como por el estilo grandilocuente— con el que pretende burlarse del elitismo y la alta literatura. Borges parece un autor culto, es cierto: cita a Platón, a San Agustín, a Leibniz, a Nietzsche. Pero basta con atender a cómo se refiere a ellos para descubrir que en realidad se está riendo de los esnobs que citan a "Platón, el griego remoto".

Sus cuentos atentan contra todo aquello que los Nobel recubren de dorado: desafían la seriedad y la profundidad, tratan la filosofía como una rama más de la literatura fantástica y no respetan el aura sagrada que recubre a los clásicos. Sin embargo, su recepción —como demuestra el veredicto de la Academia sueca en 1967— ha sido siempre muy diferente. Se lo ha tratado como un autor metafísico y sofisticado, incluso visionario. Se repiten sus reflexiones en tono sentencioso, como si fueran aforismos. En vez de tratarlo como lo que era —un bufón especialmente provocador—, se lo eleva a la categoría de sabio.

"Es una antigua tradición escandinava" decía Borges, jugando nuevamente con el tono ilustrado y distinguido, evocando un imaginario mítico, "me nominan para el premio y se lo dan a otro. Ya todo es una especie de rito". Al final, pensar que los motivos literarios para no concederle el Nobel pesaron más que los motivos políticos —por lo menos durante algunos años— quizá no sea ahora un sinsentido.

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