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Life

Nxivm: la sociedad secreta que marca a hierro a las mujeres

Todo empezó con un simple juego: "Necesito tener algo tuyo, una garantía de que no vas a hablar”

L.M.R.

04 Diciembre 2017 10:48

De repente, la conversación dio un giro. “Hay algo que quiero compartir contigo. Quiero invitarte a algo maravilloso que va a cambiar tu vida. Pero antes de que pueda decirte qué es, necesito tener algo tuyo, una garantía de que no vas a hablar”.

Así comienza esta historia. Una historia que conocemos en boca de una de sus víctimas, Sarah Edmondson. Una mujer que se ha visto forzada a escribir una carta abierta para responder a quienes la acusan de ciega y de boba por haber dejado que las cosas a su alrededor llegaran al loco extremo al que llegaron.

Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos al párrafo de arriba, porque todo empezó con esas palabras.

“Quiero invitarte a algo maravilloso que va a cambiar tu vida. Pero antes de que pueda decirte qué es, necesito tener algo tuyo, una garantía de que no vas a hablar

Canadiense, mujer madura en los 40 y actriz de profesión, Sarah recuerda así el momento de la persuasión. Sucedió el pasado enero. Quien le hablaba era Lauren Salzman, su amiga y su mentora. No parecía que hubiera razones para desconfiar.

Las dos mujeres se habían conocido años atrás. Habían trabado amistad en el entorno de Nxivm, una organización que ofrece cursos de autoayuda y realización personal.

Sede Nxivm

Salzman había viajado hasta Vancouver para impartir unos talleres de Nxivm y se estaba quedando en casa de Sarah. A ella, la propuesta de su amiga le pareció intrigante. Quiso saber más.

Salzman insistió en las garantías.

“Debe ser algo que te haga sentir mal”, le dijo. “Que la idea de que ese algo pueda salir a la luz te repugne, algo que te haga mantener tu palabra de que nunca hablarás de esto”.

Vale, pero ¿qué?

“Algo como una foto tuya desnuda o un secreto de familia que no quieres que se sepa […] Cuando te cuente de qué se trata, no tienes por qué hacerlo, no tienes que decir que sí, pero yo voy a conservar lo que me des durante toda mi vida, para asegurarme de que nunca hables sobre ello, porque es ultra secreto”.

Cara de pasmo. Y la curiosidad desbordada. ¿Qué harías en una situación así?

Cuenta Sarah que ella se sintió incómoda. Tuvo sus segundos de dudas. Pero Salzman era su mejor amiga, su confidente. Aquello sonaba a prueba de confianza.

Alcanzó una hoja y anotó varias cosas, trapos sucios, algunos inventados.

“Entonces me contó de qué iba la cosa: era un grupo internacional de mujeres, nada que ver con Nxivm o Keith”, relata. “Iba a ser una sociedad secreta de mujeres, algo parecido a la francmasonería, como una fuerza para el bien. Ibamos a ser capaces de cambiar el mundo”.

“Iba a ser una sociedad secreta de mujeres, algo parecido a la francmasonería, como una fuerza para el bien. Ibamos a ser capaces de cambiar el mundo”

Sororidad. Fraternidad entre mujeres. Una hermandad secreta creada con el objeto de empoderar y facilitar cambios desde la sombra. Esa era la oferta. Pero formar parte de aquel “maravilloso secreto” tenía un precio.

“El primer paso era comprometerse con ella, un compromiso de por vida, algo que yo ya tenía con ella porque era mi mejor amiga”, explica Sarah. “Lo segundo era hacer un voto de obediencia hacia ella, establecer una relación en términos de ama y esclava”.

La sumisión debía ser total. Y alrededor de eso, el pacto de silencio, la amenaza de que aquellos materiales comprometedores que había entregado, aquellas “garantías”, podrían divulgarse públicamente si revelaba la existencia del grupo. Puro chantaje.

También penalizaciones, como ayunar o recibir castigos físicos, si no cumplía con las exigencias o los protocolos que establecían “las amas”. Aunque de eso se enteró más tarde.

"Debería haber hecho caso a las banderas rojas", dice ahora Sarah de aquel juego podrido. En vez de eso, se lanzó en los brazos de Salzman.

“Quiero unirme al grupo”.

Olor a carne quemada

La ilusión de Sarah Edmondson duró apenas dos meses. La suya y la de otras varias mujeres con las que compartió su espanto.

El golpe de realidad llegó una noche de marzo. Habían pasado dos meses desde aquella primera charla cuando Sarah recibió una llamada. Debía viajar a Clifton Park, un pueblo del estado de Nueva York. La esperaban para su ceremonia de iniciación. El rito implicaba hacerse un pequeño tatuaje. Poco más le contaron.

Dos días después Sarah está en casa de Salzman en Clifton Park. La anfitriona le pide que se desnude y se coloque una venda sobre los ojos. Luego la conduce hasta otra dependencia. Al quitarse la venda ve que no está sola. Junto a ella hay otras mujeres. Las conoce. Ha coincidido con todas en las reuniones de Nxivm. Son, como ella, esclavas de Salzman. “Entonces llegó la doctora Roberts”.

Ahí empezó el horror.

Nada de tattoos pequeños. Todas las mujeres salieron de allí marcadas con cauterizador, como ganado.

El mismo símbolo para todas. En la misma zona del cuerpo.

Ruth Fremson/The New York Times

“Todas estábamos llorando, temblando, nos agarrábamos la unaa a las otras”, rememora Sarah. “Fue horrible. Era como una mala película de terror. Incluso llevábamos aquellas máscaras quirúrgicas porque el olor a carne quemada era super intenso. Me sentí petrificada. Sentía que cada parte de mi cuerpo me decía Lárgate de aquí. Corre.

“Fue horrible. Era como una mala película de terror. Incluso llevábamos aquellas máscaras quirúrgicas porque el olor a carne quemada era super intenso”

Aquella noche, Edmondson tomó la decisión de dejar Nxivm, organización a la que llevaba vinculada una década, como captadora de miembros, como productora de eventos, e incluso como fundadora de la rama canadiense de la empresa.

Sarah se apartaba de Nxivm porque tiene la convicción de que detrás de esa sociedad secreta, y de sus ritos, está Keith Raniere, el fundador de Nxivm.

La empresa ha negado cualquier vinculación en un comunicado que puede leerse en su página web, pero un mensaje de Raniere enviado a una seguidora demuestra que él sabía que se estaba marcando a las mujeres. Es más, el símbolo quemado en la piel de esas mujeres representa sus iniciales.

“No estaba planeado en un inicio como mis iniciales, pero lo modificaron un poco como tributo”, revela Raniere en ese mensaje. “Si fueran las iniciales de abraham lincoln o de bill gates a nadie le importaría”. (Sic)

“No estaba planeado en un inicio que las marcaran con mis iniciales, pero lo modificaron un poco como tributo”

Prácticas perturbadoras, que no son delito

Según publica el New York Times, no es la primera vez que Nxivm y Raniere se ven envueltos en la polémica. El líder de la organización ha sido descrito en más de una ocasión como un hombre que manipula y se aprovecha sexualmente de sus seguidoras.

Keith Raniere

Varios exmiembros han pedido a las autoridades que investiguen las prácticas del grupo, pero las autoridades se han negado a entablar acciones legales.

En julio, Edmondson interpuso una demanda ante el Departamento de Salud del estado de Nueva York contra la doctora Danielle Roberts, la mujer que les quemó la piel. La agencia ha respondido que no investigará a Roberts porque considera que el asunto no les compete, en tanto que la sospechosa no estaba ejerciendo como doctora de Edmondson cuando sucedieron los hechos. Su interacción no respondió a una relación doctora-paciente, por lo que no puede decirse que haya habido malas prácticas médicas, opinan los funcionarios.

Asimismo, un investigador de la policía estatal le ha comunicado a Edmondson y a otras dos denunciantes que no darán seguimiento a su demanda criminal en contra de Nxivm porque consideran que los sucesos que se denuncian fueron consensuados. Que el arrepentimiento no anula el consentimiento, vaya. Ellas dicen que el consentimiento se produjo en un contexto de coacción y de miedo.

Mientras esperan a que alguien haga caso y tome medidas, las mujeres huidas de Nxivm tratan de volver a la normalidad. No es fácil, aseguran. Lo que abrazaron durante años como un entorno seguro, una organización que les había reportado beneficios en sus vidas y carreras, ahora lo ven como algo bien distinto.

Como dice Edmonson al NY Times: “No hay un manual para dejar un culto”.

mujeres espiritualidad violencia de género

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