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Life

Cinco cosas que he descubierto tras pasar un año entero sin beber alcohol

Creedme: pasar 365 completamente sobrio es la hostia

víctor parkas

18 Enero 2018 06:00

“No vuelvo a beber en la vida”. Uno de enero de 2017. Casa de mi abuela. Comida familiar. Resaca nivel que-alguien-me-ponga-una-desert-eagle-en-la-nuca. “Va en serio”. No soy capaz de seguir el hilo de los vídeos de Instagram que me enseña mi prima. Las copas al entrechocar suenan como un Aston Martin irrumpiendo por la vitrina de una tienda de lámparas. Todavía es fin de año en mi corriente sanguíneo. “Nunca más”. Repto para llegar de la silla al sofá. He tenido que coger un taxi para llegar hasta aquí. ¿Distancia a recortar? Kilómetro y medio. Un puto taxi.

“De verdad”, repito, “no vuelvo a beber en la vida”.

Lo que parecía un vulgar mantra de arrepentimiento post-cogorza no fue tal: llevo, desde ese uno de enero, sin probar gota alguna de alcohol. Y no: no es que yo antes fuera, cantaba Eva, “como Nicolas Cage en Leaving Las Vegas”. Ni yo era alcohólico, ni ningún alcohólico que se precie sería tan ordinario como para, con el turrón todavía en la mesa, bajar la botella en plenas fiestas navideñas. Era algo peor, y que ninguna patología podía excusar: un bebedor social, esa construcción tan ridícula, si lo piensas, como “feminista de derechas” o “valor de marca”.

Lo era hasta que, de golpe, y aún con la lengua de trapo, dejé de serlo.

Obviemos el paternalismo de publicación de lifestyle: es obvio que, si dejas de beber, mejora tu salud, pierdes peso, y aprovechas más las mañanas de los domingos. Repetir por enésima vez esa monserga de converso tiene tanto sentido como entrar a un confesionario para revelar que el aliento de nuestro gato, en paz descanse, emite efluvios olor atún. Es atajar por el camino fácil: permite compartimentar las ventajas de estar sediento en acciones concretas –un chequeo médico, un pisotón a la báscula, una mañana de domingo–, cuando precisamente la gracia de no beber, la gracia de la huelga alcohólica de orden indefinido, es que estás no bebiendo todo el rato.

De algún modo, y con todo lo que ello comporta, te conviertes en un canal 24 horas de ti mismo.

A los bebedores, esa idea de conciencia ininterrumpida, ese espacio en blanco en el examen a la pregunta “¿y cómo desconectas entonces?”, les subleva. Porque no hay respuesta. Y no hay respuesta porque no hay pregunta: el “¿qué haces para desconectar?” arrojado contra un abstemio tiene tanto sentido como preguntarle a un sujeto abandonado al body piercing qué placer siente en que le atraviesen el cuerpo con tachuelas. Tiene tanta pertinencia como abordar a un connoisseur del hardcore alemán para sonsacarle qué placer encuentra en el consumo activo de ruido. La sobriedad, el dolor y los decibelios son colaterales.

Lo que te eleva es, tiene que serlo por fuerza, todo lo demás.

I) Desinhibirse está sobrevalorado. En serio: desinhibirse es a las relaciones sociales lo que el pan de molde a una cata de queso azul. No hay, además, razón alguna para hacerlo: todos los eventos dónde acabas bebiendo para conseguir ese punch extra de charming están plagados de gente que bebe para conseguir un punch extra de charming. Si lo piensas, verse impelido a beber en una situación así de inofensiva es como si, dos días antes de entrar en prisión, te cubrieras el cuerpo de tatuajes con vistas a encajar en el penal.

¿Desinhibirse? Desinhibirse es como ver porno doblado.

Pídete, en cambio, un ginger ale. Luego parpadea un par de veces: de pronto, tendrás a todo un contexto desinhibiéndose frente a tus ojos. La diferencia entre estar en una fiesta sobrio o estar en una fiesta ebrio es exactamente la misma que hay, aunque no necesariamente de forma respectiva, entre Pastoral Americana y un libro de dinosaurios desplegables. Tu longitud de onda y la de los bebedores difiere tanto que, cuando la charla se vuelve etílica, sientes que la bodega se ha convertido en un entrañable país extranjero en el que, tú, cumples la función de turista.

Y los países pequeños, como cantaban Derribos Arias, “son más fáciles de visitar”.

II) Estrechas lazos con la música que te gusta. Minor Threat no solo fueron pioneros a la hora de reivindicar la abstinencia dentro de la escena punk, sino que también vieron cómo su tema Straight Edge daba pie, en los ochenta, a todo un movimiento homónimo que prevenía a los jóvenes del consumo de alcohol, tabaco y otras drogas. "I've got better things to do than sit around and fuck my head hang out with living dead", en español, aunque no tenga pareado, quiere decir que tengo mejores que hacer que joderme las neuronas y alternar con idiotas.

Una declaración de intenciones de 47 segundos y batería frenética que, si estás limpio y prístino, por fin puedes hacer tuya.

¿Frívolo? Imagina poder escuchar What's Beef? de Notorious B.I.G. desde la radio de un jeep descapotable camino a un tiroteo. Imagina viajar a bordo de una nave Soyuz disfrutando del Starman de David Bowie, asistir al Concilio de Clermont con una partitura del Crusader de los Saxon, o repasar el Dark Side of the Moon mientras devoras un bocadillo de setas hawaianas. Imagina, además, que el único condicionante para todo ello fuese beber Bezoya en lugar de Cacique. ¿Tendrías razón alguna para no hacerlo?

Escuchar Minor Threat sobrio es como ponerse 69 Love Songs en pleno órdago sentimental. Ya no es fandom, es sentimiento de pertenecia.

III) Estás haciendo política. Si el movimiento 'straight edge' ya era eminentemente político –su objetivo es que los jóvenes punks cambiasen el pedo por el activismo–, la lucha antialcohólica siempre ha sido algo inherente los preceptos libertarios. “El borracho es un ser despreciable que hay que aniquilar”, decía el semanario anarquista Agitación en 1936. “El que se emborracha en estos momentos deja de ser un camarada para convertirse en un enemigo”. Un cartel del Departamento de Orden Público de Aragón iba más allá: “Un borracho es un parásito. ¡Eliminémosle!”.

¿Aprobaría algo así Bakunin? Lo dijo bien claro: o iglesia, o taberna, o revolución social.

La cara B de la Guerra Civil española tiene a milicianos expropiando tierras vinícolas que no saben cómo explotar, productoras anarquistas generando películas aleccionadoras como La Última, o militantes de CNT destrozando tabernas en Lleida –“pusieron las mesas patas arriba, y por poco no hicieron lo mismo con los pacíficos concurrentes”, recoge el libelo Anarquismo y Lucha Antialcohólica en la Guerra Civil. Pese a que hayan intentado convencerte de lo contrario, con un refresco 0,0 puedes estar más cerca de esa tradición que con un kalimotxo rebajado a base de grosella.

El tiempo de resaca que te ahorres, ocúpalo asistiendo a una asamblea de barrio, a una manifestación festiva, o a destrozar franquicias de las que sirven cerveza en cubos.

IV) Ley y orden. Ya hemos llegado: éste es el punto por el cual la gente vuelve a beber. Ese preciso momento en el que caes en la cuenta: sin sostener un espirituoso, ir de concierto deja de ser divertido, la gente que te rodea ya no es interesante, y apenas te soportas a ti mismo. No beber es llevar a juicio todo tu maldita vida; y hay quien, no, no soporta el peso de la toga. Una vez lo has dejado, volver a beber es indultar todo aquello que, por aburrido, estúpido o accesorio, serías incapaz de hacer en plenas facultades.

Ve a otros conciertos. Queda con otra gente. Haz por soportarte, porque va para largo.

Llevar la lucha antialcohólica hasta el final significa convertirse, y hacerlo de forma permanente, en un detector de grupos bluff, zopencos de campeonato y, bueno, también de todos tus defectos y tus virtudes. Es negociar contigo mismo, a todas horas, solo que te encuentras, a la vez, arriba en la cornisa y abajo, con el megáfono. Si es que no lo eras ya, te conviertes en pluriempleado, y tu nuevo trabajo es a tiempo completo –en los descansos, puedes aprovechar para leer El derecho a la pereza de Paul Lafargue.

O para volverte a escuchar Vivir para Contarlo.

V) ¿No lo echas de menos? Es la preguntas que más te hacen; también es la que más te haces tú. ¿Merece la pena?¿No echas de menos regar en vino tinto una buena cena? ¿Beber caña tras caña, con el sol cegándote al impactar contra la mesa metálica de una terraza? ¿Libar Hendrick's con Schweppes en antros con la luz baja y volumen a tope? La respuesta es sí: sí echo de menos todo eso. Lo echo de menos como echo de menos jugar con plastilina en horario lectivo. Como echo de menos merendar pan con Nocilla viendo Power Rangers, o como echo de menos la electricidad que sentí la primera vez que escuché Molly's Lips de Nirvana.

Lo echo de menos como echo de menos a mis exnovias, y a la cama que tenía en casa de mis padres, que ahora es solo la casa de mi madre.

No es tanto cuestionarte si echas de menos algo, como cuestionarte si la única razón para volver a ese algo es echarlo de menos. El alcohol, su consumo, sus efectos, son tan apasionantes como una serie de HBO. Una tan memorable, lo reconozco, como The Wire o A dos metros bajo tierra. El problema, mi problema, es que estaba cansado de ver, cada fin de semana, la misma serie. “No importa lo buena que sea”, dijo una vez Alan Moore sobre Los Soprano, “si hacen otra temporada más, la dejaré a medias”. Así estamos.

Sobrios, de pura solemnidad.

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