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Food

¡Que vivan los gourmets de izquierdas!

¿Por qué seguimos pensando que comer bien está reñido con ser de izquierdas?

Rosa Molinero Trias

21 Enero 2018 16:10

“Nos ha salido una hija aburguesada y derrochona. Comida hay en casa”.

Pero yo oía llover. A los 13 años empecé a salir de expedición gastronómica por Barcelona, para la sospecha y el disgusto inicial de mis padres. No querían que siendo tan joven empezara a cultivar ese ‘vicio’, porque ellos, igual que desde todo el arco parlamentario se criticó al diputado de Podemos, Ramon Espinar, por comerse una mariscada, entendían la gastronomía como un lujo, una inversión solamente en placer que suponía un gasto prescindible e incluso impropio de una ideología “de los de abajo”.

Y todavía hoy, a pesar de que comer y cocinar esté de moda y se le dediquen múltiples ránkings, publicaciones e infinitas series y programas de televisión, parece que la preocupación por comer bien es incompatible con ser de izquierdas.

Pero desde lo más hondo siento que, en realidad, es más de izquierdas comer bien que comer regulero o mal.

En un mundo donde la producción de alimentos a gran escala no tiene en cuenta ni los derechos laborales, ni la salud del planeta, ni nuestra propia salud en el caso de algunos alimentos procesados, la decisión de configurar una dieta que intente no dañar el planeta, que respete los derechos de los trabajadores y que cuide nuestra salud, cae del lado del activismo político de izquierdas: respeto y mejora de los derechos laborales, cuidado del medioambiente, desprecio del capitalismo industrial que abarata costes con productos poco sanos.

¿Eres menos de izquierdas si decides que no te importa un cebollino lo que comes? No estoy diciendo eso.

Tal vez la cuestión fundamental esté en lo que consideramos qué es ‘comer bien’ y con qué lo asociamos. Como siempre, hay dinero de por medio, y si te lo gastas en manduca es que eres de la ‘izquierda caviar’, un fraude ideológico, un impostor que destiñe rojo.

A grandes rasgos, en el imaginario colectivo se da un batiburrillo de sinónimos de 'comer bien' que en realidad tienen poco que ver con la realidad: pasar asíduamente por restaurantes de precio elevado, tener el paladar habituado a productos caros y, en definitiva, poder invertir tiempo y dinero de forma prolongada en este interés gastronómico hasta que te acepten en el club del ‘gastrónomo’. ¡Há!

¿Por qué es más de derechas gastarse el sueldo en conservas de navajas, mangos madurados en árbol o salsas picantes de todo el mundo que te abarrotan la despensa? ¿Pensamos que la gastronomía no se ha democratizado, que no es posible interesarse apasionadamente en ella independientemente de tu bolsillo, como sí ha pasado con la moda o la música?

Y, sí, puedes gastarte mucho dinero si quieres, dilapidando sin un ápice de duda cada céntimo que te sobre o que te guardes con esmero, para recorrer tu ciudad o el mundo en busca de sabores en las mesas de las mejores casas. Y eso no cambiará tu ideología –parece mentira que haya que decirlo. Pero, en realidad, ‘comer bien’ no es necesariamente todo eso. Porque comer bien no es necesariamente prohibitivo.

Comer bien no significa para mí tener que gastar mucho dinero haciendo la compra si no quiero, como tampoco hay ningún restaurante en el mundo que sea de visita obligada para quien cultive esta pasión por la cocina.

Es más, tal vez te esté saliendo más caro incluso a corto plazo no meditar ni un poquito sobre lo que comes. ¿Sabes esas tortillas envasadas que compras de seis en seis que te parecen 'baratas' porque te quitan trabajo? En realidad al empresario le cuestan la mitad. ¿O lo de comer un bocadillo al mediodía todos los días? Adivina cuánto cuesta un brócoli y un bote de garbanzos. Efectivamente, una tercera parte. Y ya no hablemos de lo que tal vez te cueste a la larga en términos de salud.

Resumiendo: comer bien pasa por saber un poco de agricultura, otro poco de cocina y unos básicos de nutrición y por tomar unas decisiones tan acordes como quieras con tu pensamiento.

Tal vez lo único que cabe seguir recordando es lo que una vez Manuel Vázquez Montalbán le explicó a George Tyras, experto en su obra: que la fuerte presencia de la gastronomía en sus novelas se irigía contra “la beatería estúpida de izquierdas”.

“Antes que nada –dijo Montalbán– se trata de afirmar que los placeres de la vida no entran en contradicción con un compromiso político de izquierda”.

Y añadía en otra ocasión:

“(...) la reivindicación de la gastronomía, la reivindicación de la sexualidad, son elementos lúdicos de provocación. Consiste en decir: ‘Entonces, señores, dense cuenta de que estas cosas aquí no hacen daño a nadie, que no hay una relación de causa-efecto entre hacer o no la Revolución y beber un vino malo o uno bueno”.

¡Que vivan los gourmets de izquierdas!

política gastronomía alimentación opinión

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