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Culture

El matriarcado ha empezado con ‘La casa de papel’

Analizamos cómo la serie que arrasa en todo el mundo está cambiando la forma de representar los roles femeninos en la ficción española.

Rubén Serrano

27 Abril 2018 14:01

La casa de papel es una de esas raras ocasiones en las que una creación española da la vuelta al mundo. En unas semanas se ha convertido en la ficción de habla no inglesa más vista en la historia de Netflix y se encuentra en el top 10 de series más populares de IMDb. Pero, aparte de convertirse en un fenómeno global, gracias a La casa de papel, Tokio y Nairobi han dejado de ser dos capitales para transformarse en dos mujeres poderosas, a las que no les tiembla el pulso para enfrentarse a los hombres a punta de pistola ni tampoco para hacer escuchar sus opiniones en el atraco que medio planeta está siguiendo por streaming.

Tokio (Úrsula Corberó) y Nairobi (Alba Flores) forman parte de un grupo organizado de ladrones que se encierran en la Fábrica Nacional de la Moneda y Timbre para hacerse con 2.400 millones de euros. Ellas, junto con la inspectora Raquel Murillo (Itziar Ituño) al cargo del caso y de la negociación, están sentando un precedente en la forma en la que la ficción española está representando a los personajes femeninos. A partir de aquí contiene spoilers.

A priori, uno podría pensar que una historia que combina atracadores y policías estará protagonizada por un elenco masculino y, consecuentemente, estará dirigida a un público mayoritariamente masculino. Grave error. En La casa de papel las que ejecutan y disparan las tramas son las mujeres –a excepción del Profesor- y además utilizan sus roles protagonistas para poner sobre la mesa asuntos que les afectan a ellas directamente, como la conciliación familiar, la violencia de género, el aborto o cómo sobreponerse en un mundo dominado por hombres.

El grupo de ladrones con la famosa careta de Dalí. / Netflix

Para empezar, la serie cuenta con una narradora en voz en off, Tokio. La ladrona es la clara representación del empoderamiento femenino actual: vive su sexualidad como le da la gana, no deja que la relación sentimental que mantiene con Río (Miguel Herrán) frene su objetivo final y es la más hábil con las armas, metralleta incluida.

Junto a Tokio se encuentra Nairobi, mujer de clase obrera imprescindible en el atraco porque, sin ella, no podrían llevar a caso el gran palo. Para ser breves, Nairobi es la que manda. El personaje de Alba Flores es el encargado de organizar y motivar a los rehenes para que colaboren con ellos. Por su pasado, ha aprendido que está al mismo nivel que los hombres y no deja que ninguno de ellos intente callarla. Además, Nairobi es el mejor ejemplo de sororidad y no duda en ayudar a cualquier mujer que necesite su apoyo.

Si algo deja claro La casa de papel es que todas las mujeres son iguales y todas sufren las mismas desventajas por el simple hecho de ser mujer, sin importar los recursos económicos que tengan y sin importar si son ladronas o policías. Si Tokio y Nairobi tienen que hacerse valer constantemente entre sus compañeros hombres, Raquel Murillo tiene que demostrar su valía y autoridad frente al género masculino que impera en la Policía Nacional y en el CNI. Todo ello mientras lidia con una denuncia por malos tratos a su exmarido y se hace cargo de su hija pequeña. Sin embargo, consigue que su voz se respete en un mundo fálico.

Aunque alguno de estos temas se había tratado en anteriores ficciones españolas de temática similar, nunca llegaron a profundizar tanto en ellos ni a indagar en la complejidad emocional y psicológica de los personajes femeninos como sí lo hace La casa de papel. En series míticas de la parilla nacional como El Comisario o Los hombres de Paco, los que lideraban la acción eran siempre los hombres y las mujeres quedaban relegadas a roles secundarios, como “hija de” o “novia de”. En ficciones más recientes y con importante peso policial como Mar de plástico o Punta Escarlata, había pocas o casi ninguna mujer en un cargo con poder. Las únicas excepciones a esta regla son Los Misterios de Laura y Bajo Sospecha pero, no obstante, las dos inspectoras no tenían la fuerza, el mensaje ni la visibilidad que da Murillo.

La inspectora Raquel Murillo y Tokio. / Screenshot

Nairobi, Tokio y Raquel están en clara minoría respecto a los hombres en sus respectivos mundos. Sin embargo, ellas tres solas se bastan para eclipsar a unos personajes masculinos que se muestran mayoritariamente como impulsivos, enamoradizos, torpes y llevados hasta la caricatura de “cuñados”; una imagen que no se proyectó en las series españolas anteriormente citadas y que, en el caso de que así fuera, quedaban retratados como hombres simpáticos, graciosos y libres de pecado.

Por supuesto que el machismo y el patriarcado no se libra de La casa de papel. En algunas ocasiones se evidencia a propósito para criticarlo, algo que sucede en las figuras de Berlín y de Arturo, y en otras muestra su cara más cruel y despiadada a través de los comentarios que el CNI le hace a Raquel para cuestionar su autoridad, de las preguntas del Profesor a la inspectora sobre qué lleva puesto o cuando varios hombres cuestionan a Mónica, una de las rehenes, su decisión de abortar. A pesar de ello, la serie es una lluvia constante de insights feministas que una parte del público aplaude y a otra parece que no le molestan.

Aunque La casa de papel no tiene un propósito tan trascendental como el de Big Little Lies o el de El cuento de la criada, tampoco vende el feminismo blanco y edulcorado de Las chicas del cable. Con esta representación, La casa de papel ha iniciado una nueva forma de contar y de dar visibilidad a las historias de mujeres en la ficción española. No se trata solo de poner a los personajes femeninos al mando, sino también de dejar que nos cuenten sus realidades y preocupaciones actuales a través de sus propias perspectivas.

Parafraseando a Nairobi, el matriarcado ha empezado con La casa de papel.

Netflix

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