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Culture

Alguien ha pagado 450 millones por un Da Vinci que ni siquiera se sabe si es real

Y esto es una mala noticia para (casi) todos. Aquí las razones

Luis M. Rodríguez

16 Noviembre 2017 17:38

Christie's confiaba en llegar a los 100 millones de dólares. Al final, el Salvator Mundi de Leonardo Da Vinci se vendió por 450 millones tras 19 minutos de vertiginosas pujas. Todo un éxito. Sobre todo cuando no está nada claro que el cuadro subastado sea obra de Leonardo.

Sí, hay dudas. Dudas razonables que ayer llevaban a algunos expertos a preguntarse: ¿de verdad hay alguien dispuesto a pagar 100 millones de dólares por un 'supuesto original'?

La respuesta ya la sabemos. Y la respuesta es un recordatorio en letras doradas de un mal conocido. Porque ese récord histórico —es el precio más caro pagado nunca en subasta por una pintura— es síntoma, sobre todo, de la extrema desigualdad en términos de riqueza que define el mundo actual.

El Salvator Mundi subastado ayer, antes y después de su restauración

El marchante de arte Philip Mould apuntaba a ese problema hace unos días en declaraciones a The Guardian. La inusual inclusión del Leonardo en una velada que solo incluía arte moderno (piezas de Warhol, Twombly, Keith Haring, Basquiat) y hasta Ferraris (sí, coches) no era casual. Con esa maniobra, Christie's buscaba acercar una pintura clásica a un tipo de comprador que no tiene una gran cultura artística pero sí el dinero. Ese tipo de comprador que compra cosas caras como símbolo de estatus. Jeques árabes, millonarios chinos, o esos nuevos ricos de la escena tecnológica que no tienen “ni la educación ni la orientación ni la paciencia para apreciar el arte clásico”, en palabras de Mould.

Benjamin Mandel, economista de la Reserva Federal estadounidense, ya advertía de esa realidad hace un lustro. El mundo de las grandes subastas del arte, decía, no forma parte de la economía global, sino que constituye una economía privada en la que participa un pequeño subconjunto de superricos, la parte alta de lo que algunos economistas llaman Ultra High Net Worth Individuals o U.H.N.W.I., gente que ha visto medrar su riqueza durante la última década mientras la economía global amenazaba derrumbe. Ya sabes, los pobres cada vez más pobres, los ricos cada vez más ricos. Y el arte siempre es una inversión que da caché social a quienes tienen millones para quemar.

Los datos avalan esa tesis.

Por ejemplo, más de la mitad de las 20 subastas de arte más caras de la historia —hablamos de obras individuales— se han producido con posterioridad al 2008, el año del comienzo de esa Gran Recesión que amenazó con barrer del mapa a las clases medias. Mientras las rentas medias caían a nivel global, las casas de subasta lograban precios récord para cuadros-estrella.

En el último informe Art Market, publicado el pasado marzo con motivo de Art Basel en Hong Kong, la analista Clare McAndres, fundadora de Arts Economics, refleja esa creciente desigualdad, y sus efectos, con distintas cifras. Por un lado, el número de millonarios a nivel global “se ha incrementado dramáticamente desde el año 2000, habiendo crecido un 155% hasta 2016”, explica. “Entre esos, el crecimiento más significativo (un 215%) se ha producido entre aquellos con fortunas superiores a los 50 millones de dólares”. Por otro lado, su estudio muestra cómo las ventas de arte en la escala alta del mercado (galerías y marchantes con ventas anuales de entre 1 y 10 millones de dólares, y superiores a los 10 millones) han crecido entre un 2% y un 7% durante el año pasado. En el mismo período, las ventas globales caían un 11%.

Los superricos gastan más y compran en los mismos sitios. Mientras, el grueso del mercado del arte sufre las tensiones de esa creciente desigualdad.

Cuando Christie's produce un vídeo promocional con celebrities como Leonardo DiCaprio contemplando el Salvator Mundi, la casa de subastas está pensando en la fibra de esos nuevos compradores a los que alude Philip Mould. Cuando organiza con gran pompa una gira de la obra por todas sus sucursales en el mundo está pensando en la cartera repleta del pico más pudiente de esos U.H.N.W.I. con ganas de epatar. La propia subasta se posiciona como un gran espectáculo para los amigos adinerados no del arte, sino del brillo. Porque ese segmento del mercado se nutre de la desigualdad, prospera gracias a ella.

“Los coleccionistas serios podrían asustarse por la dudosa autoría de la obra, y la mayoría de los museos no pueden permitirse pagar esos precios”, recordaba el profesor Frank Zöllneer, director del Instituto de Historia del Arte de la Universidad de Leipzig, al hilo de la velada de ayer. Quedan los ultraricos. Y los agentes de las casas de subastas están dispuestos a hacer cualquier cosa para captar a esos clientes.

La mayoría de estos nuevos cresos, poco familiarizados con el arte, su historia, sus circuitos y sus dinámicas, van a lo que van. A lo seguro. Cuando compran, buscan prestigio de marca. “Tienden a invertir únicamente en obras reconocidas o piezas de artistas famosos”, explica McAndrews. Mucho dinero invertido en pocos nombres, y siempre a través de unos pocos superagentes, siempre a través de los mismos canales. Y esa forma de comprar arte, explica la analista, es dañina para el propio mundo del arte. Por culpa de esos superricos, el mercado corre el peligro de “polarizarse y perder profundidad”.

Los pobres cada vez más pobres, los ricos cada vez más ricos. Cada vez más riqueza concentrada en menos manos. Y mientras, más gente pasándolas putas para poder fomentar el arte nuevo o para poder seguir creando. ¿Es eso algo para celebrar?

arte economía desigualdad

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