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Culture

Daniel Day-Lewis pone punto y final a su carrera con la película del año

En 'El Hilo Invisible', el director Paul Thomas Anderson reflexiona sobre los roles de género dentro del proceso creativo y rompe una lanza a favor de las musas proactivas

víctor parkas

02 Febrero 2018 06:00

Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) ocupa una de las mesas del restaurante con vistas al exterior. La luz natural, pálida, ilumina su cara: Reynolds ha venido a desayunar. Está esperando a que le tomen nota, cuando su atención recae en Alma (Vicky Krieps), una camarera de palpitar ingenuo. Alma entra en El Hilo Invisible tropezando con las mesas, riéndose de forma nerviosa, cogiendo su bandeja como una estudiante de ilustración ase su carpeta. Antes de que Alma haya conseguido recoger sus mechones tras las orejas, recobrar la compostura, y sacar el bolígrafo con el que tomar nota a Woodcock, éste ya le habrá pedido una cita.

Cuanto más pienso en ello, más espeluznante me parece.

El Hilo Invisible arranca como lo hace un coche de caballos: la cadencia es señorial, su mecanismo vetusto y, algo en tu interior te lo dice, la pareja que lo ocupa no está allí de forma consensuada. Según avanza –la película, el carruaje– se adentrará, derrapando y levantado barro, en terreno urbano: Paul Thomas Anderson, en su octavo film, reflexiona sobre los roles de género dentro y fuera del proceso creativo, sobre la falsa concepción de las musas como figuras pasivas, y sobre el apocalipsis de toda aquella narrativa situada a espaldas de la herstoria.

Protagonizada por un diseñador de altos vuelos (Woodcock/Day-Lewis) y su gran-mujer-tras-todo-gran-hombre (Alma/Krieps), El Hilo Invisible tiene tanto de thriller psicológico como de fashion film: la película puede hipnotizarte con el papel de pared que cubre una estancia y, contigo todavía in albis, asestarte un derechazo de guión que te deje knock out. Petrificado: titulada originalmente Phantom Thread, Hilo Fantasma, la octava película de Anderson quizás no tenga ectoplasmas, pero sí la recorren suficientes espíritus en pena como para ver sus potenciales, además de como thriller, además de como fashion film, también como cinta de terror clásica.

El Hilo Invisible (Paul Thomas Anderson, 2017)

Con El Hilo Invisible, Daniel Day-Lewis ve el hielo derretirse, enciende las luces, y pone punto y final a su carrera. Lo hace tambaleándose, pero cada traspié está medido, perfectamente ensayado. Reynolds Woodcock es un personaje repulsivo, pero gestiona cada una de nuestras arcadas con obsesión de contable nocturno. Perfección y autoritarismo: la tradición de la que forma parte Reynolds Woodcock es larga y va, en línea recta, de Boris Lermontov (Las Zapatillas Rojas) a Sam 'Ace' Rothstein (Casino).

Reconoces a esos personajes porque, aunque aparecen tal y como la película empieza, no tienen una verdadera escena de presentación hasta la mitad del metraje. En el caso de Sam Rothstein, no sabes quién es realmente el personaje de Robert De Niro hasta que, como director de casino, parte por la mitad un muffin, descubre que hay más pasas en el interior izquierdo que en el interior derecho, y manda a sus cocineros tirar toda la remesa de magdalenas para hacerla de nuevo.

En El Hilo Invisible, esa demostración de fuerza gratuita también se manifiesta en el ecuador de película: Woodcock y Alma irrumpirán en la habitación de Barbara (Harriet Sansom Harris) para, en pleno sueño etílico, arrancarle el vestido que le habían diseñado para anunciar su boda. No te emborrachas vestida de Woodcock, Barb. Nosotros no hacemos vestidos normales y corrientes, Barb. La moda, como cualquier otra forma de esclavitud, se rige por los caprichos del esclavisa.

Así que quítate el puto vestido, Barb.

El Hilo Invisible (Paul Thomas Anderson, 2017)

Puestos a parafrasear el título original del filme, obviémoslo y pongámonos barrocos: llamemos a lo nuevo de Paul Thomas Anderson La rebelión de las musas y celebremos el tumulto. El Hilo Invisible es, en esencia y caparazón, el relato de una mujer en la sombra que quiere dejar de estarlo. Y no para tener una relación de igual a igual con el artista al que hace de consorte: Alma quiere someter, anular y poner a Reynolds, no a sus pies, sino a los pies de los caballos. Alma es Gala envenenando a Dalí. Yoko Ono haciéndole una señal a Mark David Chapman.

Greta Gerwig dedicándole a Woody Allen un sonoro jó-de-te.

Si el #MeToo fue la teoría, El Hilo Invisible es su vídeo de formación: contra el opresor, amanita phalloides. La cinta no sólo es crepuscular para Day-Lewis: lo es para todo el cine –todo el cine– que, con lo sentimental como coartada, ha oxigenado y normalizado relaciones de poder perversas, tanto dentro como fuera de la pantalla. Con todo ese legado a sus espaldas, Vicky Krieps y su Alma son la nota disonante, el monstruo anti-patriarcal y gramsciano que surge cuando el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer.

El Hilo Invisible (Paul Thomas Anderson, 2017)

Es interesante como El Hilo Invisible dialoga con sus contemporáneas: lo bien que se entiende con La Seducción de Sofia Coppola, lo mucho que discute a Whiplash de Damien Chazelle. De esta última, Anderson refuta el cliché de que el genio artístico es indisociable del maltrato y la humillación a terceros. La cámara del de Magnolia, en este sentido, es crítica, punzante, inclemente con los personajes por los que el realizador no siente simpatía. Paul Thomas Anderson no es entomólogo de sus creaciones, sino más bien un niño con luz solar, malicia y una lupa a mano.

Siempre lo ha sido: de Boogie Nights, a Punch-Drunk Love.

Más allá de su forro, las costuras de El Hilo Invisible no pueden tener mejor zurcido. El Paul Thomas Anderson de factura más ampulosa destensa su músculo, dando paso a un cineasta de primeros planos, cámara estática, serenidad espartana. Day-Lewis y Krieps hacen el resto, en un vals de distracción: mientras se gritan, lloran; mientras se matan el uno al otro, la película se dedica a regarlo todo con amonal. “Bésame, mi pequeña”, le suplica Reynolds a Alma. “Bésame antes de que enferme”.

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