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Airbird AirbirdTrust EP

6.3 / 10

Por si alguien tenía dudas, Joel Ford es el hombre de las melodías en el dúo Ford & Lopatin. Su socio, Daniel Lopatin –con el que dirige también el sello Software, en el que aparece este EP como una especie de manifiesto estético–, sobresale en los ambientes, en los paisajes, y por eso suelen resultar mejores sus discos por separado que los que hacen en conjunto; Lopatin sin Ford extrae ideas luminosas, y Ford sin Lopatin se queda en un ejercicio de pop electrónico vintage sin excesivo brillo. Yo soy de los que piensa que Channel Pressure (2011) se quedó en una promesa y nunca confirmó las expectativas de tal alianza de fuerzas: pese a todos los juegos de referencias y alguna canción sobresaliente como “The Voices”, aquel era un disco que no daba todo lo que prometía –algo que sí ocurrió con el emocionante Replica de Lopatin, bajo su alias Oneohtrix Point Never, varios meses después–, y esa es una crítica que también se le puede aplicar a “Trust EP”, el segundo single que edita Ford bajo su alias Airbird: es como Ford & Lopatin sin ambición de fraguar un hit, y como Oneohtrix Point Never rociado de azúcar. Una extraña tierra de nadie.

Los cinco temas del EP basculan entre diferentes referencias: por un lado, la electrónica nostálgica y brumosa de la escuela Boards Of Canada, que se materializa con ese sonido lijado y las voces de documental en “Deep Dreams, Ltd.” y en la IDM con campanillas de la eficiente “Royal”; por otro, está ese synth-pop tardío, entre Thomas Dolby, el inevitable Jan Hammer y los Tangerine Dream de los 80s, que sufre para esquivar todas las referencias kitsch a las que remite –voces recordadas con sampler primitivo, cajas de ritmos de primera generación– y que dan forma a la balada sensiblona de “Goodnight”, el retro-pop de “Girl” y un encuentro extraño entre post-dubstep con cadencia house a lo Girl Unit y AOR electrónico –saxos, sintes relamidos, melodías sacarinadas– en “Trust”, el corte más extraño del EP y el que define mejor las intenciones sonoras de Joel Ford: quedar permanentemente atrapado en un bucle temporal en los años 84-85, construirse su particular utopía de banda sonora para fiestas juveniles sin fin, playas, amaneceres y una California siempre radiante. La idea aún es buena, sus resultados no tanto como querríamos.

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