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7 / 10

De Danny Wolfers uno se puede esperar casi todo a estas alturas: ambient crepuscular, electro epiléptico, disco con tintes afrobeat, techno espacial y, sobre todo, house de cariz añejo. Es en este campo, el del house de glorificación analógica y regusto al primer Chicago, donde se mueve en los últimos tiempos Legowelt, sin duda su alias más popular a día de hoy. Fruto del creciente éxito que sus producciones más orientadas a la pista de baile están teniendo, el holandés errante ofreció durante el pasado año sus servicios a un buen puñado de sellos ajenos a su hoy inactivo Strange Life. Desde ese “Shark Island” que lo volvía a poner en el ojo del huracán gracias al sello L.I.E.S., a esa revisión del “Love & Happiness” de First Choice que firmaba en Rush Hour como House Of Jehzabel, hemos podido ver como las producciones de Wolfers se orientaban paulatinamente hacia la pista de baile en busca del reconocimiento y aplauso que tantas veces se le habían negado.

No ajena al estado de gracia en el que se encuentra actualmente el proyecto de Wolfers, la casa Signals –con una tan corta como brillante trayectoria que los ha llevado a emparentar en tan solo cinco referencias a terroristas del ritmo como John Heckle con dinosaurios del synth-pop escacharrado como Openheimer Analisys– ha tenido a bien solicitar sus servicios. El resultado: cuatro tracks de crudeza analógica y acabados rugosos en los que nuestro holandés favorito –con permiso de Rijkaard y Van Gaal– echa mano de su personal libro de estilo para seguir convenciendo a los muy fans y continuar sin enamorar del todo a los no conversos.

Así, repitiendo bajo chicaguero y gomoso, encontramos en “Spring Equinox” el mismo cariz misterioso y científico que hacía de su última aparición en Rush Hour un más que apetecible manjar que, en este caso, acaba pecando de esa falta de rumbo que sufren muchos de sus tracks. Y es que, como ya sucedía en “The Teac Life” (el, a ratos, maravilloso álbum que regaló hace unos meses en su página web), la peculiar forma de trabajar que tiene Wolfers –conectar cacharros, programar secuencias e improvisar sobre la marcha–, especialmente evidente en la oda ácida de “Bergerac Professional”, provoca que su música se pierda a veces entre capas y capas de melodías extraterrestres con reminiscencias al Detroit de Cybotron. Con sus más y sus menos, y a falta que el pelirrojo barbudo de Cornwall despierte de su prolongado letargo, Legowelt reclama de nuevo el título honorífico de lord analógico para disfrute de toda una nueva generación.

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