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Rrose RroseArtificial Light (1969-1909)

8 / 10

Las únicas fotos que existen de Rrose, o que se cree que pueden ser de Rrose, aparecen con un halo luminoso que oculta por completo la cara de la persona. Lo más seguro es que ni siquiera sea él, pues son fotos en blanco y negro, de textura gastada, como si estuvieran sacados de un álbum familiar enmohecido o de un manual sobre filosofía francesa del siglo XX. Lo cual, cómo no, ayuda a incrementar el misterio que rodea a este productor, otro más en la larga lista de artistas que se refugian en el anonimato para que su obra –y lo que la envuelve– diga más que sus gestos o sus vicisitudes. Como quizá se haya dicho alguna vez por aquí, quién sea o deje de ser Rrose nos da bastante igual: puede ser un alias de Regis o de Function, o puede ser un esteta del techno noir en la misma línea que las bestias pardas de Birmingham, otro más en la larga lista de espectros errantes del 4x4 roído, pero no por ello deja de ser fascinante todo lo que le envuelve, esos artworks en negro, blanco y gris, deteriorados, de textura borrosa, con dibujos grotescos y una cierta obsesión por un pasado pagano que hacen que su techno establezca puntos de unión inesperados con la hauntology en lo visual y con esa inclinación gótica que se detecta en las referencias del sello Blackest Ever Black –aunque con portadas menos sangrientas–.

Rrose es un consumado engrasador de la dinámica rítmica del techno, construye ciclos de ritmo a velocidad constante –que ha ido rebajando de tempo a medida que iba entregando referencias en Sandwell District, “Primary Evidence” y “Merchant Of Salt” eran más duros, más Jeff Mills–, y en “Artificial Light (1969-1909)” se consuma en ese punto en el que no es ni rápido ni lento ni todo lo contrario, permanentemente tenso, creando una expectación enfermiza: tanto puede iniciarse un acelerón eufórico como un parón sobrecogedor, pero la habilidad de Rrose está en no caer en esas tentaciones y, durante 22 minutos –los diez que dura “A, With All Faces Bleached Out” y los 12 de la cara B– escupir techno con la misma sobriedad y paciencia con las que Aleister Crowley enunciaría conjuros, con una desesperante (e hipnótica) monotonía. Es un techno erosionado por el tiempo, en el que se transparentan otra vez influencias de la vieja música industrial y la síntesis analógica más incorrupta –recordemos que el año pasado Rrose editó un álbum a partir de samples de Bob Ostertag, oscuro músico electrónico americano de hace tres décadas– y la library music con equipo vetusto que se utilizaba en las películas de terror inglesas de los 60s-70s, y que parece querer licuarse en el tiempo, remontar hacia tiempos de tecnología pretérita, cuando ni siquiera la electricidad era un bien común y universal –y quizá de ahí ese misterioso 1909 en el título y la foto como iluminada con un quinqué de keroseno, un año también en el que se aceptaba todavía la magia como una forma alternativa de conocimiento–. Más allá de toda especulación, sin embargo, lo que queda un 12” de techno valiente, experimental y a la altura de cualquier pieza de Raime o el último Regis, y sin duda lo más puro y contenido que ha salido hasta ahora de las manos de este Rrose que, repetimos, no sabemos quién es, pero sabemos que va alcanzando estatura de coloso.

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