Adikia Adikia

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Ekkehard Ehlers Ekkehard Ehlers Adikia

7 / 10

Hijo pródigo de esa generación de músicos y productores que floreció durante el cambio de milenio, el alemán Ekkehard Ehlers irrumpió en la escena de su país en un momento en el que los ordenadores portátiles estaban expulsando a los sintetizadores y cajas de ritmos fuera de los escenarios. Un momento en el que los clicks’n’cuts querían ser la mayor revolución conocida en la música electrónica (ya ven qué inocentes podemos llegar a ser a veces) y las teorías de Jacques Derrida y Gilles Deleuze avalaban cualquier insensatez que se hubiera cocinado en los cuarteles generales de sellos como Mille Plateaux. Como muchos de sus compañeros de viaje, Ehlers navegó por aquellos tiempos turbulentos desdoblándose en un babel de alias y heterónimos, probando suerte en todo tipo de estilos: minimal techno como Auch, indietrónica bajo el nombre de März, microtonos y recortes digitales con Autopoieses y un minimal house de pespuntes tranceros cuando se hacía llamar Betrieb. Y eso sí, siempre reservó su nombre propio para las producciones (digamos) más serias; esas en las que mezclaba su pasión por la música contemporánea con la arqueología sonora y el diseño de complejas estrategias digitales. Un discurso intrigante, que comenzó deconstruyendo a lo bruto fragmentos de Arnold Schönberg y Charles Ives en “Betrieb” (2000), tuvo su momento más inspirado en las distintas apropiaciones (de Robert Johnson a Cornelius Cardew, pasando por John Cassavettes) que daban forma al espléndido “Plays” (02), y que a partir del irregular “Politik Braucht Keinen Feind” (2003), que maltrataba grabaciones limpias de instrumentos acústicos hasta dejarlas irreconocibles, comenzó a no tener tanta gracia.

Tuvo que llegar otro disco más, el desastroso “A Life Without Fear” (2006), para que Ehlers se diera cuenta de que los tiempos en los que bastaba con apropiarse de algún fragmento de historia musical, para luego deconstruirlo mediante algoritmos matemáticos y filtros digitales, había llegado a su fin, y que ni siquiera blandir la bandera del homenaje iba a cambiar eso. Menos mal que ese desengaño le sirvió para dar un giro completo a su manera de entender la producción, y que desde entonces anda enfrascado en las posibilidades que tiene trabajar con músicos “reales” (del calibre de Werner Dafeldecker o Paul Wirkus), comprobando hasta dónde es posible llegar cuando se manipulan, en directo o en el estudio, las improvisaciones en las que se esos músicos se enredan. Escueto y muy concentrado, “Adikia” va encadenando en poco menos de media hora un puñado de episodios musicales, a medio camino entre el jazz y la música contemporánea, en los que diferentes instrumentos, como una viola, un clarinete, un set de percusión o una voz humana se someten a tratamientos sutiles y muy delicados. Tratamientos que a veces resultan evidentes, como las cuerdas, transformadas en drones chirriantes que abren la pieza, o esos sonidos de origen indeterminado que emergen aquí y allá, y que han sido procesados hasta que sólo quedaba de ellos un burbujeo irreconocible. Pero que otras veces demuestran lo ingenioso que puede ser Ehlers, que igual recorta una familia de frecuencias, para eliminar la familiaridad con la que percibimos ciertos sonidos, que encadena múltiples cambios de pitch, a fin de añadir un tono irreal a los instrumentos, o se las arregla para transformar la voz humana en una masa de naturaleza monstruosa. Una serie de procesos que, sumados a la cuidada disposición de las distintas capas de sonido que utiliza, y a la manera en la que éstas van entrando y saliendo de la narración, convierten a “Adikia” en un más que interesante ejercicio de fantasmagoría. La prueba de que el bueno de Ehlers sigue bien vivo, y de que todavía le quedan muchas cosas por decir.

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