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Álbumes

Mac DeMarco Mac DeMarco2

8.2 / 10

“Rock and Roll Night Club”, su mini-LP de la pasada primavera, no dejaba del todo claras ni las actitudes ni las aptitudes de Mac DeMarco. Pecaba de ser lo-fi en exceso, amanerado en su revisión del arquetipo de crooner vintage y generador, además, de una cierta confusión a causa del deliberado trato adán que el canadiense imprimía a aquellas canciones. Con las de Makeout Videotape, su banda junto a Alex Calder, pasaba un poco lo mismo: en los cortes se distorsionaba demasiado su percepción del rock y estos acababan quedándose en esbozos borrosos que ocultaban la gran arma de nuestro protagonista, la frescura. “2”, en cambio, ya es otra cosa. Once canciones limpias y claras como un cielo abierto, rematadamente humildes y pegadizas, escritas sin vuelta de hoja y trabadas con un desparpajo que recuerda a la manera con que irrumpieron en nuestras vidas artistas como Adam Green o Jeremy Jay.

Sin quererlo, o eso parece, DeMarco ha acabado dando forma a uno de los pequeños grandes discos del año. El chaval, 22 años, se ha plantado en esta fiesta medio a la ligera, carente de invitación oficial, como si simplemente se hubiese tropezado con algo para acabar dejándose caer por aquí. Es un ‘loner’ de camisa por fuera, que tan pronto bosteza como se pinta los labios en una foto si de lo que se trata es de llamar la atención. DeMarco entiende la sensualidad como algo desastrado y le canta a las chicas con las que sale ( “Annie”, “Robson Girl”, “My Kind of Woman”, “Sherrill”, “The Stars Keep On Calling My Name”) mientras se acuerda de su familia ( “Cooking Up Something Good”, “Freaking Out The Neighborhood”) y se le consumen los cigarros uno tras otro ( “Ode To Viceroy”). Su música funciona así, a un nivel pretendidamente inocente, tontamente cautivador. Y su simpático costumbrismo, entre la candidez y la picaresca, provoca sonrisas perezosas. Alguien lo ha descrito inmejorablemente como un “Ferris Bueller con guitarra”.

Plagado de travesuras tropicales, en “2” se escuchan ecos de Orange Juice y de Blur, de Lou Reed y Jonathan Richman (un confeso patrón de conducta), de Ian Dury y hasta de un Cass McCombs que no hubiese conocido el lado oscuro. Son ganchos con los que consigue situarse en un punto intermedio entre el soft-rock caduco de los setenta y el jangle más genuino de los ochenta, basculando entre ambas vertientes con gracia supina. De la cotidianeidad de “Cooking Up Something Good” ( “Oh, life moves this slowly. Just try and let it go…”) al tierno final en el que despierta a una niña dormida en el sofá para llevarle hasta la cama. De las cabalgadas saltarinas de “The Stars Keep On Calling My Name” y “Freaking Out the Neighborhood”, a los sonidos más opacos y profundos de los dos primeros singles (“Ode to Viceroy”, “My Kind of Woman”). Del fondo distorsionado de “Sherill” al límpido aroma a los Real Estate de “Days” con que perfuma la instrumental “Boe Zaah”. Del primer al último minuto, “2” es una media hora realmente deliciosa.

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