V V

Álbumes

KTL KTLV

7.8 / 10

Después de cuatro discos afilando los cuchillos del noise desde una mentalidad casi metal, Stephen O’Malley y Peter Rehberg proponen cambios considerables en su retorno a la actualidad discográfica: “V”, su nuevo álbum, el primero en cuatro años de silencio, esquiva a conciencia la fórmula y las coordenadas expuestas en sus anteriores grabaciones, o mejor dicho, las suaviza y reformula, para aposentarse en una nueva mirada y sensibilidad del ruido, una vía de escape con la que el proyecto KTL parece haber encontrado la grieta perseguida y ansiada para evolucionar y crecer desde todos los puntos de vista. Interesante y también revelador cómo ha mutado su puesta en escena –ahora incluso graban en estudios que son templos de la música electrónica– y cómo se ha producido un salto hacia delante en su manera de aterrorizar al oyente sin necesidad de alzar la voz ni acogerse a recursos más o menos predecibles.

De hecho, una de las claves que definen la personalidad de este disco es la capacidad del dueto para mantener su capacidad de impacto físico y emocional pese al cambio de herramientas y aplicaciones sonoras. Cuando uno entiende que KTL se han quitado de encima el matiz más metal de su discurso es lícito llegar a pensar que en este proceso de liberación su música puede haber perdido enjundia y pegada, pero no es el caso. Es palpable que sus canciones ya no apelan a instintos musicales primarios en los que la herencia remodelada pero muy presente del doom metal marca la pauta a seguir, aquellos chorros de ruido irritado y ultraviolento, sino que ahora buscan inspiración y referencia en el dark ambient, el avantgarde y el minimalismo. En cierto modo “V” es el álbum de maduración del proyecto, en el sentido de que el tándem se ha atrevido a salirse de sus márgenes de seguridad para tantear nuevos terrenos, pero en este viaje hacia un mundo más complejo y sutil han conservado su magnetismo y su sentido del miedo y la violencia.

“V” ya no tiene tanto en común con el doom metal como con la escena neoclásica densa y lúgubre que han promovido sellos como Miasmah. No es casualidad, por ejemplo, que ahora establezcan alianzas con el compositor islandés Jóhann Jóhannsson, arreglista de la mejor pieza de las cinco que componen el disco: “Phill 2”, quince minutos de menos a más en los que O’Malley y Rehberg invocan a Bryars, Köner o Eno desde una mirada apocalíptica, sórdida y tenebrista, inmensa y bella sinfonía del horror. Y no se quedan atrás los veinte minutos de “Last Spring: A Prequel”, un perturbador coqueteo con el spoken word en el que KTL manipulan la voz del actor Jonathan Capdevielle recitando fragmentos de la obra teatral “Kindertotenlieder”, colaboración entre Dennis Cooper y Gisèle Vienne a la que el grupo ponía música en directo encima del escenario. En aquellos momentos en que genera absoluta fascinación, sobre todo cuando la voz se retuerce y suena como si estuviera poseída, parece una redefinición sui generis del black metal, sin guitarras ni estridencias, y este quizás sea uno de los mejores cumplidos que se le pueden atribuir al que ya es uno de los títulos más serios del género en lo que llevamos de año.

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