No. 1 No. 1

Álbumes

Christina Vantzou Christina VantzouNo. 1

8.1 / 10

KRANKY

Pasan los años, y todavía resuena en la memoria ese “And Their Refinement Of The Decline” (2007) de Stars Of The Lid como una de las grandes obras de la música contemporánea, cualquiera que sea el filtro o descripción que le apliquemos: aquél era (es) el mejor soundtrack posible para un film de explosiones interiores, el disco ambient más extenso y más perfecto, una refundación moderna de la música clásica de aliento impresionista, aunque más Mahler que Debussy; una burbuja de protección contra el mundo que, a la vez, edificaba un mundo propio de soledad, confort y eternidad, con largas notas de vientos que paseaban de la mano de sintetizadores tocados levemente, extendidos como una alfombra que ablandara el tacto del mármol de una escalera que ascendiera hacia las nubes. Resuena en la memoria ese “And Their Refinement Of The Decline”, y muy pocos discos se han acercado a su sutileza. Ha habido otras obras maestras neoclásicas, grandes discos de drone, o de sintetizadores, o de piano desnudo, o de ensemble lívido, pero ninguna como aquella salvo el “The Sinking Of The Titanic” de Gavin Bryars, y sólo cuando ha llegado un título acogido bajo el paraguas de Stars Of The Lid se ha podido, siquiera levemente, recuperar el escalofrío en el espinazo de aquel momento sublime. Por ejemplo, este año, Adam Wiltzie se ha unido a Dustin O’Halloran para sublimar esa memoria en el proyecto A Winged Victory For The Sullen, y también para producir, dar los últimos retoques, al debut en solitario de Christina Vantzou, la que fuera su colaboradora en la aventura –detenida en 2004– de The Dead Texan.

Christina Vantzou nació en Kansas City, pero desde hace un tiempo reside en Bruselas, aislada de su entorno –algo muy fácil de conseguir ahí, por otra parte–, componiendo música profundamente personal como la que finalmente ha acabado entrando en “No. 1”, un título de resonancias clásicas –sólo le ha faltado poner un ‘opus’ delante, aunque hubiera quedado pedante– que se sitúa en la misma línea de trabajo que Stars Of The Lid: cuerdas graves, sintes de la escuela de Hans Zimmer, algún piano espolvoreado por ahí para crear un efecto de mayor desolación todavía, espacio y silencio. Por momentos, su enfoque puede parecer mimético, como si Vantzou se conformara con proseguir una idea en lugar de aportar un giro propio y diferenciador –un giro que también fuera un progreso–, pero en el acto de la escucha, a poder ser con auriculares, o a poder ser efectuando alguna otra actividad para percibir subliminalmente cómo la música invade el cuerpo hasta crear esa pompa de aislamiento alrededor –cada uno le encontrará su buen uso: leer, correr, trabajar, empezar a dormir–, actúa de una manera tan física que cualquier apreciación conceptual se hace innecesaria. Si algo tiene “No. 1” es desactivar la mente y expandirse por todo el espacio; según Kranky, lo de Vantzou es más terrenal en comparación con Stars Of The Lid, que practicarían una música más extraterrestre. No es exactamente así: Stars Of The Lid son, posiblemente, más celestiales, pero como sabrá cualquiera que haya leído el “Paraíso” de Dante, hasta llegar al centro en el que reside la Rosa –es decir, el foco de la luz, Dios, el amor, etc.–, antes hay que atravesar diferentes círculos de perfección, esferas, planos y profundidades. “No. 1”, en definitiva, es el recorrido por esas esferas, menos puras, pero no por ello menos arrebatadoras, un recorrido que parece breve, pero que la intensidad de cada nota parece alargar para siempre, en un bucle cerrado de olvido y tranquilidad.

Javier Blánquez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar