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Álbumes

Oval Ovalo

9 / 10

Oval o THRILL JOCKEY

“94 Diskont” (Mille Plateaux, 1995) es uno de esos discos que podrían, deberían haber cambiado el rumbo de la música moderna. Como “Trout Mask Replica” (Captain Beefheart & His Magic Band), “Metal Machine Music” (Lou Reed) o “The Second Annual Report” (Throbbing Gristle) Como aquellos, el tercer álbum de Oval ostenta hoy un prestigio indiscutible, pero su incidencia en la estética contemporánea parece ser inversamente proporcional a éste. Es, pues, una obra insular, más singular que influyente; una “rareza” cuya cadena de potencialidades permanece prácticamente aislada, como cerrada al vacío, verbigracia de una industria tradicionalmente opuesta a los cambios –de forma y de fondo– y un oído público, y esto es más preocupante aún, cuya predisposición a la innovación parece haber disminuido en progresión geométrica desde finales de los setenta. Poco o nada de lo que contenía “94 Diskont” ha trascendido más allá de la producción de su autor. El tiempo ha demostrados que Markus Popp jugaba en una liga distinta a la de los clicks’n’cuts, que si bien introdujeron una estimulante variación tímbrica en la electrónica de principios de siglo no se dieron, o no quisieron darse, por enterados de todo lo que de revolucionario había en el trabajo de Oval, empezando por su misma concepción –o, mejor, negación– del hecho musical, reducido a un conjunto de procesos y algoritmos sin implicaciones dramáticas ni emocionales. Tecnología hecha sonido y viceversa.

Ahora, casi diez años después de “Ovalcommers”, su anterior álbum, Oval vuelve con “o”, un trabajo que llega precedido por el EP “Oh” y el avance en forma de clip “Ah”. El primero ya revelaba lo que aguarda en “o”: música –sí– radicalmente idiosincrática, regida por sus propias normas temporales –la duración de los cortes oscila entre los treinta y seis segundos y los cinco minutos–, estructurales –dos CDs, setenta tracks en total, a razón de veinte y cincuenta– y, sobre todo, compositivas. En este aspecto, el adelanto de “Ah”, a complementar con “Oh”, se descubre ahora como una jugada maestra. Si el EP resultaba arisco y difícil por las formas inasibles, casi líquidas de sus quince tracks, “Ah” remitía a una suerte de post-rock –el de verdad, no las patochadas épicas que ahora etiquetan así– casi estándar. Ambas líneas de actuación convergen en “o”, aunque no en la medida que tradicionalmente entenderíamos el equilibrio estilístico, aunque lo haya. Como decía, Popp se rige por sus propias reglas, y éstas siguen estando muy, pero que muy lejos de la ortodoxia popular. No conviven en “o” esbozos y temas “acabados”, como tampoco cabe hablar de trazos de ruido y remansos melódicos, de improvisación –que no la hay– y canciones. Todo tiene su propia significación, su sentido. Y sí, donde sonaban glitches y ruido electrónico suenan ahora guitarras y baterías. Pero eso, créanme, es lo menos importante en “o”. Lo verdaderamente relevante, al margen de su insigne pasado, es que Oval lo ha hecho. Otra vez. Ha parido un disco de esos que podrían, deberían cambiar el rumbo de la música moderna. Aunque seguramente no lo hará. Como tampoco lo hicieron otros artistas que pueden acudir a la memoria, de manera harto subjetiva y fragmentaria, durante su escucha, de Derek Bailey a Bill Orcutt. ¿Post-rock? Post-Popp. Oriol Rosell

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