24/7 24/7

Álbumes

Gus Gus Gus Gus24/7

8.1 / 10

Gus Gus  24/7 KOMPAKT

Las voces gáyeres son la soriasis de la música electrónica actual. Hacen que una canción sana y recia comience a escamarse en pesados parches de dermis inservible, en aceitosas porciones de caspa corporal que se desconchan y caen al vacío, dejando codos y antebrazos yermos, rosados, como el entrecejo de Copito de Nieve. Los pellejos no ayudan y las voces gáyeres son un pellejo gordo, feo, molesto y seborreico. Si viviéramos en la dictadura balcánica de Oscar Brockovia, podéis tener por seguro que los cultos a las voces gáyeres serían perseguidos como si fueran sectas satánicas o los gitanos de la cabra. Semejante invectiva no es gratuita, aunque pueda parecerlo, se trata de una pataleta en toda regla. Una vez más, las voces gáyeres han diezmado la capacidad de impacto de un invento cojonudo de nombre “24/7” que, sin tanto gorgorito mariposón, tendría una nota más alta. Y duele.

Dicho esto, hay que apuntar también que el sexto álbum de Gus Gus cogióme con los calzones a media asta, a pesar de las malditas voces gáyeres. De los años noventa al momento actual ha llovido mucho. Los que antaño fueron reyes son ahora pedigüeños leprosos. Y los islandeses, después de reinar con su trip hop jamaroso, su pop con suavizante y su house líquido, se embarcaron en un particular descenso al limbo technoide que parecía haberles condenado a pedir cuatro perras en la puerta de la iglesia de tu barrio para el resto de sus días. Pero cuidado, los paisanos de Eidur Gudjohnsen se han despojado de los harapos, han bañado a su perro callejero y nos han recordado que si están en Kompakt no es porque a Michael Mayer le guste el bacalao o los géiseres gáyeres.

Es así. El trasvase a tierras colonesas ha sido tremendamente positivo para una maquinaria anquilosada que no daba con el carburante perfecto. Gus Gus han encontrado por fin su escudería, y han sabido adaptar su chasis a las necesidades minimalistas del label germano. El fricandó es disfrutable y, algo que cuesta ver en estos días, está bastante por encima de las expectativas iniciales. Buena señal. El discurso de estos freaks se ha refinado y ha enfocando las máquinas a pastos de épica contenida. La sutileza y la melancolía se apoderan de un bello cadáver en coma bailable que ha beneficiado a todo quisque. La jugada es parecida al intercambio Ibrahimovic-Eto’o. Por una parte, Kompakt cubre con creces un flanco que necesitaba refuerzos de lujo –el del minimal trancerígeno– y, por la otra, los islandeses recuperan prestigio con uno de los mejores trabajos de su apestosa carrera. Todos contentos. Los Gus de ahora son gas. Por lo de gaseosos. Porque se acercan mucho a los artificios bailables de Superpitcher o Kaito. Y lo hacen bien, con tino, con pulso, con suavidad. Y con viejos amigos. Ahí tenemos la vuelta de Daníel Ágúst y su vocecilla de pichita. Es un regreso que dice mucho, porque deja muy claro que los Gus actuales quieren ser como los Gus de antes, los que debutaron en el sello Underwater de Darren Emerson en el año de la catapún. Acierto de los gordos a mi modo de ver.

Por eso les salen cosas tan bien paridas como “Thin Ice”. Y mucho ojo con la reptante “Take Me Baby”, con el eximio Jimi Tenor aportando su feakismo existencial y recordándonos que sigue vivo. Temas como “Add This Song” u “ On The Job”, once y diez minutos respectivamente, ejemplifican a la perfección el espíritu del disco: lento, progresivo, hipnótico, machacón, largo, minimalista, melancólico. Son las constantes de un trabajo tenso como los glúteos de una profesora de aeróbic, pero sedoso en las distancias cortas y épico a vista de pájaro. Si no fuera por las voces gáyeres hablaríamos de discazo, pero nos tenemos que conformar con un buen disco a secas. Eso sí, si hace dos años me hubieran dicho que ahora mismo estaría escribiendo una buena crítica de Gus Gus pensaría que me tomaban el pelo. Pero la vida es así, socios. Si fuera tartamudo diría: me ha gus gus tado.

Óscar Broc

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