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Álbumes

William Basinski William Basinski92982

8.3 / 10

William Basinski 92982 2062

Ahora que el sello Raster-Noton parece que ha pegado el pelotazo definitivamente a base de showcases en festivales de techno populosos y algarabía en el gallinero, es buen momento para revindicar a uno de sus padres espirituales: William Basinski. Este tejano cincuentón debutó hace más de diez años en la discográfica de Alva Noto, Frank Bretschneider y Byetone con su trabajo “Shortwavemusic” (1998), que por entonces ya llevaba veinticinco años inédito en el baúl de los recuerdos. El sonido de Basinski bebe de los padres del minimalismo más serio e indagador, con los inevitables Steve Reich y Brian Eno como punta de referencia. Se ha hartado de manipular cintas, de jugar con el delay y de buscar sonidos remotos entre las frecuencias de radio. Al margen de su aportación al sello alemán, Basinski ha ido a lo suyo a través de su propio sello 2062 Records, con el que ha publicado obras como “The Disintegration Loops” (cuatro volúmenes, de 2002 a 2006), que tal vez es su trabajo más conocido hasta la fecha. Ahí se encargaba de asestar un golpe mortal al loop, ese gen tan importante para el techno de masas, pero que a la postre ha resultado tan dañino para nuestros empobrecidos cerebros.

Y es que ante todo, el compositor estadounidense es un obseso de la repetición. Es el auténtico orfebre de las estructuras largas. De la melancolía que surca el espacio-tiempo. Y es que unos años después de oficiar ese rito fúnebre con el que desintegraba el loop, Basinski vuelve a rebuscar ahora en lo más recóndito de sus archivos sonoros para componer su última obra, “92982” –el título hace referencia a la fecha exacta en la cual se recogió el material, es decir, el 29 de septiembre de 1982– . En total, cuatro piezas para un álbum conceptual de una hora de duración en el que Basinski vuelve a trascender el tiempo. Nos trae un pedazo del pasado encapsulado en forma de sirenas, aspas de helicóptero, timbrazos de teléfonos urgentes. Y todo con el pulso firme y paciente de un maestro artesano. Su música siempre parece pasada de moda, porque el contexto coyuntural no es importante para el autor: él se revela como un humanista que descubre verdades universales, que hinca el bisturí en el corazón de las tinieblas de todo humano que tenga paciencia para escucharle.

William Basinski nos advierte de que la nostalgia es la droga más poderosa de todas. Su música nos recuerda que la melancolía siempre estará presente en los corazones. Nos informa de que pasarán otros veinticinco años y seguiremos temiendo ese secreto desconocido que es el entorno social en el que nos movemos, y que nosotros mismos hemos aceptado como nuestro de una manera natural. Vaya, que Basinski es un cabrón por recordarnos que nuestra existencia se nutre de tristeza. Pero a la vez te está dando la solución a nuestros problemas: la paciencia es uno de los pocos reductos en los que se puede refugiar el hombre y la mujer de hoy. Este nuevo álbum nos ofrece una hora de escape vital para salir de este mal trago que es el estrés constante. Basinski nos reduce a lo elemental con una música en la que, en contra de lo que pueda parecer al hablar de música ambient como ésta, el receptor es un sujeto mucho más que activo. En otras palabras, que es de esos discos que, aunque parezca que no, te marcan para siempre. Hasta dentro de veinticinco años.

David Puente

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