1.0.8 1.0.8

Álbumes

Onra Onra1.0.8

7.9 / 10

Onra  1.0.8 FAVORITE

Su abuelo le legó genéticamente los ojos rasgados del sudeste asiático, pero por lo que Onra suspira es por una tez de azabache como la que adornaba la piel de J.Dilla, que en paz descanse. Francés de origen vietnamita, su nombre se ha ido haciendo poco a poco habitual en los corrillos del nuevo hip hop instrumental –con el toquecillo arty de rigor, ése que no falte– que se practica en Europa, con la levísima influencia de una cierta rasposidad IDM, y con la vista puesta en esa calma, esa coolness y el virtuosismo con el sampler de los productores de Detroit y San Francisco. Se nota que al parisino le apasiona ese downtempo a 80 bpms –a veces menos–, y que de haber podido hubiera mandado sus primeras maquetas a sellos fundacionales de la cosa vaporosa y fumada como el extinto Mo’Wax: comparte con DJ Krush esa férrea conservación del ritmo exasperantemente lento, que no lo aceleraría ni una alarma de incendios, y a la vez hay una carga psicodélica que, a efectos meramente franceses, le conecta en un viaje quince años hacia atrás con sus paisanos La Funk Mob.

Pero el azar –y el declive del antiguamente llamado trip-hop en Europa– ha llevado a Onra a buscarse la vida por su cuenta. Estados Unidos es un terreno vedado para los jóvenes de aquí, pero quedan pequeños sellos en Dublín – All City, donde también se ha estado fogueando Hudson Mohawke– y en París para ir demostrando que se tiene la lección aprendida en esto de los abstract beatz. Hace un año y medio, Onra publicó en álbum un homenaje a la Indochina –hoy Camboya y Vietnam– de sus abuelos, tallando samples de música tradicional sobre ritmos plácidos y a los que puso el bonito título de Chinoiseries ( Favorite Recordings, 2007), aunque en su obra en evolución ese trabajo es una rareza, por mucho que sea el más inspirado hasta hoy. En “1.0.8”, disponible en vinilo sólo por ahora, Onra vuelve al hábitat en el que se siente más cómodo: sampleo de cuerdas tórridas del soul, teclados levitantes y voces femeninas, felinísmas, del funk de los setenta –incluso gemidos de peliculilla guarra en “Porn”– en diecinueve muescas de talento divididas entre loops, interludios, un jingle de salida y sólo una aislada, y quizá no intencional, incursión en el sonido wonky que están explorando otros productores de su generación, “Super Genesis”, en la que le acompaña Häzel y de ahí el giro. Sin ser desbordante en imaginación, pero con el fulgor pálido de la música de yacer en campo de plumas de décadas lejanas, Onra demuestra que se siente cómodo en su estudio de grabación –llamado, precisamente, 1.0.8–, y que de ese laboratorio piensa ir sacando más ritmos, más cajas y más sensaciones levitantes. Debe seguir creciendo, y de ser así, manará algo grande. Hay beatmaker.

Javier Blánquez

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