Álbumes

Franciso Nixon Franciso NixonEl perro es mío

7.5 / 10

Las tribulaciones de la vida ordinaria de un treintañero cercano a los cuarenta, fetichista y vouyeur, que se pasa el día mirando a las chicas que pasan a su lado para volver a casa con su novieta, algo más joven que él. Las aventuras sentimentales de un tipo cualquiera, que se comporta y viste como un tipo cualquiera, que se enamora y se desenamora como un tipo cualquiera. Las fiestas que ahora dejan rastro, el olor a humo de la mañana siguiente, el sabor de la cerveza. “El Perro Es Mío”, al igual que su anterior Es Perfecta”, insiste en el ideal de disco de Francisco Nixon: una especie de comedia romántica, sentimental y, a ratos, muy divertida, sobre la gente de su edad.

Lleno de guiños a la cultura popular, el segundo largo de Nixon es un disco que bascula entre la adolescencia perdida, ( “Inditex”, “Erasmus Borrachas”, una de las mejores canciones del repertorio de Fran en solitario, la emocionante, a pesar del cachondeo o “Brackets” sobre el –recurrente- fetichismo de los aparatos en los dientes) y una madurez asumida con humor y cierta pesadez, con cierta melancolía (“yo ya he dejado atrás / Nombres y teléfonos (…) / yo ya he dejado atrás / los sábados insólitos” canta en la bonita “Nombres y Teléfonos”) y en las que, al final, el sentido común nos lleva a aferrarnos a alguien, al que tenemos más cerca ( “Mereces Toda Mi Atención”, con ese ritmo de samba, esa flauta y una melodía nostálgica que está entre lo mejor del disco). Presidida por una dedicatoria al amigo fallecido (el añorado Sergio Algora), este es un disco amargo y sencillo, de pop sin estridencias, con un sonido pulido, cuidado, y en el que brillan, especialmente, las estupendas canciones del compinche Ricardo Vicente (que añade amargura en el recuerdo a la banda perdida en “Notre Damme” y surrealismo triste en la desconcertante “Museo Británico”, con ese estupendo arranque “Prueba a correr, cuando ya no esté más / por el campo sobre un caballo zampo”). Al final, cuando la cosa está acabando (con el momento sci-fi del hombre radioactivo de “Reactor Nº4”, una brillante metáfora sobre una relación y, sobre todo, con el encuentro, casual, con la persona antes amada y los recuerdos que eso conlleva en la estupenda “Cruzando La Calle”) llegamos a la casilla final con una rara sensación de desconcierto, como si el chico que comenzó enamorado de una chica que curra en Zara se hubiera transformado, a lo largo de las canciones, en un hombre triste, algo resentido, que carga con los años sobre sus espaldas. El paso del tiempo en la era pop.

Fernando Navarro

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