Lawrence - A day in the life Lawrence - A day in the life

Álbumes

Lawrence - A Day In The Life

7.7 / 10

En la obra de Peter Kersten siempre ha habido algo de etéreo; aunque se sostuviera en ritmos techno y house, toda su música parecía querer despegar del suelo y flotar en la estratosfera. Así fue en 'masterpieces' como The Absence Of Blight (2003) o The Night Will Last Forever (2005), y pareciera que nada iba a cambiar. Lo que ocurría era, sin embargo, que esos beats, presentes de manera decisiva hasta su disco de 2013, Films & Windows, ejercían una fuerza de atracción más intensa que la del despegue de sus texturas.

La sorpresa que propone A Day In The Life, nuevo álbum cuyo título remite engañosamente a The Beatles, es precisamente lo opuesto a la gravedad: por primera vez, Lawrence se apunta a la moda ambient expansiva, libera amarras, suelta lastre y se eleva como las águilas o Ícaro, en busca de la esfera del sol. Ocurre, sin embargo, que A Day In The Life no es un título ambient cualquiera: las referencias en las que se sostiene, evidentes para cualquiera que haya investigado las grandes obras maestras de los años 90 -los dos volúmenes de Selected Ambient Works, el Amber de Autechre y las cosas más raras de The Black Dog firmadas con alias enrevesados-, dan a entender que el productor alemán ha buscado establecer un diálogo con los clásicos, mezclar sus recuerdos de juventud con sus emociones del presente, y firmar como Lawrence lo que tal vez, como oyente, le hubiera gustado escuchar en cualquier disco perdido de Aphex Twin, B12 o Global Communication.

Al empezar a sonar este regreso de Lawrence a Mule Musiq, e intuirse al fondo la cadencia metronómica de un péndulo -son esos beats de antaño, que se han licuado y se han calentado hasta transformarse en un remolino de gas-, el primer referente que viene a la mente es el soberbio 76:14 de Global Communication, del que precisamente se han cumplido 20 años de vida. El ambient que propone Kersten no es un ambient tenue e imperceptible, ni una cascada de texturas digitales prácticamente microscópicas, sino ese ambient analógico, bulboso, con grano y volumen, de los viejos discos de la era 'artificial intelligence'. No es exactamente un calco de 76:14, porque en ocasiones irrumpen puñaladas rítmicas como las de A Day In The Life -el segundo track-, que recuerda al material más pluvial de Mike Paradinas o al primer Aphex Twin, cuando editaba música bonita en R&S Recordings, pero en ningún momento del minutaje se echa en brazos del bombo.

Lo importante del álbum es que se escucha como un todo, es un viaje con comienzo y final, un recorrido con el rumbo marcado, que no hace trampas. La propuesta de Lawrence es la de entrar en un mundo de algodón y vivir en él durante una hora. Cualquier otro deseo -fruta prohibida- es merecedora de la expulsión del paraíso.

Como ejercicio nostálgico, A Day In The Life cumple su misión: nos recuerda lo maravillosa que fue aquella época, cómo la facción exploradora de texturas de los renegados del rave supo crear un edén maravilloso, libre del tufillo hippie de The Orb y del barroquismo de FSOL -que no es que uno esté en contra, que conste, pero eran otra cosa-, y que muy pocas veces se ha podido recuperar con el espíritu intacto y la lágrima cayendo: el ejemplo más brillante, y lamentablemente alejado en el tiempo, fue el Together Is The New Alone (2000) de Donnacha Costello.

Como ejercicio de actualización del ambient, por tanto, no es en absoluto original: se sostiene en el recuerdo, no en la invención. Pero el efecto final, angelical, envolvente, es prácticamente como permanecer, en esos días de frío y pereza, diez minutos, media hora más, bajo las sábanas, a resguardo, apurando las últimas reservas de calor.

Incluso en el aspecto más delicado y difícil de este tipo de ambient del que también fueron maestros figuras como Beaumont Hannant y el Luke Slater del proyecto 7th Plain, que son las melodías -como un cosquilleo en el cerebelo; atención a los títulos: 'desmayarse', 'fulgor', 'los sueños han muerto'-, Lawrence lo resuelve de perlillas. Al entrar en este jardín analógico, en este espacio ensoñador, no se busca el futuro, sino un refugio para olvidar todo lo terrible que sucede en el exterior. Haced lo que queráis: a mí me encontraréis dentro.

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