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Deadmau5 Deadmau5>album title goes here

4.9 / 10

Incluso antes de convertirse en el primer productor superventas del portal Beatport –que es lo mismo que decir la primera estrella del mp3 en la música de baile moderna–, y de paso ser aclamado como el nuevo posterboy del house progresivo, Joel Zimmerman ya había editado hasta cuatro álbumes, todos en mp3, por supuesto. Uno incluso era un enorme contenedor de hasta 56 ficheros titulado “Project 56” que daba la medida de la incontinencia brutal de este canadiense aquejado de una fuerte diarrea productiva, pero que todavía no avisaba de lo que estaba por venir. Incluso cuando editó su álbum de consagración popular, “Random Album Title” (Ultra, 2008; licenciado para Europa por Ministry of Sound), nada hacía prever que su estatus masivo, a la larga, fuera comparable, aunque nunca superior, al de Daft Punk o Tiësto, que eran grosso modo las dos referencias que, muy bastardizadas y adaptadas a sus necesidades, manejaba el roedor Deadmau5. Luego llegaron álbumes de mucha menos inspiración y mucha más grosería como “For Lack Of A Better Name”, “4x4=12” y el horripilante “Deadmau5”, y sin que nadie lo sospechara se fue adueñando de todo el espectro rave en Norteamérica con una combinación eficaz de frecuencias agudas pulidísimas, líneas de bajo monstruosas y un montaje en escena de láseres y LEDs. A la vez, la cultura rave afloraba de nuevo en Estados Unidos, donde hoy es un ídolo de juventudes, y cristalizaba el polémico estilo llamado EDM. “Album Title Goes Here”, por tanto, es un disco crucial porque está llamado a ser el “Homework” de su generación, la suma y resumen de lo que hoy es la dance music para el espectro más amplio y más adolescente del clubbing mundial. Otro tema es que luego, efectivamente, lo sea o no.

No es el estilo lo que cambia en el nuevo disco de Deadmau5, sino su proyección. Los cortes de “Album Title Goes Here”, que han ido siendo macerados con paciencia en decenas de apariciones en directo en las que Zimmerman hace lo de siempre –o sea, enfundarse la cabeza de ratón gigante con ojos luminosos y, en sus propias palabras, “apretar botones”–, son la perfecta definición de la carne de cañón EDM: “Channel 42” tiene esas basslines monstruosas y esos bleeps cómicos, esas rupturas del ritmo que van seguidas de un crescendo hiperbólico –o la técnica del drop de Skrillex llevada al juego del electrohouse– que tan bien funcionan en las concentraciones masivas acompañadas de química, y “The Veldt” completa la imagen con suaves arpegios armónicos de origen trance –la versión original es de 12 minutos, aquí editada a 8 y medio e inspirada en un relato del escritor de ciencia-ficción Ray Bradbury, fallecido este año– con el remate de una colaboración vocal de Chris James que nos sitúa en un territorio muy familiar, el del eurotrance comercial, que bien hecho puede ser agradable para esos momentos frívolos de verano, pero que hecho con mal gusto siempre ayuda a manchar un poco más el buen nombre de la música de baile. “The Veldt” está en ese espacio intermedio, ese sí es no es –o filo de la navaja– en el que siempre hace equilibrios Deadmau5, un productor con buen olfato pero pésimo gusto para resolver sus tracks –lo del buen gusto se supone que le dará igual cuando le eche un vistazo a la cuenta bancaria–. Así, “Album Title Goes Here” no es un LP pensado para revolucionar la EDM y hacerle subir al estilo un nuevo escalón o un nivel completo, sino meticulosamente estudiado para maximizar el efecto eufórico y potenciar el estatus de cada canción como himno a partir de un dudoso crossover.

Por ejemplo, hacia el final aparece un featuring de Cypress Hill ( “Failbait”), en un tema de rap vulgar, con una bassline levemente protuberante y el flow caducado de la banda de Los Ángeles: un intento zafio de atraer al público hip hop a la orgía de sintetizadores elefantiásicos de Deadmau5. Este es un ejemplo anecdótico –y también un tema sobrante en el álbum, que rompe cualquier tipo de progresión y ritmo; es un pegote mal puesto–, pero no lo es “Professional Grifters”, donde la colaboración vocal es de Gerard Way (cantante de My Chemical Romance) y se persigue, lógicamente, el efecto electro + dubstep + hard rock propio de Skrillex, que es la nueva fórmula comercial de éxito. No hay sutilezas aquí: un comienzo en principio delicado como el de “Fn Pig”, que suena como cuando The Chemical Brothers se ponen eufóricos con arpegios a lo “Star Guitar”, acaba arrasado por una bassline gigantesca y un beat gomoso, el mismo que se prolonga en “Maths” y en la épica de pitidos y crescendos atómicos de “Take Care Of The Properwork”, que es como llevar el “Open Up” de Leftfield o “Atom Bomb” de Fluke al más caótico siglo XXI.

Sin embargo, no todo es testosterona. “There Might Be Coffee” tiene un comienzo plácido que se desarrolla según la fórmula más aceptada del house progresivo y que suena ideal para sesiones de John Digweed cuando pincha en algún país asiático, o la dupla “Closer” –que comienza, es una evidencia, con la melodía de comunicación con los extraterrestres de “Encuentros En La Tercera Fase”– y “October”, trance melodioso que están en ese lugar impreciso entre Booka Shade y Armin Van Buuren. Y justo cuando el álbum está en lo más alto, cae en picado (y mal) con los beats rotos y lentos de “Sleepless”, el cameo de Cypress Hill y una desaprovechada colaboración final de Imogen Heap en “Telemiscommunications”, que firma una balada ambient acaramelada cuando pudiera haber sido su Kirsty Hawshaw para hacer su propio “It’s a Fine Day”.

Aquí no se puede hablar de lástima ni de oportunidad desaprovechada, porque “Album Title Goes Here” no se ha hecho para marcar un hito estético, sino un hito comercial, y en ese aspecto es un triunfo: aquí hay carnaza para raves de millares de personas y para mantenerle en lo más alto del circuito EDM un año más; los festivales ya hacen cola ante su oficina de contratación. Pero a la vez es un síntoma de la anemia creativa que padece este nuevo mainstream dance, incapaz de sugerir un solo rastro de evolución todavía –es todo TAN 2001, en general– y ni siquiera de dejar algún verdadero hit en la memoria. Lo que nos lleva de Daft Punk y Sasha hasta aquí es una acentuada pendiente hacia el abismo, con alguna rama a la que agarrarse que, en el momento más inesperado, se rompe.

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