La Zona Sucia La Zona Sucia

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Nacho Vegas Nacho VegasLa Zona Sucia

8 / 10

Nacho Vegas  La Zona Sucia MARXOPHONE

Recién acabábamos de escuchar “El Manifiesto Desastre” (Limbo Starr, 2008), y nos frotábamos las orejas pensando que nos habían dado gato por liebre. Nacho Vegas, reconocidísmo cantautor ajeno al malditismo que se cierne sobre su figura, nos entregaba un trabajo liviano, casi superficial a primera vista. Había desarmado sus letras de la coraza gótica y literaria que las caracterizaba y nos las entregaba francas y frescas, sin tapujos. ¿Qué había pasado? Pues una relación con Christina Rosenvinge que dio para todo un “verano fatal” y para ese desastre manifiesto casi augurado por el de Gijón desde sus más tiernos principios. Y es que leyendo entre líneas los temas de este “La Zona Sucia”, uno entrevé que es imposible escapar de la autobiografía cuando se es un artista autodestructivo. Así pues, tenemos un claro ejemplo de pesimismo optimista ( “Cuando Te Canses De Mí”), siguiendo la estela alegremente derrotista respecto al final con Rosenvinge, que ya expusieron en “Verano Fatal” (y acertando a quemarse mútuamente en la portada con un par de cigarrillos, qué ironía) y en el casi tributo a la crisis de fe en el amor que fue “El Manifiesto”.

El Nacho Vegas de hoy, casi repuesto, transita por un estado de ánimo sin gravedad depresiva, donde, como en la zona sucia de la Fórmula 1, los restos de la carrera se apilan expulsados al margen, y desde ahí es capaz de afrontar su estatus con entereza (vean el grandioso epílogo a una historia de desamor que es “La Gran Broma Final”) o incluso de un modo ensoñador (la dulzona “Lo Que Comen Las Brujas” o “La Comedia Humana”). Para fans de Rosenvinge, atentos al tomo enciclopédico de referencias que hay en “Incendios” o “Perplejidad” (ésta última haciendo referencias directas a “La Canción del Eco”).

Pero al margen de estilos y referencias, lo que parece querer dejarnos claro Vegas aquí es que una punzada en el corazón también es un sentimiento que proporciona energía (magnífico ejemplo en “Taberneros”, mención incluida al Mondúber, un lugar, parece, común), o anhelos poderosos ( “donde hay cenizas hubo un fuego, yo mataría por volver a arder”, llega a cantar en “Cosas Que No Hay Que Contar”). Quizás no estamos viendo al Nacho Vegas que se retuerce en su soledad como lo hacía en su mejor obra, “Desaparezca Aquí”, pero sí a un tipo a quien han dejado (o se ha dejado caer) un poco más allá de la última curva, en aquella zona extraña, cual mercado de Sonora, donde habitan tipos como Nick Cave. La duda es si terminará pasando de la penumbra a la oscuridad.

Jordi Guinart

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