Zig Zaj Zig Zaj

Álbumes

Boom Bip Boom BipZig Zaj

6.1 / 10

LEX

A Bryan Hollon le pirra la pendiente más pop de la electrónica de fin de siglo y le demasiado gusta mojar la magdalena en el puchero de los 80. Su perfil indie se ha agudizado con el paso de los años. Si en su anterior álbum en solitario, “Blue Eyed In The Red Room” (2005), ya dejó claras sus filias, fue la colaboración con Gruff Rhys (vocalista de Super Furry Animals) en el proyecto Neon Neon la que terminó de clavar la estaca a los vampiros que disfrutaban con su faceta más electrónico-cubista, la misma que pulió hasta el extremo en “Seed To Sun” (2002) o junto a Doseone en el recordado “Circle” (2000).

Uno tiene la sensación de que Boom Bip ha encontrado un alarmante acomodo en su nuevo yo musical, el de un alquimista que se atreve con todos los elementos de la tabla periódica modernilla (synth-pop, folktrónica, ambient, rock, shoegaze y tiro porque me toca) y hasta deja entrar en su antaño infranqueable mansión a pesos pesados de la escena indie. ¿El objetivo? Juraría que expandir y refrescar un sonido que ya no tiene patrones finitos, que escapa cada vez con mayor facilidad del campo gravitatorio de la abstracción y que ora parece un revival de New Order, ora parece una imitación de Grizzly Bear. Y a quien no le guste, que se aguante.

En esta tesitura, lo que tenemos entre manos no es más que otro disco de productor con invitados, eso sí, invitados elegidos con sumo tiento para abrir mercado entre las nuevas audiencias y meterse en la chistera a un público jovenzuelo y moderno. Ahí tenemos a Alex Kapranos, de Franz Ferdinand, aportando altas dosis de romanticismo emo en “Goodbye, Lovers and Friends”, una ducha de convencionalismo retro que te deja más bien frío: lluvia sobre mojado. O a Cate Le Bon poniendo su voz disco-glam en “Do As I Do”, otra pieza rellena de sintes, teatralidad melódica y guitarras ochenteras. Más excitante resulta la aparición de Money Mark en la psicodélica “Manabozh”: post-punk garagero con gotas de LSD, teclados hiperbólicos y espirales eléctricas para psiconautas. No puedo decir lo mismo del featuring más sorprendente, el de Josh Klinghoffer –Red Hot Chilli Peppers– en “New Order”, el potaje indie más indigesto, papillero y rockista de todo el LP.

Como cabía esperar, en este océano de dispersión, las piezas instrumentales en solitario son los únicos salvavidas. El electropop emocional de “Automaton”, el IDM lloroso a lo Boards Of Canada de “Mascot And The Moth” y los paisajes barrocos de ambient-jazz de “Reveal” se convierten en lo mejor de un disco condenado a sucumbir a la primera escucha. El material del que están hechas las anécdotas.

Óscar Broc

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