XX XX

Álbumes

The XX The XXXX

8.8 / 10

The XX  XX

YOUNG TURKS / POPSTOCK! Jovencísimos aunque sobradamente preparados, Romy, Baria, Oliver y Jamie son The XX. Amigos desde siempre y englobados desde su asalto a la escena musical dentro de la etiqueta ‘new grave’, a principios de 2009 se encerraban en el sótano del sello Young Turks para dar forma final a su esperado primer disco, un “XX” al que podríamos referirnos como el golpe de bisturí definitivo a esa autopsia de la new wave que comenzaron bandas hoy extintas como The Organ o Electrelane. A primera vista y como grupo no sorprenden por nada extraordinario pero ¿qué esconde el fatigado estilo de su decadente debut para haberlos convertido en el hype del momento? A grandes rasgos, canciones con mayúsculas: un fláccido racimo de malheridos hits por el que Erlend Ø ye pagaría una pasta, un catálogo genuino y a la vez multireferencial de narcotic pop que puede recordar tanto a las guitarras abisales de The Cure o Chris Isaak (en “Infinity”) como a la parsimonia sexy de Chromatics o los grupos de Morr Music (sobre todo en “Basic Space”).

En una primera escucha que resultará superficial (cuidado con las siguientes, porque duran y duran y duran…), lo primero que llama la atención es el atractivo acople de las voces de Jamie y Romy dándose la réplica en un campo/contracampo de oscura sensualidad y letras en segunda persona que exhortan al oyente a formar parte del juego. También sorprende gratamente su concepción del espacio y la amplitud conseguida en el sonido, un gancho estético con el que amplían y redimensionan los temas, descomprimiéndolos y despojándolos de arreglos insustanciales. Imprimen a las tramas un trazo de noche desierta, tranquila y muy fría que busca la holgura en vértices y esquinas, y el alcance en la profundidad de campo, como ya hicieran muchos camaradas de las Islas Británicas: de una forma u otra, intentaron algo parecido Young Marble Giants, Portishead, Everything But The Girl, The Good, The Bad & The Queen o Martin Hannett con sus discos para Factory (el fantasma de la gélida “Fantasy”).

Confiando en ellos a ciegas como el grupo que salve sus necesitadas cosechas, los sedientos medios de UK se han puesto a ensalzarlos sin mesura (¿hubiera ocurrido lo mismo de haber nacido en la salvaje y abultada escena neoyorquina?), hasta el punto de poder concluir que se ha hecho la vista gorda ante algunas de sus debilidades. Estas son, un enfoque exageradamente analítico que enfría demasiado las canciones y una falta de arrojo o desvergüenza que compensaría la estática indolencia de la banda. Por ejemplo, las imágenes de tierras baldías que el conjunto dibuja ganarían con un poco más de chispa si los reflejos de soul, R&B y dub se explotaran con mayor perversión. Sin dejarnos llevar por el exceso maximalista, diremos que “XX” parece caminar en ocasiones a la pata coja y que sus autores tendrán que poner toda la carne en el asador en los escenarios, donde se la jugarán a muerte por presumir de sonido, canciones y estilo; tres cosas de las que, por otra parte, van sobrados.

Cabalgando en dirección contraria a la épica y huyendo de una voluptuosidad sonora que les hubiera convertido en demasiado complacientes –acuérdense de los bien nacidos Glasvegas–, “XX” parece un canto de cisne más que un disco de presentación. Suena a demo medio cocida, a desilusión, a arrepentimiento y madrugada. No contiene magníficas ideas, ni detalles extremadamente virtuosos; no se intuyen en él ni sudor ni grandes maniobras forzadas a epatar. Pero es ahí, en esa extrema sencillez de premisas, en la falta de ambiciones y en su carácter autista y retraído, donde radica su triunfo. Con tanta equis alrededor parece algo oscuro, prohibido o peligroso, pero nada más lejos de la realidad. Es un disco amigo, accesible y bello de escuchar, un título marchito en cuyo interior todo resulta un síntoma de algo que podría haber sido muchísimo peor. Como ese corazón despistado que, en el momento de conocerse los amantes, decide saltarse un latido ( “Heart Skipped A Beat”). Es, simple y llanamente, una debilidad.

Cristian Rodríguez

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