XXYYXX XXYYXX

Álbumes

XXYYXX XXYYXXXXYYXX

7.8 / 10

En las esquinas se dice que tiene 16 años, que es un niño prodigio, que hay papiros de la antigüedad que vaticinan su advenimiento. Marcel Everett ha hecho crujir los cimientos de la iglesia post-dubstep demostrando que el bagaje no lo es todo. Su recorrido es corto; joder, apenas lleva tres lustros respirando, cuando Skream sacó su primer 12” el chaval todavía buscaba un pezón del que alimentarse, su hoja de servicios es más escueta que el vocabulario de Cristiano Ronaldo, pero cuando entramos en el terreno de los intangibles y apelamos al talento puro y duro, ah, amigos, entonces no hay estudios, libros leídos y discos acumulados que valgan. En el reino de las ideas puras y los dones, siempre aparecen superdotados que, a edades insultantes, ponen en jaque a los popes y santones. Y eso me encanta.

El productor de Orlando, que ya tenía publicado el álbum “Still Sound” en el sello Relief In Abstract, es uno de los elegidos. Que a nadie le quepa ninguna duda al respecto. No puedo dejar de asombrarme ante su prematura madurez, pero lo que realmente me deja sin aliento es la capacidad visionaria de su obra. ¿Cómo es posible que este crío haya encontrado un ángulo muerto que hasta ahora nadie había visto? ¿Un punto imposible de encuentro entre James Blake, Salem, Gang Colours, Washed Out, Modeselektor, J Dilla, Scuba y Star Slinger? Suena a todos y a ninguno. Alumbra un género inubicable que se esconde en las microscópicas junturas que separan a los artistas mencionados y sale triunfante de la empresa, mostrando al mundo una masa de bass, R&B, chillwave, electropop, minimal, post-dubstep, soul y sonidos góticos que respira, se mueve, palpita, tiene vida propia.

Apegado a un romanticismo impropio de un adolescente, Everett define los contornos de su sonido con voces ralentizadas –efecto inverso a las odiosas voces de pitufo que se pusieron tan de moda en el rap hace unos años–, muros de sintetizadores que parecen una versión fantasmagórica de los clásicos teclados angelinos y breaks lo-fi que ora reptan trabajosamente como galápagos apresados en la arena, ora adquieren velocidad y nervio y se acercan al bass de filo más rabiosamente actual. “XXYYXX” tiene una llama especial. Pese a estar grabado en una habitación, con un equipo que se intuye rudimentario, la grandeza que desprenden sus partituras es acojonante. Porque bajo la maraña de electrónica futurista hay sentimiento, magia y melodías conmovedoras. El trabajo en el sampling –fundamental– y en la creación de colchones sonoros a golpe de synth madness son algunas de las claves. Pero también los graves acuosos. Los incontables cortes de voz colocados estratégicamente para inducir el trance. El poso melancólico de todo el viaje. Increíble.

Me resulta muy difícil descartar canciones. Eso sí, hay momentos que alcanzan las cumbres más altas de lo que levamos de año. En “Good Enough” se sirve de un sample vocal de TLC para moldear un milagro de bass lacrimógeno y crepitar de vinilo para el dancefloor. En “Alone” se saca de la chistera una babosa de R&B en slow motion que te deja sin capacidad de reacción. En “DMT” –quizás el mejor corte– busca ecos industriales, barroquismo chillwave, ecos espectrales y unos claps ensordecedores que te comprimen los pulmones. En “Breeze” fusiona Tindersticks, Scott Walker y J Dilla y el experimento le sale a pedir de boca. Y sólo tiene 16 años. Y yo podría ser su padre. Y esto no puede ser… Demasiado grande y demasiado bueno para ser cierto. Pellizcadme.

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