Wrought Iron Wrought Iron

Álbumes

Nancy Elizabeth Nancy ElizabethWrought Iron

7.1 / 10

Nancy Elizabeth  Wrought Iron THE LEAF LABEL

Si Fiona Apple hubiera nacido en Manchester en la era post Joana Newsom y alguien, por qué no Paul Thomas Anderson, le hubiera regalado un arpa y hubiera cambiado sus discos de Tori Amos por los de Jeff Buckley, su póster de Aimee Mann por uno de Thom Yorke y su bruto par de botas vaqueras por un aterciopelado vestido de noche, podría haber suplantado a Nancy Elizabeth, la lánguida veinteañera que eligió un caserón del siglo XVII para grabar su primer disco, un formidable aunque inseguro “Battle And Victory”, y que prometió volver cuando se las arreglara para dar alas a su post-folk de zapatos de charol. Pues bien, la chica ha cumplido su promesa. Sin llegar a ser retorcido, “Wrought Iron” convierte en un hiptónico y delicioso laberinto atrapasueños su siniestro pop de campiña inglesa y nocturno cabaret para chicas tristes.

Fan de Led Zeppelin y Talk Talk, Elizabeth es, a ratos, una versión digerible, a salvo del disfraz neurótico, de Tori Amos (ya sea arpa en ristre, en “Winter, Baby”, o en su versión zen, en “Feet The Courage”) y, a ratos, una suerte de amante maldita de Jeff Buckley (el momento armónica en “The Act” es, con mucho, lo mejor del disco). Es decir, en ningún caso, otra cara bonita. Nos explicamos. Aunque prometió volver con banda para tratar de mejorar el primer disparo de su prometedora carrera, no lo ha hecho, y la chica (que acaba de cumplir los 25) se atreve con casi todo lo que suena (piano, guitarra, arpa y hasta copas de vino: ¿es o no mágico ese extraño corte que divide el disco en dos mitades casi perfectas, “Cat Bells”?).

Y, aunque “Wrought Iron” no tenga la profundidad del “White Chalk” de PJ Harvey, ni, por supuesto, de lo que Polly Jean firmaba a los 25 (no hay desafines, todo en lo que hace Nancy Elizabeth denota una cordura a prueba de bombas) existe, porque está ahí y puede palparse, en la espiral de sus lay lows, lay lows (la chica es adicta a los coros que se estiran hasta lo enfermizo) por poner un ejemplo, un gusto por torcer el gesto, mirarse las puntas de los zapatos, concentrarse en las teclas negras del piano, que la persigue y que, a ratos, se hace casi insoportable ( “Ruins” es pura confesión arrancacorazones). No llega al extremo de Chan Marshall, porque la infelicidad de Chan parece sacada de la versión gore sentimental de “Alicia En El País De Las Maravillas”, pero lo intenta. Y eso es lo único que falla. La sensación de que Nancy lo intenta, no lo siente. Todo es perfecto, como decorado. Porque no hay suficiente con mudarse a un caserón abandonado. Hay que llevarse algo más que la libreta y el arpa. Tal vez la próxima vez.

Laura Fernández

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