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Kreng KrengWorks for Abattoir Fermé: 2007-2011

8.7 / 10

Si existe un artista capaz de definir él sólo la estética de Miasmah, ese sello dirigido por Erik K Skodvin, que gusta de perderse entre las más oscuras de las atmósferas y que abraza el dark ambient con el mismo fervor que un cristiano se encomienda a su crucifijo; si existe algún artista dentro del catálogo del sello que sea capaz de manejar a la perfección todos los resortes de esa música de naturaleza densa y opresiva, sin ninguna duda ese es Pepijn Caudron, el belga que se esconde detrás del alias de Kreng. Y es que pocos discos se han publicado en esa casa que rezumen tanta mala baba y tanto desconfort ambiental como L'Autopsie Phénoménale de Dieu (2009) y Grimoire (2011), dos estupendos volúmenes en los que Caudron demostraba una insana habilidad para elaborar, a base de mezclar samples y fragmentos sonoros de muy diversas procedencias, lienzos climáticos que son como una versión del expresionismo abstracto, pero en musical y en acongojante.

A la vez que producía aquellos discos, Caudron se ganaba la vida como actor, y como compositor de música para la compañía de teatro de la que forma parte, Abattoir Fermé ; un material que había permanecido inédito, y que ahora se recopila bajo el explícito título de “Works For Abattoir Fermé: 2007-2011 . Una caja con cinco vinilos que comprende cuatro bandas sonoras para otras tantas obras, y que supone uno de los mayores despliegues (si no el mayor) de dark ambient que han caído sobre la superficie de la tierra en esta temporada. El primero de los discos incluidos, “Tourniquet”, arranca perdido entre vaharadas de drones oscuros como el carbón. Una atmósfera asfixiante, abrumadora; un aluvión de partículas minúsculas, lanzado en cascada sobre el oyente, en el que conviven samples de naturaleza alienígena, crujidos analógicos y fragmentos de cinta atorados en loops que avanzan de manera comatosa. Apenas cinco minutos bastan para encontrarse sumergido en un mundo de pesadilla, rodeado por un extraño oleaje ambiental en el que no resulta difícil perder pie. Un clima que se traslada a la segunda cara del disco, pero con el añadido de percusiones marciales y de unos extraños discursos con tiznado político, que no hacen más que amplificar la sensación de desasosiego. Sensación que, por supuesto, continúa en el segundo vinilo. La banda sonora de “Mythobarbital” comienza amenazadora y épica, arropada entre golpes de tambor y cuerdas temblorosas, pero de repente aparece en escena un drone cavernoso y ya todo es un ir trastabillando hacia el abismo: violines atrapados en el interior de bucles infinitos, percusiones que resuenan con aire maquinal, un cuarteto de cuerda que conjura melodías propias del terror gótico y cuernos que suenan desde la lejanía, como anunciando el desastre que está a punto de cernirse sobre nuestras cabezas. Una estética en la que abunda una segunda cara que da más valor a los elementos cinematográficos; al menos hasta que se despliega un infranqueable muro de drones que todo lo engulle.

La tercera de las bandas sonoras, “Snuff”, alterna composiciones arrancadas a esa misma vena gótica con tensas marchas de aire militar, en las que retumban golpes orquestales y las cuerdas persiguen el espíritu de Ligeti. Un paisaje que se completa con solos de violín de una tristeza inabarcable, canciones portuarias cargadas de melancolía, guiños a la música balcánica y fragmentos de pura abstracción ambiental, que arañan los conos de los bafles y resuenan en el estómago. Y, lo mejor para el final, “Monkey” ocupa el cuarto de los vinilos con dos piezas que van tomando forma a partir de tormentas lejanas y drones que parecen murmullos, pero que poco a poco van ganando en intensidad y tensión. Una tensión que en la primera cara no llega nunca a reventar, a pesar de la aparición de voces de ultratumba y de cuernos de naturaleza monstruosa en el tramo final, y que en la segunda cara se alterna con interludios orquestales, antes de desembocar en un agresivo final; una pista de EBM enloquecida y distorsionada, que cierra el disco con un inesperado espíritu ravero.

Con todo lo anterior, ya se pueden imaginar que las dimensiones de “Works for Abattoir Fermé: 2007-2011” son cualquier cosa menos contenidas o comedidas. Antes bien, se trata de una obra monumental, que se expande más allá de las tres horas y media de duración, y cuya lujosa apariencia exterior está a la altura de su inmenso contenido: una caja negra con estampados en color plata, que alberga cuatro vinilos con las bandas sonoras y un diez pulgadas de propina, con la música incidental que nuestro hombre grabó para “Monster”, una serie de televisión con temática de terror, creada también por Abattoir Fermé . Y si digo “de propina” es porque la decena de piezas breves que contiene son de algún modo una obra menor: un ejercicio de estilo, con cierta voluntad paródica, que incluye desde un remedo del vocabulario de Danny Elfman, con voces fantasmales y la orquesta lanzada a toda velocidad, a una nada sutil sinfonía de gruñidos, pasando por las inevitables piezas de jazz noir, las fanfarrias y las cuerdas temblorosas, los theremines, las cajitas de música y un instrumental de aire liviano con cánticos de hada en el plano de fondo. Una chuchería entrañable y entretenida, que demuestra hasta qué punto puede ser versátil Caudron, pero que también resta puntos al conjunto porque su nivel palidece ante los otros cuatro vinilos, que no tienen nada de livianos y sí mucho de majestuosos.

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