Won't Go Quietly Won't Go Quietly

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Example ExampleWon't Go Quietly

7 / 10

Example  Won’t Go Quietly

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De acuerdo, el polifacético Elliot Gleave (ha hecho sus pinitos hasta como monologuista en la televisión británica) no es precisamente un rapper superdotado: ya quedó claro en sus primeras grabaciones para el sello The Beats de Mike Skinner. Sus rimas, de hecho, pueden hasta producir sonrojo, pero ¿quién necesita una lírica profunda cuando el mensaje sería algo así como “quiero bailar, fumar petardos, comprarme una cazadora en Uniqlo, pillarme unas Nikes en Size ? y trincarme a la primera pájara que me guiñe el ojo en el club”? Diablos, cuando el single que da nombre al álbum es un pajote eurodance para discotecas de Lloret de Mar, está claro que el prisma con el que tienes que juzgar al tipo tiene que estar estrictamente acotado al hedonismo puro y duro. Es lógico blandir su primer disco, “What We Made”, y preguntarse qué ha sido del MC que grabó aquello hace tres años, pero si algo parece evidente en “Won’t Go Quietly” es que Example quiere ser fiel escudero de uno de sus principales valedores, Calvin Harris –en los créditos de producción, claro–, y nos lo dice en la cara; sin rubor alguno. El de Fullham consigue su objetivo apostando por un filo menos ochentero, más contemporáneo, aunque eso sí, con las mismas aspiraciones pop y el mismo pulso bailable que su padrino.

Me gusta la gente que tiene las cosas claras y desoye a los típicos tocapelotas que apelan a la integridad. Gleave quiere ser el rey de las pistas de baile, quiere ganar dinero, tiene hambre de charts y sabe muy bien lo que debe hacer para colmar sus pulsiones y no convertirse en un sell-out falto de credibilidad. En este contexto, el segundo LP de este londinense de 27 años es una colección de ritmos dance para el pueblo que, en algunos momentos, rozan una comercialidad casi paródica. “Two Lives”, por ejemplo, es tan kitsch y tan teen pop que hasta parece cachondeo. En “Hooligans (VIP mix)” hace honor al título y se saca de la manga un centrifugadora mareante de electro-eurodance-hardcore para borrachos. ¿Qué decir del momento gay ochentero con sintetizadores kitsch, base de house playero y estribillo facilón de “Last Ones Standing”? ¡Es como si Boy George, Erasure y The Streets hubieran grabado un tema juntos! La gracia de este invento es que, incluso en sus minutos más cerveceros y mainstream, el tipo consigue forjar hits convincentes; de hecho suena mil veces mejor que las incontables mariconadas que encuentras en los picos de las listas británicas. Ejemplo más ilustrativo: “Watch The Sun Come Up”, delicioso pelotazo ibicenco de electropop sensiblero con sintetizadores de pasti.

Además, el tracklist es generoso y también esconde cortes con pedigrí. La balada R&B “Millionaires” –me encanta el falsete del estribillo– es como juntar a All Saints y Outkast. “From Space” es agresiva, está envenenada por el grime, tiene pisada épica. “Sick Note” –entre Dizzee Rascal y 2 Many DJ’s– podría sonar en Fabric o en cualquier chiringuito de Mallorca sin que nadie frunciera el ceño. El disco define sus principales virtudes, sobre todo, en los pasajes pisteros menos seborreicos. Electrodance, synth-pop, french disco, neofunk; la batidora ruge con fuerza en trallazos como la afrancesada y filtradísima “Loud”, la nerviosa “Dirty Face” –podría ser el reverso hooligan de Mr. Oizo– o la exhilarante “Kickstarts”, con unos pianos al estilo MGMT que te ponen tontito. Efectivamente: “Won’t Go Quietly” es despreocupadamente hortera, tiene un diseño POPulista deliciosamente cheesy, huele al after sun barato que nos ponemos cuando vamos a las playas de Ibiza, entra como la sangría a las cinco de la tarde y es como la marcha atrás: sabes que has hecho mal, pero el polvo con la alemana tetuda en la playa no te lo quita nadie.

Óscar Broc

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