Wonderland Wonderland

Álbumes

Steve Aoki Steve AokiWonderland

6.6 / 10

DIM MAK RECORDS / ULTRA

Quiero ser Aoki. Steve Aoki. Quiero despertarme con los pies de una modelo de 22 años en la cara y una botella de Crystal en la mano. Quiero tener ese pelo negro y largo, una melena azabache enjuagada en la mejor espuma tonificante del mercado –placenta de beluga, me dicen–. Quiero tener la misma barbita, los mismos ojos de almendra. Quiero coger un avión privado a Ibiza cada vez que me apetece poner unos discos. Quiero el reservado de Privilege a mi disposición 24/7. Quiero cobrar el presupuesto anual bruto de Moldavia por sesión. Creo que he visto la cara de Dios y, joder, Dios tiene los ojos achinados.

Nada que descubrir del estadounidense. Remixer de pedigrí refinado, DJ convertido en estrella del rock, cachés millonarios, amo y señor del mainstream electrónico (con permiso de Skrillex, Afrojack y Deadmau5), respeto y bling bling a partes iguales, fundador del prolífico sello Dim Mak, futuro alcalde de Ibiza si le dejan presentarse a las elecciones: el tipo está en lo más alto y ha sabido colmar las expectativas de los que esperaban de él la mejor mierda comercial del momento en compañía de peces gordísimos del hit parade –ojo, Kid Cudi y Lil’ Jon entre los invitados a la fiesta–. En este sentido, “Wonderland” es una papela de mainstream sin cortar espolvoreada en la misma cara de los puristas. El tiempo de Steve Aoki es oro y no está el horno como para ir perdiéndolo en otra cosa que no sea la manufactura en cadena de hitazos.

Se agradece, pues, la caradura y falta de prejuicios con la que este ídolo de masas afronta la composición del tracklist. Sólo trallazos. Sólo himnos para la pista. Sólo Los Ángeles. Sin perder ni un segundo de vista el camino más rápido hacia la gallina de los huevos de oro, pero con un acabado en el estudio sólo al alcance de pocos orfebres de la electrónica para estadios de fútbol. Por eso, aquí hay dos interpretaciones posibles: electro, boogie, trance y house “synthético” en los momentos más pastilleros; dance-pop negro en todas sus acepciones y R&B pistero de nuevo cuño para los momentos de frotaciones y perreos guarros.

Steve Aoki tiene la capacidad de despertar en tus adentros un curioso sentimiento de culpa. Por mucho que odies el circuito musical que frecuenta, no puedes resistirte a sus pepinos más trabajados. Es muy fácil rajar de la bisutería electro-funk y el estribillo pop de “Earthquakey People”, pero diablos, te la ponen en una noche de fiesta y acabas bailando como un imbécil. Lo mismo puede decirse de la fusión de sonido Ed Banger y ripios autotuneados de ese rodillo llamado “Dangerous”. O del puñetazo festivalero de “Livin’ My Love”, con eurobeat y hip hop en la barbacoa, y LMFAO echando una mano. En este lado del reservado VIP poco importan las disquisiciones musicales que no vayan más allá de la fiesta, el champán, el buen MDMA y la caza mayor. De acuerdo, puede ponerse extremadamente hortera cuando recurre al trance emotivo con sintetizadores mareantes – “Heartbreaker”–, pero se le perdona, sobre todo cuando es capaz de facturar assbangers para negras culonas del gueto como esa pequeña maravilla llena de taladros, funk histérico, crunk rabioso y jarabe de palo que es “Ohh”, con el freakazo de Rob Roy. Confirmado, el mainstream ha sentido un temblor comparable a una mascletá en los morros de la escala de Richter: de Aoki a la eternidad.

Óscar Broc

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