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Álbumes

Rhye RhyeWoman

8.4 / 10

Su decisión de ocultar nombres y rostros para que la música hablase por sí misma hizo saltar un cúmulo de especulaciones. Fue aflorar los primeros temas de los noveles Rhye en Internet y llover las preguntas sobre su identidad e intenciones. ¿Qué escondía el grupo? ¿Se trataba en realidad de nombres ya conocidos? Y, lo más intrigante, ¿de quién era esa majestuosa voz de contralto en la que muchos veían reflejados los ahumados cantares de Sade? El enigma –que ellos desmienten como herramienta de marketing y confirman simplemente como recurso accidental– acabó deparando sorpresa extra: la voz cantante de Rhye no la llevaba una mujer sino que pertenecía en realidad al canadiense Michael Milosh, multiinstrumentista versado en el maridaje de electrónica y R&B, y autor junto al productor danés Robin Hannibal (antes en Quadron) de este magistral debut. Un primer álbum que, respaldado en lo visual por torsos y espaldas femeninas en blanco y negro, no podría haber encontrado título mejor para bautizar la languidez de sus curvas.

Enfrentarse a “Woman” es como abrazar un cuerpo de mujer. Tiene su porte y su estilo, la sensibilidad a flor de piel y la inteligencia intuitiva que las distingue. Todo el goloso encanto, en resumen, del eterno femenino. Está imbuido de una cuidada voluptuosidad que, como el mejor de los erotismos, sugiere más que enseña: se contonea lascivo aunque con un énfasis medio adormecido, y prefiere ruborizar dulcemente tus mejillas antes que erizarte las zonas erógenas. En el videoclip de “Open” ( “I’m a fool for your belly”) una pareja hace el amor en la cama. Milosh suplica que se lo hagas a él nada más empezar “The Fall” y en “Woman” son los sinuosos teclados los que te rozan como una cálida sábana. Las letras, empapadas de sexo pero también de puro amor ( “Don’t call me love unless you mean it”, cantan en “Shed Some Blood”), son arropadas por cuerdas como apuntes de delicada lujuria ( “3 Days”). Fueron escritas durante el enamoramiento de Milosh por su mujer, Alexa, con quien se casó recientemente, y se declaman con un gusto exquisito, similar al de The xx, menos hierático, y bastante alejado del de otras aberraciones basadas en el simple calco de aquellos (pienso en The Happy Mess).

Ellos mismos se encargan de recordar que hoy “el oyente se ha vuelto muy sofisticado y perspicaz” y que lo que se valora es una música “con más matices y detalles, con cierta sutileza en su interior”. La de Rhye tiene todo eso –vaya si lo tiene–, y de esa manera leen el presente musical. Muy centrados y aplicados, bajo un aura de relajación casi zen, buscando “emociones sinceras” y apuntándose a la moda de sustituir hormonas exaltadas por cobijo y secretismos, esa que tan buenos réditos ha dado a gentes como Frank Ocean o The Weeknd. También se alinean con artistas como Destroyer a la hora de dignificar el AOR de los ochenta, y reclaman que se revise a Michael McDonald, Phil Collins o Sting porque ellos también eran, a su manera claro, tan digna como cualquier otra, puro soul. Rhye se embeben de todo eso para dar con un perfumado “cocktail jazz” destinado a hacer menos incómodos los silencios en ascensores, a tomarle el relevo a “Moon Safari” en las zonas lounge y, de paso, a mejorar las bandas sonoras de un buen puñado de vidas.

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