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Álbumes

Tyler, The Creator Tyler, The CreatorWolf

7.9 / 10

En los dos años que han pasado desde la edición de “Goblin”, Tyler, The Creator se ha hecho rico, ha ganado un MTV Video Music Award, ha estrenado un programa para Adult Swim y ha visto como su “hermano mayor” Frank Ocean ganaba dos Grammy. Su lista de sueños por cumplir cada vez tiene más tachones pero, sin embargo, sigue siendo el chaval talentoso pero rarito que hace tres años sacudió los cimientos del rap al frente de la eclosión de Odd Future. Más allá de la imagen que proyecta su comportamiento alborotado y su lenguaje ofensivo, Tyler nunca ha ocultado su vulnerabilidad e inseguridades. No en vano, siempre ha utilizado sus discos a modo de diván. Si contemplásemos sus tres álbumes hasta la fecha como una trilogía de la introspección, “Bastard” sería el grito para reclamar la atención, “Goblin” la celebración de haberla recibido y “Wolf” el reflejo de lo sinsabores una vez logrado el objetivo.

Como si hubiera tomado consciencia de sus limitaciones como rapero –que las tiene–, decía Tyler en entrevistas previas a la edición del disco que en “Wolf” es mucho más importante la música que las letras. Una afirmación curiosa viniendo de alguien que se hizo célebre por sus letras corrosivas, pero lo cierto es que el resultado final le da la razón. Si en algo se palpa la evolución de Tyler como artista es en el apartado musical. Por primera vez la agresividad es la excepción, y la rabia punk que propulsaba sus primeras grabaciones cede su espacio a los pulsos contemplativos, la exuberancia melódica y la profundidad en las texturas. Incluso en los cortes que apelan a esas descargas de bilis primigenias, “Pigs”, “Domo23” o “Trashwang”, por ejemplo, los beats muestran una complejidad y un detallismo que va más mucho allá de los ritmos distorsionados y los bajos abrasivos.

El sonido global del álbum se asienta en una suerte de jazz cósmico que remite directamente a las producciones de The Neptunes de principios de los dos mil pero con el giro tenebroso que Tyler impregna en todo lo que toca. Y por aquí llegan los mayores logros del disco. Cortes como “Answer”, “48” o la conclusiva “Lone / Jornada” muestran a un productor sensible y ambicioso, que busca progresiones de acordes poco usuales y que cuida con esmero el barniz melódico ya sea a través de livianos arpegios de guitarra, órganos sollozantes o cuerdas melancólicas. La culminación de esta sucesión de momentos inspirados llega con “ PartyIsntOver / Campfire / Bimmer”, un combo de tres canciones en una en la que logra sublimar el equilibro entre hip hop crepuscular, cierta dosis de experimentación galáctica y gancho pop. Puede resultar extraño que tres de las mejores canciones ocupen una misma pista, pero esta contradicción permanente es, en sí misma, uno de los mayores signos de identidad de Tyler. Esta condición paradójica se manifiesta también en “IFHY”. En ella el homenaje a The Neptunes llega al paroxismo con la incorporación del falsetto de Pharrel Williams pero, a su vez, acaba revelándose como nuevo epítome de la bipolaridad que guía sus impulsos, tanto por una melodía que bascula entre lo juguetón y lo macabro, como por una letra en la que una declaración de amor se torna en amenaza de violencia.

El hecho de responder únicamente ante ellos mismos ha sido una de las grandes claves del éxito de Odd Future, pero también tiene contrapuntos negativos. Tras escuchar el disco de cabo a rabo (tarea un tanto extenuante, por cierto) uno se queda con la sensación de que Tyler sería el primer beneficiado si alguien cuestionara algunas de sus decisiones. Y es que, a pesar de resultar más accesible que “Goblin”, en muchos momentos el álbum se pierde en su densidad. El tramo que va de “Answer” a “IFHY”, por ejemplo, contiene muchas de las mejores canciones que ha compuesto Tyler hasta la fecha, pero probablemente habrían brillado más con otra secuenciación. De la misma manera, tres de los cortes que menos encajan en el conjunto (el amago trap de “Trashwang”, la rendición a Erykah Badu en “ Treehome95” y la excursión étnica de “Tamale”) llegan sucesivamente, potenciando su incongruencia. Estas imperfecciones y desequilibrios, sin embargo, son excusables si tenemos en cuenta que estamos hablando de un disco enteramente concebido, escrito, producido por un chaval de 22 años. De hecho sería sospechoso que no las tuviera. Y sin esta autosuficiencia hubiera sido imposible que hubiese conseguido escalar tan alto sin dejar de situarse en los márgenes. Tyler siempre ha sido un chico raro y, paso a paso, cada vez está más cerca del lugar que le pertenece; el de ser una absoluta rareza del panorama rap actual.

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