Wit’s End Wit’s End

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Cass McCombs Cass McCombsWit’s End

7.3 / 10

Cass McCombs  Wit’s End DOMINO

Cass McCombs sabe lo que es tocar fondo. Su andadura personal ha discurrido arrastrada por las cunetas de la vida y, quizá por eso, prefiere mantenerse lo más al margen posible de la industria musical. Es difícil hablar con él de sesiones de fotos y sólo responde a entrevistas de medios si éstas le llegan enviadas por correo postal. La gente de Stereogum le mandó una a su buzón para arrancarle algunas palabras acerca de su quinto disco y así fue como consiguieron unas exclusivas declaraciones en las que, además de apuntar cosas poco sorprendentes como que lee incansablemente la Biblia y los libros de Poe, Cass explica que “Wit’s End” es un disco destinado a ser entendido sólo por la gente que conoce sus otros discos. ¿Qué se deduce de eso? Pues que sus más entendidos admiradores son susceptibles de derretirse con cada uno de los minutos de estas ocho largas canciones, y de poder jugar a intercalar viñetas de este álbum con las de otros anteriores. Sin embargo, los oyentes accidentales del californiano corren el riesgo de quedarse exhaustos ante el desafío que supone este trabajo moribundo.

Si “Catacombs” fue un disco del que costaba separarse, un trabajo donde los tallos de su songwriting reverdecían, éste vendría a ser su negativo: un yermo paisaje salpicado de troncos secos y raíces chamuscadas, un disco-depresión al que uno se lo piensa dos veces antes de acercarse. Por momentos recuerda a Epic Soundtracks, ya que, como los discos de aquel artista abollado, parece hundirse sin remedio. Lo peor es que cuesta lo suyo echarle una mano para salvarle del descenso. En “Wit’s End” reina la monotonía. Los registros parecen haberse estancado y las estructuras se repiten obstinadas mientras un manto de serena melancolía se queda flotando en el ambiente, imposible de mudar. La seca instrumentación de “Hermit’s Cave”, la muy Tom Waits “A Knock Upon The Door” o esa “The Lonely Doll” escondida tras la sombra de Leonard Cohen, son bombas para los frágiles de corazón; por no hablar de “Pleasant Shadow Song”, las castañuelas asesinas de “Memory’s Stain” o la remotamente medieval “Buried Alive”, canciones que parecen avisar de sus enfermedades incluso desde sus títulos.

Por todo eso, se impone aprovechar el tono de la inicial “County Line”, lo más luminoso de un álbum encarcelado entre sus propios barrotes. Un álbum que, sabiendo que McCombs no concibe los discos de antemano sino que simplemente va editando lo último que tiene grabado, podríamos interpretar como la respuesta defensiva al amigable “éxito” que le brindó “Catacombs”. Como si con él hubiera querido dar la espalda a la luz que empezaba a entrar por la ventana, como si hubiese preferido volver a encerrarse en el cascarón del que, parecía, empezaba a salir. Suena a epitafio, a álbum menos devastador que devastado, a autocondena de un hombre solo que prefiere seguir estándolo.

Cristian Rodríguez

Cass McCombs - Saturday Song

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