Without Sinking Without Sinking

Álbumes

Hildur Gudnadóttir Hildur GudnadóttirWithout Sinking

9 / 10

Hildur Gudnadóttir Without Sinking TOUCH

De todos los instrumentos, es el violonchelo, muy posiblemente, el que mejor recoje la idea del abismo como lugar no precisamente agradable: la gravedad de su timbre, ese zumbido ominoso que surge cuando el arco se pasea de puntillas sobre unas cuerdas del grosor de un nervio ciático, es idónea para reflejar un estado de abatimiento espantoso, esa flaccidez del músculo y esa desgana que van unidas a la sensación de depresión, o más concretamente, al intento de rescatar la recortada de dos cañones de la despensa, apretarla contra el paladar sintiendo el frío del acero encima de la lengua y entonces, con mucha calma y pulso firme, pulsar el gatillo y decir adiós a este valle de lágrimas mientras un amasijo de sesos decoran el embaldosado como un cuadro de Kandinski. Por eso, a excepción de la marcha fúnebre de Chopin, que se toca al piano –eso sí, siempre con las teclas de la mano izquierda–, cuando uno quiere describir con sonidos el vacío, el hastío y el abandono de cualquier alegría, se rodea de oboes, pero sobre todo de cellos. El cello es, volviendo al comienzo del párrafo, el reflejo negro y deprimente del abismo de Nietzsche, que cuando lo miras –temerarios los hay– te devuelve la mirada con un recadito: ‘ahora eres desgraciado, te jodes’. Y, sin embargo, los cellos, aunque igualmente destructores, carcomen menos que los celos: con ellos, aunque sea hundido en la miseria, se puede vivir sin menoscabo de la ración de pasiones estéticas que nos merecemos incluso encharcados en nuestra propia mierda como un gorrino en un pesebre.

Los cellos, decíamos. Hildur Gudnadóttir toca el violonchelo, y cuando se desperdigan sus notas es como si el manto de duelo de la noche se extendiera por la habitación. Hay veces en que sus interpretaciones le han salido primaverales –por ejemplo, ella aportó las frases correspondientes a su instrumento en el melancólico “Yesterday Was Dramatic, Today Is Ok” de múm–, pero en los últimos tiempos, siempre que la islandesa se ponía al servicio de cualquier artista experimental de los fríos polos, las notas que entregaba parecían notas de suicidio, escritas en tinta negra o vibrantes como una vena carótida a punto de ser seccionada por un bisturí de hoja quince. Se le ha oído recientemente en discos de BJ Nilsen ( “The Short Night”), de Pan Sonic ( “Katodivaihe”), de Valgeir Sigurdsson ( “Ekvílíbrium”) y en todo el catálogo del sello Bedroom Community, incluso ha firmado un absorvente disco de trío con BJ Nilsen y Stilluppsteypa ( “Second Childhood”, 2007) que, si el cura lo permite, igual suene en mi funeral un día de estos. Gudnadóttir pudo elegir entre tocar las suites de Bach, que es lo que toda cellista más o menos hace en sus ratos libre, o abonarse al mal rollo. Por alguna razón, el mal rollo pudo más que el dios del barroco.

Y, por eso, un disco como “Without Sinking” se ha materializado ante nuestros ojos en su grisáceo esplendor. Viva el mal rollo, aunque sea a costa de la integridad de la piel de nuestras muñecas y las venas que hay debajo. En su primer disco en solitario, esta dama del frío se aferra al mástil de su cello y bate las cuerdas con la furia lenta de un galeote condenado a muerte en la galera: todo el álbum es un vaivén de notas graves, sin eco, punzantes como un tenedor. De todos modos, el título esconde la clave de por qué uno, tras acabarse el disco, decide seguir con vida y no lanzarse desde la azotea para besar el asfalto en caída libre: aunque el hundimiento –marino, claro es, de ahí esa portada que sugiere una construcción en marcha a orillas de una playa cenicienta y quizá polar– esté presente en todos sus minutos, es un hundimiento figurado y no consumado: hay cierta esperanza de vivir, de salir a la superfície cuando está a punto de consumirse toda la reserva de oxígeno en los pulmones. Como en el pasaje más espectacularmente plástico y bello de la asombrosa película “Déjame entrar”, algo acude en nuestro rescate cuando todo parece perdido, y esos agarraderos son los clarinetes de Gduni Franzson, el órgano tecleado por Jóhann Jóhannsson, y sobre todo el etéreo resplandor ambiental –procesos electrónicos sin misterio pero con belleza, trazados por la propia Gudnadóttir– que apuntilla el disco a lo largo de sus diez temas. Le ocurre a “Without Sinking” lo que a la Tercera Sinfonía de Henryk Gorécki: es máximo dolor de alma, pero a la vez con esa beatífica sensación de esperanza, de paz, de calor humano que siempre surge cuando se producen las mayores catástrofes. Este es un hundimiento colosal, como el del Titanic o el de las caravelas españolas que hacían la travesía de Indias cargadas de oro y acababan devoradas por Neptuno, pero no es un hundimiento masoquista: Hildur quiere que, al final, quede un último aliento para sobrevivir. Lo que no deja de ser una dulce tortura: ese ese aliento de reserva para, como un masoquista, volver a darle al botón del play. Droga durísima.

Javier Blánquez

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