When We Were Eating Unripe Pears When We Were Eating Unripe Pears

Álbumes

Bee Mask Bee MaskWhen We Were Eating Unripe Pears

8 / 10

Hasta donde yo recuerdo, no hay discos electrónicos antiguos que tengan como eje argumental la comida. He escuchado decenas de álbumes de sintetizador que juegan con las ideas de la robótica, el viaje en el tiempo o la exploración del espacio, e incluso hay casos que tienen que ver con la microscopía y los ciclos de la naturaleza, pero ninguno sobre la alimentación. Resulta que “When We Were Eating Unripe Pears” sí lo es, tal como el título viene a indicar con su referencia a devorar peras sin pelar, tomadas del árbol directamente, en un ademán que hace pensar en una sociedad cazadora-recolectora primitiva o en un arcadia feliz en la que los ríos manan miel y todo es verde, fresco y la primavera es eterna. Pero tal como suena, se puede comprender la temática de Bee Mask porque el disco suena a eso, a frescura y primavera, aunque con unas texturas altamente artificiales –como si describieran el amanecer de una nueva civilización en otro planeta; tiene esa cualidad cinematográfica, documental, muy descriptiva–. Tal como explica el autor, el americano Chris Madak, la estética de su nuevo trabajo bajo el nombre de Bee Mask integra sus preocupaciones por el cine de Fellini –donde se come mucho y se vive al aire libre– y los aspectos más atractivos y abyectos de la gastronomía avantgarde. Lo que viene a decir que quiere ser el equivalente electrónico a la cocina de Ferran Adrià.

La clave, cómo no, es el concepto “síntesis” –síntesis química y orgánica en la cocina de ElBulli, síntesis analógica en los aparatos que utiliza Bee Mask, curiosamente en versión sampleada y procesada más tarde con software, en un rizar el rizo bastante complejo–, y esa mezcla de sabores, texturas, temperaturas, colores y todo tipo de impresiones sensoriales. Si lo que quería era construir música para “sentir” y degustar, la verdad es que todo el recorrido de “When We Were Eating Unripe Pears” hace muy bien este trabajo: la música tiene un grano marcado, una palpitación fuerte, y te rodea de manera que primero lo sientes a través de la piel, entrando en el cuerpo, notando la vibración y la fusión molecular entre tu materia y su sonido, y finalmente es cuando se percibe una segunda parte a través del oído, una parte significativa y a la vez absoluta. ¿Esto cómo se traduce? Se traduce en un tejido largo, denso y tupido de ráfagas ambientales que forman una larga pieza tan fina y extensa como la vastedad del espacio. En su estética propia de la computer music / synth music primitiva –con un poco de Morton Subotnik, otro poco de Laurie Spiegel y mucho de Klaus Schulze–, Bee Mask siempre ha elegido la manera más dura y árida de extender sus alfombrados cósmicos: generalmente desprecia el beat –hay un crescendo en “Pink Drinq”, pero es básicamente ruidoso, una manera enérgica y elegante de comenzar la cara B del vinilo–, dosifica mucho la secuenciación y los arpegios, a diferencia de lo que sucedía en su mini-LP anterior, “Vaporwaves / Scanops” (Room40), que era un festival de secuenciadores pulsantes, y deja que la música fluya libre y sin ataduras, ingrávida. De este modo, hay diversas fases cambiantes (como en la expansión de una galaxia) en las que se van alternando y superponiendo sonidos de computadora, lluvia sintética, largas notas como de órgano –a veces con intención dramática, como en “Unripe Pears”, otras veces imitando las fases más serenas de los viejos discos de The Orb como en “Moon Shadow Move”– y hasta un final que parece shoegaze, con esas virutas de guitarra atmosférica que parecen colarse entre unas notas celestiales y mansas en “Rain In Coffee”, tan identificable con Slowdive con una pastilla para dormir como con Vangelis en terreno neo-cósmico.

Bee Mask es un compositor muy serio. Sabe el terreno en el que se mueve y tiene una amplia cultura; en su música, y en este álbum en particular, se nota que está citando, referenciando y respetando una tradición (su tradición) a cada minuto, y sin que su trabajo se pueda señalar como un pastiche. Es también un bicho raro en el revival krautrock y planeador, porque sus referentes siempre están en un terreno intermedio entre lo muy obvio y lo muy oscuro –se puede poner en plan Härmonia, pero también te puede sugerir a Tangerine Dream durante unos segundos para ya no volver a mencionarlos más–, y así su música acaba siendo más líquida e inasible que la de Emeralds, básicamente sus más directos competidores –o aliados, ateniéndonos a que John Elliott es el dueño de Spectrum Spools y el hombre que desde hace dos años viene editándole su mejor material–. En resumen: para astronautas de dormitorio, Bee Mask debe ser considerado urgentemente como un referente básico.

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