What We Saw From The Cheap Seats What We Saw From The Cheap Seats

Álbumes

Regina Spektor Regina SpektorWhat We Saw From The Cheap Seats

7.2 / 10

Regina Spektor puede permitirse el lujo de presumir de voz. Las suyas son unas de esas cuerdas vocales que nunca causan indiferencia, o las amas o, por el contrario, deseas que los nódulos le hagan pasar algún día un mal raro. Ella siempre ha sido, a su manera, una mujer de creatividad incontrolable. Antes de que Joanna Newsom nos explicara sus cuentos de hadas con arpa y voz infantiloide de registro esquizofrénico, ya estaba ella para dar sentido a la escena anti-folk neoyorquina y extirparle su odiosa aura intelectual. Acompañada de su piano ha tocado todos los palos habidos y por haber y, lo que es más importante, ha impregnado con su particular sentido del humor unas letras que muchas veces nos han jugado malas pasadas en el siempre litúrgico proceso de análisis. “What We Saw From The Cheap Seats” no es ni mucho menos una excepción, como pueden imaginar.

Recurriendo a la ayuda de Mike Elizando en las labores de producción, que repite tras el, a ratos, sesudo “Far” (Sire, 2009), Regina vuelve a ir por libre y es capaz tanto de recurrir al deje italiano en “Oh Marcello” (estas gracietas son las que siempre le han dado un valor añadido) como de firmar el típico tema de piano marca de la casa que invita a alzar el brazo y quemar la piedra del mechero. Esto es lo que ocurre en la tópica historia de amores no correspondidos que entona en “How”, favorita para los más sensibleros o los fans de Tori Amos, o ese “Firewood” que para un servidor se come con guarnición incluida, y sin necesidad de gorgoritos, las ‘torch songs’ que a lo largo del disco se suceden.

“All The Rowboats”, el primer tema que conocimos del disco (no está de más recuperar su reciente actuación en el programa de David Letterman, en la que acaba robándose las partes de batería usando su propia voz), puede llevar a falsas impresiones, ya que para nada resulta representativa. Esta moscovita trasplantada en Nueva York –así lo atestigua su partida de nacimiento– resulta mucho más risueña (“ Don’t Leave Me [Ne Me Quitte Pas]”, donde se apropia con una naturalidad pasmosa de la icónica pieza de Jacques Brel que incluyó en 2002 en el álbum “Songs”) y luminosa ( “The Party”) de lo que ese adelanto nos dejó entrever. No obstante, pese a lo disfrutable que son estas nuevas piezas, el listón lo dejó tan y tan alto en el pluscuamperfecto “Begin To Hope” (Sire, 2006) que todo lo que ha hecho desde entonces sabe a poco.

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