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Dave Monolith Dave MonolithWelcome

7 / 10

REPHLEX

Cada vez que aparece un nuevo artista en Rephlex, por cosa del desconocimiento y de las teorías de la conspiración –que nos molan– siempre hay quien apunta que podría ser un alias de Aphex Twin, al que se le presupone, por hobby, escondido bajo una incalculable masa de heterónimos con los que ir editando lo que le sobra sin tener que llamar mucho la atención. Con los años se ha sospechado de The Tuss, Bodestandig 2000, P.P. Roy, JP Buckle y The Railway Raver, pero la única vez que se ha dado en el clavo ha sido con la serie “Analord”, algo tampoco demasiado difícil porque llevaba la firma AFX y eso eliminaba cualquier especulación o sorpresa. Así pues, todos esos otros sosias de Richard D. James han sido apócrifos, como los justicieros enmascarados que se disfrazan de Batman pero no son el verdadero Batman: comparten rasgos e intenciones, pero no la verdadera esencia. Con Dave Monolith pasa igual: publicó un maxi en 2009, “Volume 1”, sin el Dave todavía en el nombre artístico, y gracias a títulos como “Vigton 3 Stun” y un virtuoso dominio de las cajas de ritmo y las basslines –puro Braindance marca de la casa–, se empezó a sospechar si era, acaso, otra broma. Siempre pasa en Rephlex, donde a sus artistas se les presupone la travesura –porque si no es Aphex, entonces se sospecha de Cylob o de Ed DMX o Luke Vibert–, pero, una vez más, no estábamos ante un plan oculto, sino ante un nuevo gato que llevaba años inyectándose IDM en vena.

David Barnard es el sujeto detrás de Monolith y, por tanto, detrás de “Welcome”, y el viejo D. James se ha limitado a aprobar su fichaje porque habría sido una estupidez no hacerlo: este álbum suena como el hijo bastardo de mil padres en el que se mezclan los genes del electro de roca marina propio de Drexciya, las líneas melódicas elásticas de Wagon Christ y los arañazos ácidos de AFX, todo ello regado con un punto de sentido del humor y mecanismos de la vieja escuela. “Welcome” era un hijo largamente esperado por la comunidad IDM que participa en foros y vive la letra pequeña de la electrónica de dormitorio como una obsesión –a raíz de ese primer 12”, claro está–, pero también porque el criterio de selección de Rephlex en todos estos años siempre ha sido preciso y ajustado al gusto de una comunidad que, alejada de las modas, quiere su electrónica cerebral diseñada a partir de pautas muy concretas: melodías barrocas que se enroscan entre construcciones rítmicas con equipo analógico, algo de gamberrismo y mucho poso clásico. Dave Monolith responde a la perfección a ese patrón de freak encerrado en su leonera con mucho equipo Roland a su alrededor, y las piezas de su álbum de debut, sobre todo, tranquilizan: sabe cómo manejarlas y sacarles lo que justamente se espera de ellas. Todo el disco está envuelto de dos aromas muy precisos y conocidos: el de la conexión entre la 808 y la 909 – “Farewell Frenchman” es ese electro revoltoso y vintage, entre la humorada y la jam virtuosa, que le hemos escuchado mil veces a Ovuca, otro de sus parientes próximos en el clan Rephlex–, y el del adorno de 303: hay eyaculaciones ácidas por todas partes, en “Airbrite” –puro “Analord”–, en “Zunker”, en los resquicios de “Windrush”, que a la vez está muy cerca de la rama robótica de Detroit.

“Welcome” es un álbum sin mayor historia: Dave Monolith tiene un doctorado en engalanar con gotitas ácidas los desarrollos rítmicos electrosos más rocambolescos y sabe hacer con todo ello esa IDM tan inglesa –se dice del muchacho que reside en la campiña, en Wiltshire, sumándose así a la inagotable cantera de geeks rurales que han sido alguien en la electrónica de dormitorio de la zona–, hasta el punto de depurarla hasta la casi perfección. Le falta, quizá, un registro más amplio –Dave Monolith parece saber hacer bien sólo una cosa, mientras que DMX Krew y Luke Vibert, ya sea por veteranía o por talento natural, saben hacerlo todo, incluidos el pop y el jungle–, pero por ahora, su apuesta particular, que viene a ser una mezcla entre Döpplereffekt y el humor de Monthy Python con algunos esputos sulfúricos de Mike Dred, la borda y la niquela. Si es el futuro del braindance, dependerá de su ambición e inteligencia. Lo que no se puede discutir es que, actualmente, sea su presente más rutilante.

Javier Blánquez

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