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The Stranger The StrangerWatching Dead Empires in Decay

8.1 / 10

Uno de los temas principales de la música de James Kirby, si no el único, es el del paso del tiempo y la erosión –no sólo física, sino también emocional– que ello conlleva: sus sonidos son una especie de crónica de la decadencia, de la desesperación y el hastío. Menos cuando le da por hacer bromas, que ya son pocas (quedaron todas atrás en la época V/Vm, resucitada por una noche el año pasado en el festival Unsound y vuelva a enterrar para siempre), o cuando decide emborracharse hasta perder el conocimiento, que es cada fin de semana, el trabajo de Kirby pasa por completar música que deja una intensa sensación de vacío y depresión. La suya es la estética del derrumbe, de la resignación, de la derrota, a veces con un velo poético que lo envuelve todo –el material firmado como The Caretaker–, o con un falso aliento épico, como cuando entrega sus discos como Leyland Kirby. Pero luego está The Stranger, su otro alias vigente, y aquí cede cualquier resistencia: esta es la parte de su música en la que todo se desmorona en una hermosa imagen de rendición. Es un disco cansado.

El título de este nuevo esfuerzo de Kirby como The Stranger –el anterior, “Bleaklow”, se remonta a 2008 y lo describió como “un viaje a través de los páramos del norte de Inglaterra”– parece incluir todas las pistas: “una mirada a la decadencia de los imperios muertos” es una frase lo suficientemente gráfica como para imaginarse una amplia extensión de ruinas, o de ciudades antaño vibrantes y ricas ahora convertidas en un lugar fantasma. La estética es completamente Kirby: el de Manchester siempre viaja al pasado para traer de vuelta una sombra pálida que nos explica, no cómo se marchitaron viejas épocas de esplendor, sino cómo acabaremos nosotros, también agotados, extinguidos y a oscuras. La civilización actual, todavía orgullosa, algún día será una colección de piedras amontonadas cubiertas de hiedra. El imperio en decadencia es, evidentemente, nuestro mundo a punto de resquebrajarse; este disco es, por tanto, una impresión sonora de la primera sacudida y una especulación (a la manera de la ciencia-ficción) sobre el final de los tiempos; la textura es claramente cinematográfica y se ajustaría al género distópico, a películas como “Hijos de los Hombres” o cualquier alucinación de Lynch –reconocido por el propio Kirby como influencia de este disco–.

Si bien el tema no ha variado, lo que sí es nuevo en “Watching Dead Empires in Decay” es el método. El material como The Caretaker consistía en la traslación de viejas grabaciones en piedra de los años 20 a un contexto ambiental borroso y desolado; la singularidad estaba en superponer canciones de cabaret en un fondo de texturas turbias que uno no podía distinguir si pertenecían a un futuro posible o a un pasado paralelo. Los discos como Leyland Kirby –especialmente “Sadly, The Future is no Longer What it Was” (2009) y los EPs de la serie “Intrigue & Stuff”– añadían un punto de ambición técnica: un entrelazado de electrónica sonámbula con influencias de la música clásica en la tradición del mejor Brian Eno. En cambio, The Stranger plantea un reto estético más oscuro, situando a Kirby al mismo nivel que otros autores contemporáneos que han explorado de manera valiente los espacios más profundos y peligrosos de la expresión electrónica. Hay en “Watching Dead Empires in Decay” algo que recuerda a bandas como Raime: aparecen beats aquí y allá, pero son ritmos de una languidez desesperante ( “Where Are Our Monsters Now, Where Are Our Friends?”), que pudiendo sostener la estructura con un contrapeso enérgico, lo que hacen es corroer aún más los cimientos. Son ritmos que portan amenaza, que ayudan a que las capas ambientales que hay por debajo se extiendan hacia ti como las garras de un monstruo bajo la cama, como un caos reptante lovecraftiano: ni siquiera en “Grey Day Drift”, donde se percibe una clara influencia de la melancolía propia de Boards of Canada, The Stranger consigue transmitir empatía: aquí no hay ni un segundo de compasión, es una imagen del apocalipsis tras otra, estética corroborada por el burbujeo de ruidos de “Ill Fares The Land” y el cierre con drone melodramático de “About To Enter A Strange New Period”, que no deja claro si tras el ocaso de la civilización que hemos visto desaparecer se abrirá un nuevo periodo de luz o, por el contrario, la oscuridad reinará durante eones.

En discos anteriores, existía una referencia al pasado y una traducción al presente, y Kirby daba una cierta sensación de seguridad, incluso de futuro. No aquí. En su primer álbum para Modern Love sólo sugiere antiguos esplendores, deja caer que no hay esperanza y todo el minutaje consiste en una acumulación de estados de ánimos a cada cual más negativo. “So Pale It Shone In The Night” serviría como acompañamiento en la lectura de novelas como “La Carretera”, de Cormack McCarthy: un loop de vacío, sonido con una enfermedad en su interior que nunca va a curarse ( “Spiral In Decline”), de una oscuridad tupida y persistente ( “We Scarcely See Sunlight”). Había antes en James Kirby un espacio para la belleza: tanto en “An Empty Bliss Beyond This World” (2011) como “Eager To Tear Apart The Stars” (2011), por citar dos títulos recientes, existía un pálido brillo de esperanza. Aquí, salvo momentos que en realidad son espejismos ( “Providence or Fate”), no hay nada de eso: la reactivación de The Stranger es, por tanto, el as que se ha sacado James Kirby de la manga para sumarse a la santa trinidad oscura que forman, desde sus posiciones privilegiadas en Blackest Ever Black y Modern Love, los reyes actuales de lo oscuro, Raime y Demdike Stare. Algún día volverá a ver la luz, pero de mientras nos deja un ejercicio memorable de simpatía por el mal rollo.

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