Wander Wander

Álbumes

DeWalta DeWaltaWander

7.2 / 10

En España hay una cosa que se llama buen rollito. El buen rollito es el gustirrinín, el verano de pastillamen suave, las discotecas con chicas guapas y chavales tonificados, el house julandrón, las sonrisas de macramé, ese porrito que rula por toda la pista sin que nadie reclame lo que es suyo. Pero para que el buen rollito haga acto de presencia no basta con invocar a Baco danzando bajo la lluvia en pelotas, es preciso acompañar el trance con una música que se ajuste a dichos parámetros. El buen rollito no es Skrillex. El buen rollito no es Deamau5. El buen rollito no es Joey Beltram. ¡Bingo! El buen rollito es DeWalta.

David Koch no está para el apocalipsis, el tío quiere disfrutar de la puta vida, por eso prefiere ver el acabose desde una cala ibicenca, Coronita en mano y modelo rusa arrodillada. De ahí que el espíritu de su álbum debut sea conciliador, positivo. De ahí que su fórmula sólo acepte inputs procedentes de sonidos hedonistas. El house para follar, el jazz electrónico, el electrofunk balear y los graves con pezoncitos son lo suyo, y le gusta regodearse en una frecuencia de onda sin altisonancias o salidas de tono. El de Berlín, cuyo camino hasta este LP serpentea en sellos como Vakant, Meadner –su propio label– o Cynosure en formatos menores, consigue forjar un sonido falto de pretensiones en el que la música negra más cool flota en el ambiente como humo de marihuana. Ahora, llega el momento de la verdad y Koch ha optado por dar el salto al sello alemán Haunt para regalarle la mejor referencia de su catálogo de largo.

“Wander” es un álbum de música de baile para maduritos, sin duda, pero lo bueno es que cuando se sale de los esquemas más pisteros también tiene su gracia. Ahí están los minutos de hip hop estilo Native Tongues – “Barksdale (Movin On)” es Jungle Brothers mezclado con Canmp Lo– o los grooves cósmicos en forma de funk psicodélico californiano de “Pace”. De todos modos, la maestría del berlinés se puede mascar en los cortes diseñados para el contoneo perruno entre cuerpos sudorosos. El jazz house elegantísimo de “Machine Soul”, con una línea de bajo calentísima, pone el pelamen de la nuca en solfa; el chorro de optimismo psicodélico de “Eagle” merecería sonar en el aeropuerto de Ibiza cada vez que aterriza un avión de ingleses gamba; “Waltfunk” atesora la mejor línea de bajo de todo el álbum: una vibración que va directa al clítoris y se acompaña de efectos made by Jake Slazenger; “Hawk” es como juntar a Flying Lotus y Curtis Mayfield, y ponerles dos gotas de ácido en el Bloody Mary. Hay calor jazzístico, hay groove, hay desparrame negroide, pero con suma contención y delicadeza, sin nada más de lo necesario para epatar. Uno de esos discos que no parecen existir, pero te salvan incontables polvos, fiestas, cenitas y otras vicisitudes del verano.

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