WANANANAI WANANANAI

Álbumes

Za! Za!WANANANAI

7.9 / 10

A su manera Za! ejemplifican los problemas del dualismo cartesiano, la complicada interacción entre res cogitans y res extensa, la dificultad de esclarecer el modo en que se relacionan ambas substancias, suponiendo que existan como tales. En su forma de organizar la música hay, está claro, toneladas de intención, hay pensamiento y “ser consciente”, pero la “res extensa”, la fuerza irracional de los cuerpos, con sus atributos de extensión y movimiento, juega a menudo un papel fundamental en la articulación de su visión musical. Ese impulso del cuerpo se manifiesta sobre todo en sus fogosos y a veces caóticos conciertos, pero también se deja sentir, aunque de forma más matizada, en discos como el que nos ocupa.

En el mundo de Spazzfrica Ehd y Papa duPau parece pesar casi más el instinto que el análisis. Una vez delimitada una idea, parece que lo importante para su desarrollo fuera la acción intuitiva, entregarse sin demasiada premeditación bien a algún tipo de trance, bien a un tira-y-afloja que se diría más fruto de los impulsos provocados por las pasiones en el cuerpo que de la seria reflexión. Es como si su dinámica interna les impidiera limitarse tanto al puro reposo (según el pensamiento de Spinoza, sólo al alcance de Dios) como al movimiento inercial lineal e indiferente. Pero a la vez se evita el sobresalto como rutina. Za! son inquietos e impulsivos por naturaleza, es gente empeñada en que la moneda caiga siempre de canto, y eso, ya lo sabemos, puede jugar en contra de la experiencia moderada y fácilmente asimilable que busca el oyente asustadizo y vago.

Lo cierto es que sigue habiendo algo contagiosamente primario en la música de Za! Ecos de una pulsión primitiva, de una vehemencia insensata –para bien–, que se deja sentir entre los pliegues de unas canciones que cada vez se muestran más refinadas y complejas –apostando siempre por lo que podríamos llamar, forzando el oxímoron, una complejidad sencilla, autolimitativa– a nivel de timbres, tempos y métricas, como si hubieran sido delineadas con una mayor conciencia de dirección y propósito.

“Torrefacto Wagneriano” y “Gacela Verde” son un buen ejemplo de esa doble condición. La primera se acerca al legado de la escuela repetitiva americana desde un prisma electrónico de estética analógica. Es algo así como juntar a Philip Glass y Atom TM a recrear la “grandiosidad” wagneriana en forma de miniatura sonora experimental. La idea tiene potencial, pero el número se acaba de forma abrupta después de sólo un minuto. “Gacela Verde” nace apoyada en baterías aparentemente arrítmicas, trompicadas, de timbre pesado. Sobre esos ritmos con cojera descansan unos pulsos sintéticos irregulares que hacen pensar en un sinte analógico parcheado, balbuceando de acuerdo al dictado de un secuenciador tartamudo o un reloj MIDI ligeramente averiado. El conjunto comienza sonando instintivo, por momentos casi improvisado, pero a medida que la canción avanza va revelando una nueva complejidad. Ahí se cuelan baterías cada vez más ágiles y dinámicas, alaridos asilvestrados, sintes cósmicos, voces vocoderizadas con un punto cartoonesco ( “La gacela verde. Voy quemando rueda...”, se oye entre el marasmo), cantos de eco africanista y un final más rítmico, propulsado por un charles hiperdinámico, que hace pensar, desde la debida distancia, en nombres como Four Tet, unos Rocketnumbernine pasados de speed o incluso el Squarepusher de sonido más orgánico -conexiones que uno no esperaría encontrar, ni siquiera como fruto de una interpretación subjetiva, en un disco de Za!-. Cuando parece que la canción va encontrando su forma, acercándose a su velocidad de crucero, se acaba de forma brusca.

En “WANANANAI” hay una mayor calidez y sofisticación que afecta incluso al diseño sonoro general del álbum (hay que aplaudir también a Santi García, Marco Morgione y Victor García como responsables de la grabación y el mastering), pero la música sigue latiendo a su manera al ritmo de un corazón salvaje, desbocado y caprichoso, no sometido ni a los dictados de “las modas” ni al cálculo de un cerebro frío, analítico, de credo matemático. “Gran Muralla China” es uno de los momentos más math del disco. Pero también es el que transpira de forma más clara el sentido del humor gamberro de Za!. Imagina a Aids Wolf poniendo música a 'Juego de Niños', a Ponytail soñando con gallifantes en mitad de un tour turístico por China. La canción nos hace añorar las miniaturas eufóricas de Campamento Ñec Ñec (atentos al nuevo proyecto de dos de sus miembros, Jose y Miguel, Extinción de los Insectos) entre parones bruscos y cambios de ritmo, guitarras de deje afro y melodías chinescas con un punto caricaturesco, como de interpretación del folclore más camp de aquel país dirigida al público infantil de Yo Gabba Gabba!. “Súbeme el Monitor” cruza esos mismos requiebros de ascendiente math-rock con los cuerpos genéticos del jazz, el minimalismo clásico de Reich y la manipulación digital, como buscando la intersección entre los mundos de Battles y los Zs más apegados a la partitura y la repetición.

Por momentos la música de Za! parece responder a tics nerviosos o a movimientos reflejos, a derrapes cerebrales causados por los envites de una marea de sangre agitada subiendo a chorro por las carótidas. Sus acelerones y frenadas, sus grooves insinuantes y de pulso insistente parecen fruto del apetito de un cuerpo que busca entrar en calor, forzando de paso las articulaciones, incluso buscando los límites de la coordinación de sus miembros. En “WANANANAI” importa tanto el fonema como el sema (a menudo más lo primero, a no ser que tengas acceso al muy particular acervo de “ conceptos conceptuales” que manejan en privado y que con este disco crece con expresiones como “hottero”, “hottesto” o “Pansequismo”). Se atiende con diligencia y regocijo el más primario deseo de desgañitarse. Se juega a articular sonidos ininteligibles con la boca como sólo haría un niño, un borracho o un loco, o a repetir una misma palabra o conjunto de palabras hasta que éstas acaban por perder su significado.

A su manera aquí prima lo físico y lo sensual sobre lo intelectual. Y eso a pesar de la citada complejidad de su música collage, de manejar a su antojo un cóctel de referencias y estilos que les sitúan a años luz -en realidad en otra dimensión- de casi cualquier banda de pop y rock al uso instalada en la comodidad del consenso genérico que impera en la escena de nuestro país. Za! van más que nunca a lo suyo, siguen siendo una anomalía, y eso siempre es digno de aplauso.

Una de las grandes sorpresas del álbum está en “El Calentito”. Cuando creías intuir por dónde iban a seguir avanzando los tiros, el dúo se descuelga con un tema en tres partes – o tres distintas variaciones de un mismo tema central- que desprende un marcado aroma latino. La cosa empieza sonando a fusión nuyorican, a latin soul y al rock chicano de los primeros 70s, como acercarse al legado de Ocho, Malo, la Fania All Stars y Sapo desde la óptica de Tortoise. Za! nos lo traen caliente y sabroso en el primer cuerpo del tríptico. Después del baile, la segunda parte del tema se presenta más templada y jazzy, con ecos del Miles Davis eléctrico reflejados en el espejo de la escena post-rock de Chicago, mientras que la tercera variación apuesta por texturas más psych y armonías menos claras, punteadas por algún que otro grito desquiciado.

Pero no acaban ahí las sorpresas. “Mr. Reality” tira de beats y samples, pianos eléctricos y bajos funkoides. Cuando suena el coro luminoso enunciando el título de la canción uno puede creer estar ante un nuevo single de Thundercat grabado bajo los efectos balsámicos del sol angelino. Y para cerrar, la salva final de “Tueste Natural”, un tema que retoma el motivo de “Torrefacto Wagneriano” y, ahora sí, lo desarrolla y retuerce. Al principio en clave orgánica, tortoisiana, pero la cosa se transforma a mitad de recorrido en un número casi de club, sonando sintético, coceando con cadencia 2step, antes de que todo explote en una orgía de ruido, ecos y ritmos encabritados. Así se cierra el disco, con citas a su principio, significando, quizás, el uróboros que mueve a Za!.

“WANANANAI” es Za! en su versión más panorámica y global. Hay buenas dosis de groove y baile caliente y una mejora definición. También hay arrebato, sacudidas y exploración. Spazzfrica Ehd y Papa duPau se muestran más enfocados, magmáticos y multidireccionales en un disco que depura y refuerza su visión musical, y que además abre nuevas vías para el dúo. Como tal, su esfuerzo sólo puede catalogarse de éxito.

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