Vs. Mankind Vs. Mankind

Álbumes

High Places High PlacesVs. Mankind

8.1 / 10

High Places  Vs. Mankind THRILL JOCKEY

Algo ha cambiado aquí, y la clave está en el beat. Es como si nos hubieran cambiado al grupo (si en vez de “cambiado” decimos “remezclado” el significado es idéntico). Donde “High Places” (Thrill Jockey, 2008) se adentraba por una llanura de psicodelia pop con un ancho horizonte entre africano y tropicalista –no quedaba claro si estaban más cerca del rarismo experimental que del afroindie en aquel buen debut–, el nuevo esfuerzo del dúo neoyorquino trasladado a Los Ángeles se presenta, de entrada, más rítmico y entregado a una carrera por desvanecerse en un punto de fuga celestial. Suena más marcado, más conciso, fijado al suelo en vez de libre entre los pastos. Sobresale la voz Mary Pearson, que aspira a ser canto de sirena, y relucen las nuevas texturas que incorpora Rob Barber, con mucho más cuerpo y preparadas para darle consistencia a unas composiciones que lo que buscan, por encima de todo, es acomodarse a la lógica del pop que se deshace en el oído. No hay mucha distancia entre el admirable Teen Dream de Beach House y este “Vs. Mankind”: en ambos, un músico educado en la psicodelia indie abre espacios para que brille, libre entre mares de sonido, una voz de chica; en ambos, pese a la preeminencia de la tecnología, la música consigue sonar terrenal.

No sé si el título del álbum quiere ofrecer una pista o estoy haciendo la lectura equivocada, pero ese “Vs. Mankind” –traducido, “en contra de la humanidad”– me suena a lucha interna entre dos deseos profundos: primero, sonar más pop que el primer disco (lo que significa hacer canciones, y que esas mismas canciones funciones como sentimientos y no sólo como experimentos), y a la vez maquillar la convencionalidad de la fórmula con loops, sintetizadores, efectos y found sounds de diferentes procedencias. Suena a disco de transición: parecen tener clara la idea, pero el resultado parece haber sido alcanzado por medio de la intuición, probando, fallando y acertando. Sólo así se puede entender la irregularidad de ciertos minutos del disco, los momentos en los que se parecen demasiado a sí mismos hace dos años y los mejores, que son aquellos en los que saben inventarse una retórica pop propia y distinguible como High Places. Como si tuvieran esbozos, algunos deudores del pasado, otros demasiado evolucionados, y hubieran querido almacenarlos todos juntos para que el cambio no fuera demasiado súbito o atropellado. Aunque estratégicamente sea un error, ni les servía un disco continuista ni otro de ruptura, porque cualquiera de esas dos opciones, llevadas hasta el extremo, habría sido otro error quizás mayor.

El continuismo está en “The Channon” –inciso ambiental descriptivo, muy parecido al “Papaya Year” del primer álbum–, en “On A Hill On A Bed On A Road In A House”, con esa percusión orgánica y tribal que hace pensar en tupidas selvas, en los minutos planeadores de “Drift Slayer” y, sobre todo, en el safari loopeado es insistente de “The Most Beautiful Name”. Aquí reconocemos, aunque menos dispersos y ácidos, a aquellos High Places que podrían haber sido un cruce entre los primeros Animal Collective y Popol Vuh y que ayudaron a que su público natural, el indie, aceptara las texturas espaciales. Pero si buscamos el auténtico mérito de “Vs. Mankind”, hay que ir a escarbarlo entre los bajos gomosos, entre funk, dub y punk, de “The Longest Shadows”, que sostienen una arquitectura pop que se gusta en lo etéreo según los manuales de uso de sellos como 4AD o bandas como los primeros Seefeel. Si se buscan comparaciones con Cocteau Twins o Slowdive, también se van a encontrar sin problemas: “Canada” rebosa de voces algodonosas y “Constant Winter” está armada a partir de unas guitarras transparentes a las que se les suma un bombo sin piedad, que por momentos sugiere la posibilidad de que a High Places les vendría bien un lifting disco, una incursión mutante en la música de baile, quizá queriendo ser una versión más planeadora de Glass Candy.

Pero la comparación estrella es otra. Los sonidos como de madera y ciertas percusiones que encontramos en “On Giving Up”, “She’s A Wild Horse” –con xilófono de troncos y voz montaraz sujetada por el bajo redondeado de Barber– y, sobre todo, la conclusión épica de “When It Comes”, advierten que la influencia de Fever Ray es palpable, que no es casual esa semejanza entre voces tratadas como si fueran de otro mundo –el mundo de los sueños, posiblemente: el disco es onírico por alguna razón–, esos tonos que remiten a la naturaleza trémula a la luz de la luna, con clarísima orientación ochentas. Así, entre Beach House y Fever Ray, High Places se están jugando su futuro, buscando la difícil conexión entre la psicodelia alucinada y la música de los ángeles. Si te gustó mucho Beach House pero te decepcionó Holly Miranda, y consigues borrarte de la memoria aquellos High Places raros y africanizados de hace unos meses, este “Vs. Mankind” esté hecho para ti.

Juan Pablo Forner

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