Le Voyage Le Voyage

Álbumes

The Alps The AlpsLe Voyage

6.8 / 10

The Alps  Le Voyage TYPE

El tránsito de lo espacial a lo progresivo en The Alps ya está plenamente consumado. Donde antes había más electrónica flotante –concretamente en “Jewelt Galaxies / Spirit Shambles”, el primer álbum del trío, que en realidad es la reunión de dos grabaciones en CD-R en un solo volumen para el sello japonés Spekk– ahora hay más guitarras al estilo de, por ejemplo, los primeros auteurs de free-folk americano o las bandas prog de la escena de Canterbury, así como de los momentos más ácidos, chamánicos, del rock alemán. Es decir: un triángulo poco usual en el que cada vértice lo ocupan Robbie Basho –o, en su lugar, a modo de suplente, John Fahey–, los primeros Soft Machine –intercambiables por los Caravan divagativos– y la formación original de Faust. Esto quiere decir, de entrada, que a Jefre Cantu-Ledesma, Scott Hewicker y Alexis Georgopoulos no les faltan referentes para alimentar la propuesta experimental –y bastante intelectualizada– de su divertimento al margen de sus bandas principales, o sea, Tarentel, Arp y Tussle. Hombres hechos y derechos que vienen del post-rock o de la música disco mutante a los que no les encajaban referentes más ácidos, más hippies o improvisatorios sin que la situación se les fuera de las manos, y de ahí la necesidad de formar y consolidar The Alps como una vía de escape, un balón de oxígeno.

The Alps, como sólo puede ocurrir cuando te pones por nombre el de una cordillera, son altitud y espacio, libertad y aire, aunque mirando hacia abajo todo es vértigo. “Le Voyage”, como sólo puede ocurrir cuando le pones ese título a un álbum, es un conjunto de piezas que intentan crear un continuo narrativo y, por tanto, el dibujo de un paisaje por el que podemos movernos con total libertad. Este es el viaje al que alude el álbum, ya que la música aquí se mueve y se desarrolla, y además va visitando lugares e influencias sin quedarse quieta en ningún lugar concreto. “Drop In”, que es el arranque y ya alude en su título a los acid tests, parece por momentos un reprise de aquellos discos de la escena post-rock de Chicago –hablo de los Tortoise intermedios si les quitáramos los pasajes jazz, o The Sea And Cake si no hubieran sentido fascinación por Brasil y la bossa– en los que sonaban guitarras en las que chispeaban los armónicos y aludían a un folk elástico como el de Fahey. Pero esa influencia apenas se queda ahí, porque The Alps se mueven y entran hasta en la música concreta –samples de Mozart en “Marzipan”, cañonazos de guerra napoleónica, samples de vinilos crujientes rebanados con un cuchillo digital–, el krautrock de trasfondo pagano – “Crossing The Sands” es más hippy que motorik, más Amon Düül que Neu!– y segmentos ambientales inclasificables a menos que los conectemos con la utilización libre que el trío hace de la música incidental para películas (las intros breves de “Petals” y “The Lemon Tree”, que juega a la vez con la cinta magnética como con la estética de la library music de los 70).

El problema aquí es que The Alps camuflan un gusto por lo anciano con unas habilidades técnicas indiscutibles y un montón de referentes poco explotados últimamente en lo que, así en genérico, se conoce como free-folk –decimos que en “St. Laurent” suenan a Genesis, de cuando en Genesis estaba Peter Gabriel, y no creemos estar diciendo ninguna barbaridad–. Suenan bien porque lo hacen con elegancia y criterio, pero “Le Voyage” no deja de ser un ejercicio retro con inclinación hacia lo hippy. Lo edita Type, pero podría ser perfectamente un disco del catálogo de Twisted Nerve –y nunca una referencia del sello Ghost Box–. El sitar que se desparrama por “Black Mountain” es indicativo del gigantesco trip ácido que proponen, y ese momento puede llegar a eclipsar la recreación de las vetustas bandas sonoras de Francis Lai o Vangelis –con un poco de rock progresivo marca Soft Machine de adorno– en “Saturno Contro”. Porque el sitar se erige como vértice central del último tramo del disco, la fase en la que se quitan la máscara y todo se convierte en una jam de groove blanco y psicodelia a fondo con “Le Voyage” y el crescendo medio ruidoso y abiertamente hindú de “Telepathe”. Es cuando acaba el disco cuando uno se pregunta dónde fue a parar su interés de antaño por el ambient, y si hay alguna posibilidad de que ese interés vuelva algún día. Vista la progresión, parece ser que no. Por lo menos, este viaje ácido no provoca alucinaciones incómoda, sólo una plácida sensación de confort pastoral.

Tom Madsen

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