Virtual Boy Virtual Boy

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6.1 / 10

Los entusiastas de la inteligencia artificial, y en especial los singularitarians seguidores del científico e inventor Raymond Kurzweil, pronostican un futuro interesantísimo: de seguir la tendencia de complejidad de cálculo de los circuitos integrados en los últimos 50 años, sobre el 2030 se diseñará la primera computadora que pasará el test de Turing, es decir, con una inteligencia indistinguible de la humana. Esta máquina será capaz de diseñar a su vez otras aun más inteligentes y así se llegará a un CI superior al terrícola. Aseguran que entonces tomarán el control y rescatarán a la raza humana, justo en el momento en que esté a punto de irse al garete: final feliz. ¿Se podría aplicar lo mismo a la música? Cuando esta esté condenadamente mal y ya no haya esperanza para el oído humano, ¿vendrán los robots a salvarnos? Pues miren, seguramente no deberemos esperar tanto: la robotización de la voz humana ya se ha puesto en marcha y por ahora parece imparable. Desde jóvenes rebeldes del Magreb hasta el celuloide de Bollywood, de los sound systems de Kingston a los guetos de Atlanta, desde las estrellas de la música latina hasta cualquier estudio de dormitorio en nuestra Europa, el Autotune no muestra signos de agotamiento. No sólo se ha apoderado de un amplio rango de géneros musicales, sino también de toda la paleta de estados de ánimo posibles: hay robots que suenan enloquecidos y otros que resultan amenazadores, pero también los hemos escuchado enamorados, despechados e incluso melancólicos. La primera vez que escuchamos un robot tristón –creo que en mi caso fue hace 10 años, con la versión de “ Angie” de los Rolling Stones a cargo de Uwe Schmidt en “Pop Artificielle” – casi nos reímos, pero ahora el pop ha encontrado en el androide entristecido su metáfora ideal para representar la soledad que puede ocasionar esta sociedad altamente tecnificada.

Precisamente, los momentos más destacados del debut largo de Virtual Boy contienen esta melancolía artificial a la que aludimos. “ Empty Place” es un buen ejemplo: una pieza de pop electrónico con el barniz del momento, una síncopa que se acerca al dubstep, pero cuyos arreglos de teclado, sofisticados y románticos, aspiran a hacerla atemporal. Si alguien está familiarizado con la discografía de Mille Plateaux / Force Tracks, recordará aquel electropop melodramático de Data 80: en ese caso, los robots cantaban sobre bases microhouse pero, mutatis mutandi, es el mismo caso. Aun más original es “ Let Go”, una mezcla imposible entre bases sincopadas, guitarras acústicas y un estribillo de hit adolescente que dice “ watching you baby / missing you crazy”. Evocadora es “ Memory Of A Ghost”, construida sobre un efecto vocal más parecido al antiguo vocoder que al moderno Autotune y una melodía de teclado que podría haber sido extraída del primer álbum de Boards Of Canada.

Lamentablemente, la calidad del resto de temas no está consonancia con estos momentos. El planteamiento que en mi opinión parece seguir el álbum es el de banda sonora ambientada en lugares solitarios, remotos y aislados: la portada del disco, una roca aislada en medio del mar, es suficientemente explícita. Sin embargo, el conjunto flojea al querer perturbar esa calma o al convertirla en mero aburrimiento. Por una parte, las estridencias innecesarias de temas como “ Motion Control”, en el que sólo le faltaría el macarra de Skrillex alicatándolo: me imagino este tema remezclado con un par de drops de los suyos y sería de auténtica pesadilla. Por otra parte, en los temas instrumentales, en los que beats, partitura acústica y samples orquestales se mezclan, recurren demasiado a trucos de manual –arpegio melancólico por aquí, grabación al revés al estilo psicodélico por allá– y aunque de esta mezcla salen piezas interesantes – lo son cuanto más extrañas suenan, como en “ Chariot”–, con un poco más de personalidad les habría salido un señor disco.

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