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Álbumes

Tim Hecker Tim HeckerVirgins

8.7 / 10

Tim Hecker tiene una manera de trabajar la música que recuerda más a la escultura que a la producción habitual de sonidos electrónicos. Tal como explicaba en una entrevista poco antes de participar en el festival asturiano LEV, varios de sus discos surgen –al menos los dos últimos, “Ravedeath 1972” (2011) y su continuación de descartes, “Dropped Pianos” (2012), así como el monumental “Harmony In Ultraviolet” (2006)– de ir puliendo con paciencia una cantidad apabullante de sonido en bruto. De igual manera que Miguel Ángel aplicaba el cincel sobre el mármol sabiendo que dentro del bloque ya había una figura perfecta a la que únicamente había que desprenderla de todo lo sobrante, Tim Hecker hace discos en dos fases: primero se provee de la piedra en sesiones de grabación de alta intensidad en las que obtiene horas de ruidos, drones y texturas, y después se encierra durante meses en el estudio de edición para eliminar las esquirlas y obtener una forma armoniosa y perfecta. Se trata de limpiar, rebajar, aplicar la lija para transformar el ruido salvaje en un ruido celestial. En “Virgins” vuelve a repetirse el proceso y, como viene siendo habitual en la obra del canadiense, también se repite el resultado: de este disco se puede decir lo mismo que de todos los demás, se puede señalar sin miedo su condición de obra abrumadora.

Hay dos cambios sustanciales con respecto a “Ravedeath 1972” y todos los demás, sin embargo, y no se deben pasar por alto. El primero es que la fuente original de sonido es esta vez colectiva, y no individual. Por ejemplo, en “My Love is Rotten To The Core” (2002) el grueso del sonido salía de samplear las guitarras de viejos discos de Van Halen, mientras que en “Ravedeath” la solemnidad del sonido final provenía de un viejo órgano instalado en una iglesia de Islandia en la que Hecker dispuso las primeras sesiones de grabación. En “Virgins”, en cambio, hay sonidos de vientos, un piano y diversos sintetizadores grabados durante unas jornadas de improvisación –otra vez en Islandia– con Ben Frost y Valgeir Sigurdsson. El color más rico de las piezas acabadas del álbum responde a esa generosidad de fuentes: si el sonido del órgano llevaba a la sensación de espiritualidad (y resonancia) dentro de la estética ultra-minimalista del drone en “Ravedeath”, en “Virgins” hay una mayor amplitud y profundidad, la música parece rodear y abrazar en vez de simplemente irradiar como una onda violenta. En la progresiva evolución de su sonido, que poco a poco se iba desprendiendo de energía en bruto, este nuevo álbum es un paso decisivo hacia una mayor ‘musicalidad’ entendida en el sentido clásico de la expresión. Parece como si Tim Hecker estuviera tocando con un ensemble, logrando confrontar su mundo ambiental pesado con el de una pieza para pequeña orquesta firmada por Steve Reich. Por momentos suena como una versión de “Different Trains” inspirada por un paisaje helado en los primeros días de la primavera.

El segundo cambio sustancial es una consecuencia lógica de este nuevo sonido de Tim Hecker: la música parece alcanzar una cualidad trascendental, como si estuviera imbuida de un sentimiento religioso profundo que tradujera las ambiciones de totalidad y comunión con algo inmenso por parte del productor. Si el título escogido, “Virgins”, tiene algún tipo de connotación cristiana lo tendrá que decir Tim Hecker, pero más allá de explicaciones concretas lo que transmite esta obra es un deseo de elevarse. Ya no se conforma con dibujar un trazo recto, como en sus discos anteriores –todos tan sublimes, pero a la vez tan lineales, como un chorro de energía pura todavía no domesticada del todo–, sino que trabaja formando círculos: “Black Refraction”, por ejemplo, son tres minutos de repiqueteos de pianos, varias notas que se repiten y forman una estructura armónica que se extiende de manera concéntrica, envuelta en un aura de ruido suave. Y cuando se recurre al viejo esquema ambiental de, por ejemplo, “An Imaginary Country” (2009) en momentos como “Amps, Drugs, Harmonium”, lo hace Tim Hecker inyectando luz, buscando una claridad que poco a poco separe la emoción de la confusión –lo que puede observarse como su primera incursión en terrenos que podríamos identificar como post-new age, y que confirmarían que de su colaboración con Oneohtrix Point Never en “Instrumental Tourist” (2012) extrajo varias ideas interesantes para su propia música–.

Sin embargo, que nadie piense en “Virgins” como un disco light para engrosar la cuenta de esa corriente de neo-analógicos con gusto por los estados mentales de alucinación. Varios momentos del álbum señalan la grandeza del esfuerzo de Hecker al conseguir mezclas alquímicas inéditas: en las dos partes de “Stigmata” se intuye un cierto regreso al techno-dub del que surgió hace más de una década, ofreciendo su propia versión cósmica de lo que hoy estaría haciendo Vladislav Delay, y en “Stab Variation” se produce un inteligente diálogo entre el caos y el orden, entre un comienzo abrupto y un final que sería metáfora de la búsqueda de perfección, luz y eternidad de esta pieza musical que, en realidad, no es ni ambient ni new age, ni tampoco noise, sino una insólita fricción entre el minimalismo sacro –especialmente el de John Tavener, localizable en títulos como “Radiance”, las dos citadas partes de “Stigmata” y “Virginal”, donde colisionan sintes afilados con sampleados de un virginal, el instrumento medieval de cuerda punteada– y el drone de amplísimo espectro de los discos anteriores. A estas alturas ya es imposible decir si “Virgins” es mejor que todo lo que va de “Radio Amor” (2003) a “Ravedeath 1972” –Hecker no ha bajado el nivel en una década, sólo lo ha subido–; la sensación más profunda es que sí. Lo que no admite debate es que con esta ambiciosa maniobra su liga ya no es la del ‘dark ambient’ epidérmico, sino la de la reformulación (vía, simultáneamente, Brian Eno y minimalistas como Terry Riley) del lenguaje ‘modern classical’ del siglo XXI desde la electrónica experimental.

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