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David Sylvian David SylvianA Victim Of Stars, 1982-2012

9 / 10

La evolución musical de David Sylvian ha sido una de las más fascinantes de los últimos 30 años, similar en muchos aspectos a la de la banda Talk Talk. Partiendo del synth-pop de Japan, aquí representado por un remix de “Ghosts” –recordemos, por cierto, que éste es el mismo tema que, en su día, Goldie, firmando como Rufige Cru, sampleó en “Ghosts Of My Life”–, hasta llegar a su inmersión en la improvisación de la mano de luminarias como Derek Bailey o John Tillbury, la carrera de Sylvian, como la de Mark Hollis en Talk Talk, se caracteriza por un proceso que somete a su música a una austeridad formal cada vez más evidente y rigurosa. Es precisamente su constante búsqueda de nuevas fuentes de inspiración, su compromiso con una forma musical en constante proceso de mutación alrededor de su magnética voz, pero perfectamente coherente con los pasos inmediatos, lo que hace que su trayectoria sea memorable y, en consecuencia, que la escucha de este recopilatorio sea algo tan disfrutable.

A pesar de la existencia de recopilatorios anteriores, “A Victim Of Stars, 1982-2012” los ha convertido en obsoletos en virtud de su exhaustividad, cubriendo todas sus etapas en distintos sellos y con distintos acompañantes, convirtiéndose de este modo en una perfecta puerta de entrada a su universo sonoro. De este modo, partiendo de la ya mencionada “Ghosts”, aquí se incluyen sus colaboraciones con Ryuichi Sakamoto en los 80s, incluidos momentos tan memorables como “Bamboo Houses”, “Bamboo Music” y, en particular, esa canción pop perfecta y atemporal que es “Forbidden Colours”, lanzada a la fama mundial por su inclusión en la banda sonora del filme de Nagisa Oshima “Feliz Navidad, Mr Lawrence”. Quizás éste haya sido su momento más accesible en una carrera que, sin embargo, se caracteriza por su afán por sonar esquivamente pop, por romper las barreras del formato canción pero manteniendose al mismo tiempo dentro de sus reconocibles estructuras.

La colaboración con Ryuichi señalaría una de las principales virtudes de Sylvian: la de saber rodearse de colaboradores con los que se entendía a la perfección y a los que supo sacar lo mejor de sí mismos para su propio beneficio. Así, la presencia y la huella de Robert Fripp, Holger Czukay, Bill Frisell o Marc Ribot, entre otros, en su discografía y en los distintos temas de este doble recopilatorio, no impide que su personalidad y sus intenciones prevalezcan. Realmente, toda esta gente han sido compañeros de viaje, más que estrellas invitadas. La importancia de estas colaboraciones y la dependencia en un círculo de amistades con similares intenciones artísticas compensan, además, los aspectos menos atractivos de su propuesta, como sus inquietudes místicas nacidas del aislamiento social. Mientras que su espíritu le pide escapar de la sociedad, su música le lleva a volver a ella, mediante la colaboración igualitaria de la improvisación. De hecho, es esta paradoja la que da identidad a su música.

Tras la publicación de obras maestras a finales de los ochenta como “Brilliant Trees” o “Secrets Of The Behive”, con los que consolida su estética en solitario post-Japan, se puede considerar a “Dead Bees On A Cake” , con el que dio carpetazo a los 90s, como un trabajo de transición, debido a que aún dentro del formato de canción pop elegante, introspectiva, melancólica y distanciada suficientemente amortizado para entonces, Sylvian comenzaba a vislumbrar nuevas vías para su música en la improvisación pura y dura. Y ese fue el camino que siguió, ya metido en el siglo XXI. Fue entonces cuando Sylvian decidió dar un salto mortal hacia delante, similar al llevado a cabo por Scott Walker, hacia una búsqueda de nuevos terrenos para la canción de la mano de la improvisación. Pero para ello tuvo que romper con Virgin, su sello de toda la vida, fundó su propia plataforma Samadhisound y así llegó “Blemish”. El disco, a día de hoy, es generalmente considerado, y con toda justicia, como uno de los mejores discos de la pasasa década. En este álbum, Sylvian colaboró nada menos que con Fennesz y Derek Bailey para obtener como resultado un fascinante tratado sobre las posibilidades resultantes del encuentro de las texturas y métodos de la laptop music y la improvisación con el pop.

Sin embargo, su último disco hasta el momento, Manafon, no ha tenido la misma suerte, y a pesar de contar con un plantel de auténtico lujo, casi un quién-es-quién de la improvisación europea, con miembros de AMM y Polwechsel, fue recibido de manera desigual debido a que en esta ocasión se tenía la sensación de que la voz de Sylvian no estaba tan bien integrada en el contexto sonoro como en anteriores ocasiones. Pese a todo, su prestigio ha permanecido intacto, sobre todo si le comparamos con otros compañeros de generación que, en vez de arriesgarse a renovar radicalmente su propuesta, se refugian en la comodidad de las orquestas sinfónicas (¿verdad, Peter Gabriel?). La visión panorámica que aquí se ofrece invita a ser pesimistas y a pensar que la carrera de Sylvian ha completado su arco narrativo, pero esperemos que no sea así. En cualquier caso, la cantidad de buenas canciones aquí incluídas debería animar a los que no lo hayan hecho ya a sumergirse en una de las voces más distintivas y especiales del Reino Unido en el último cuarto de siglo.

Forbidden Colours

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