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Benjamin Biolay Benjamin BiolayVengeance

7.6 / 10

Después de un disco, casi de un exorcismo, como “La Superbe”, era lícito pensar que Benjamin Biolay simplificaría las formas y las emociones en su regreso discográfico. Aquel fue un álbum atormentado, cargado a conciencia y tensado hasta el límite de lo artísticamente soportable, así que tenía sentido imaginar “Vengeance” como una obra de distensión para probar cosas, dejarse llevar y relajar el pulso. Algo así es lo que sucede en este álbum, el primero en tres años, en el que el cantante y compositor francés decide tomárselo todo con calma y máxima libertad. Esta libertad se traduce en la cronología sonora más inclasificable e imprevisible que le recordamos en una grabación, situación que da vida a una propuesta de eclecticismo total y militante en que cada canción es una aventura muy distinta de la anterior.

Esta variedad estilística provoca cierta sorpresa, e incluso estupor, en algunos pasajes: la presencia del rap en “Ne Regrette Rien”, con la ayuda de Orelsan, o en “Belle Époque (Night Shop #2)”, con Oxmo Puccino como invitado de lujo; el electro-pop en “L’Insigne Honneur”; o el pop agitado de “Le Sommeil Attendra”, por citar los ejemplos más ilustrativos, contrastan frontalmente con aquellas aportaciones de perfil más convencional y reconocible en el universo de Biolay. Y la sensación, muy acusada cuando finaliza el recorrido, es que esta idea de melting pot sin mucho sentido ni orden es totalmente deliberada y consciente, como si Biolay hubiera querido echar por tierra cualquier noción de uniformidad y coherencia estética dentro del disco para afrontar su regreso. Es decir: sensación de libertad total, lejos de todo convencionalismo y ortodoxia.

En este sentido, “Vengeance” es un álbum que no le tiene miedo al error, las salidas de tono o las desconexiones, como si no le importara caer en sus trampas. Y sobre todo tiene la convicción de que Biolay atraviesa por un momento dulce e inspirado desde un punto de vista creativo y compositivo que le permite sortear estos escollos. Lo demuestran momentos como “Profite”, un espléndido dueto con Vanessa Paradis, siempre arrebatadora en su melancolía, “Confettis”, aquí con Julia Stone, o “La Fin De La Fin”, otra composición redonda que sumar a su carrera, tres ejemplos que ponen de manifiesto que, a pesar de sus digresiones y probaturas, el autor francés mantiene los pies en la tierra y solo se aleja de su zona de comodidad de manera puntual y esporádica. No es el mejor Biolay de su carrera, pero tampoco se tiene la sensación de que pretenda serlo a cualquier precio. Más bien es un Biolay reflexivo, incluso zen a pesar del título, al que le importa bien poco el qué dirán, muy liberado después de “La Superbe” y con ganas de no rendirle cuentas a nadie.

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