Vasco Vasco

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Ricardo Villalobos Ricardo VillalobosVasco

7 / 10

Ricardo Villalobos Vasco PERLON

A nadie se le escapa que la diferencia entre Ricardo Villalobos y la horda de piesnegros del house que le imitan es abismal. El chileno se ha acomodado en una zona creativa tan personal, y a la vez tan nueva, que cualquiera que meta la pezuña dentro, aunque sea sólo la puntita, va a quedar contaminado con el estigma del copión, ya sean estos el impresentable SiS “Trompeta” es una tiña abominable, he dicho–, los más distintivos Mountain People o el tipo con el ojete más abierto y en pompa del universo, Samim. Villalobos es el que se ha fortificado en un terreno propio, y además lo cultiva tan a fondo, con tanta paciencia y constancia, que no da ni margen para que sus seguidores le coman terreno: la distancia cada vez es más amplia. Primero fue el microsonido en el house de tendencia tribal. Luego fue la intensificación de ese mismo elemento tribal con percusiones huecas y psicodélicas que Villalobos ha esculpido con la pericia de un Fidias. Más tarde vino la cabra, o la trompeta del gitano de la ídem, que en su caso no es puta, sino de buena crianza. Y por último vino el salto de longitud a lo Carl Lewis en Los Ángeles 84, más lejos que nadie, estandarizando el track house, repetitivo pero con mutaciones como fractales, hasta los quince minutos, los treinta minutos, los setenta y cuatro minutos, y porque se acababa el CD ( “Fizheuer Zieheuer”). “Vasco” es la versión en CD del EP del mismo título publicado a mediados de este año. No es un trasvase del vinilo, porque el plástico –en dos partes– incluye, por ejemplo, el remix de Shackleton que aquí nos escamotean a mala hostia. Pero la materialización en digipack del álbum vizcaíno –que así era como Quevedo llamaba a los vascuences en su siglo– trae la perla que el vinilo no puede condensar, a saber, los 31 minutos que dura la versión extendida de “Minimoonstar”. El resto del álbum, que podríamos tildar de relleno aunque no lo sea, son las tres tomas de microhouse percutivo, latinajo –por latino, que no por latín– y mareado propias del estilo Villalobos tituladas “Electronic water” –incisiva, aunque tampoco para exaltarse–, “Amazordum” –la más selvática– y “Skinfummel” –la más narcótica–. Pero “Minimoonstar” es lo que vale todo el dinero de “Vasco” por ser otro ejemplo de cómo se puede mantener la atención durante media hora de idas y venidas, repeticiones y variaciones, fintas y amagos de pequeñas muescas de sonido, ritmos transparentes e intenciones hipnóticas. Muchos podrán intentar hacer lo que Villalobos, porque parece fácil. Pero nadie le ha igualado. No será tan fácil, pues. El chileno tiene un secreto.

Javier Blánquez

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