Varde Varde

Álbumes

Elegi ElegiVarde

9.1 / 10

Elegi  Varde MIASMAH

El mar y sus dificultades, su frío, su trampa. El mar es fascinante, pero para muchos de los que recibieron su atractiva llamada también fue una tumba: Magallanes no completó su vuelta al mundo, el número de naufragios en alta mar en la era de los colonizadores es incontable, incluso el héroe Odiseo estuvo a punto de palmarla en innúmeras ocasiones, ya fuera devorado por Caribdis o atraído por el lobotomizador canto de las sirenas. Del mar, los últimos mártires han sido los exploradores de los Polos, últimos confines que le quedan al hombre para acabar de explorar la totalidad del orbe; todavía queda, dicen, un amplísimo espacio en la Antártida que jamás conoció de la pisada del depredador por excelencia. Ni siquiera Sir Ernest Shackleton completó su expedición épica al Polo Sur entre 1914 y 1916, aunque el caballero inglés tuvo más suerte que aquellos que, en 1912, murieron entre el hielo del Círculo Polar Ártico: “Varde” trata, principalmente, de la catastrófica expedición del capitán Robert Scott que concluyó con su cuerpo y el de sus acompañantes atrapados entre témpanos, lejos de los glaciares y los iglús.

Tommy Jansen tiene en marcha una trilogía sobre el mar, y ésta es su segunda entrega. La primera, “Sistereis” ( Miasmah, 2007), versaba sobre el submarinismo, acerca del descubrimiento del mundo bajo la superficie del agua y, también, del cálculo de los límites de resistencia del hombre sin oxígeno. Aficionado a la inmersión en apnea, este noruego llevó a la música su pasión por el buceo: entre electrónica negra, pianos lentos y violines funerarios, supo describir el fondo sin luz del mar –porque el mar no es exactamente el carnaval de color y vida de los documentales de Jean-Jacques Cousteau, sino una encerrona mortífera– en una hora breve de absorción neoclásica. Hundimiento en las aguas y hundimiento emocional; densidad sonora y profundidad en brazas; termómetro bajo cero y frío en el alma. Comparado con otro polar sublime, Jóhann Jóhannsson, Elegi resulta todavía más autista, críptico y autodestructivo.

“Varde” prosigue la línea: a su partitura ambiental –cuyo calor, inexistente, se mide en un puñado de grados Kelvin; imagínense–, plagado de sampleos de viento, olas y aves gruñonas, Jansen apenas añade nada: un violín en dos piezas, un serrucho que vibra ocasionalmente, un bajo en “Svanesang” y una percusión imperceptible en “Drivis” y “Fandens Bre”. El resto, es el oyente y la naturaleza a solas, y una naturaleza que es el Ártico en su plenitud: por aquí ni chapotean las focas ni trotan los osos; es el silencio muerto y el horizonte eterno y blanco. Es una vista del norte magnético sin apenas vida, sin un atisbo tibio, y sin posibilidad de regreso. Inspirado como está en un cuerpo congelado sin tecnología no-frost como el del capitán Scott, “Varde” es la crónica imaginada, idealizada y escalofriante de un trágico fracaso. El mar y sus trampas, el frío constante, los límites de resistencia y, finalmente, el óbito sin testigos, sin carroñeros que se coman las entrañas, porque allí ya no llegan ni los lobos. El tercer disco que nos entregue Elegi –veremos sobre qué versa– no nos podrá dejar más hundidos. Este, por de pronto, deja tiesas las extremidades.

Javier Blánquez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar