Vapor City Vapor City

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Machinedrum MachinedrumVapor City

7.5 / 10

Mucho se habló en su momento de la influencia del footwork en “Room(s)”, el anterior y muy ovacionado álbum del americano Travis Stewart como Machinedrum. Sin embargo, y como acertadamente indicaba Laurent Fintoni en este espacio hace ya más de dos años, no era éste el único elemento distintivo de su discurso, que se nutría también de la tradición rave y el jungle.

Puede que se vuelva a mencionar el footwork en las reseñas que aparecerán de “Vapor City” de aquí en adelante, más que nada por la velocidad que alcanzan algunos ritmos y porque parece que ahora todos los discos nuevos que molan están (o mejor dicho: parece que tengan que estar) conectados de alguna forma u otra con el género de Chicago. Pero lo cierto es que la base sobre la que se sostiene casi todo este “Vapor City” es el drum’n’bass londinense de hace más de 15 años; y no uno cualquiera: hablamos aquí del modelo líquido LTJ Bukem, circa 92-96, no de la agresividad y el apocalipsis de Andy C, Ed Rush y compañía o de la tendencia más roots de 4 Hero y Roni Size. El tono de “Vapor City” es nocturno y urbano, con su punto desolador, nada estridente ni urgente. Y el tema urbano no es baladí, más allá del título del disco. El otro elemento clave, y que entronca perfectamente con lo dicho hasta ahora, son las voces tratadas o pitcheadas (también llamadas “burialescas”), tan características del post-dubstep de los últimos dos años; algo nuevo, por un lado, porque en “Room(s)” apenas había, pero, por el otro, un recurso que empieza a sonar demasiado trillado. Así pues, “Vapor City” está más cerca aquí de la ensoñación “classy” de Sepalcure (su proyecto con Praveen Sharma) que de las diabluras polirrítmicas de Dream Continuum (el encuentro entre jungle y juke que persigue junto a Om Unit).

Volviendo al tema urbano: Stewart ha explicado que “Vapor City” quiere poner banda sonora a una ciudad imaginaria que visita bastante a menudo en sus sueños. Un concepto interesante que ayuda a explicar el disco, aunque la ciudad que dibuja en el álbum sea un lugar algo grisáceo, cuyas fronteras entre barrios queden poco definidas; son canciones que describen distritos quizás venidos a menos pero que siguen gozando aún de la tranquilidad y el suficiente confort para poder seguir viviendo en ellos. En ese sentido, uno podría confundirse caminando por las calles de “Infinite Us”, “Center Your Love”, “Rise N Fall”, “Seesea” o “Baby Its U”. Son temas muy similares entre sí, primorosamente producidos (Stewart es un máquina, un machine, claro que sí) pero un pelín monocromáticos, basculando del gris al azul y viceversa, como si en esta ocasión su autor haya querido apostar por un sonido más maduro y equilibrado que en sus aventuras pasadas. Hay menos florituras que de costumbre, es más sobrio y contenido, y se percibe un diseño de sonido trabajadísimo, lo suficiente al menos para que después todo suene como si fuera sencillo, en desarrollos lógicos, sin apenas sobresaltos.

En principio, nada que objetar. Pero se echan un poquito en falta más visitas al extrarradio de esta ciudad imaginada (un paseo por Brixton, Vallecas, Poble Nou o el Neukölln de su Berlín adoptivo, para entendernos). Esas incursiones barriobajeras las reserva sólo para tres tracks, los mejores del lote: la apertura de “Gunshotta”, sostenida por bajos poderosos y con insertos vocales ragga que propulsan el track hacia arriba; “Don’t 1 2 Lose U”, con un ojo en los beats de Dabrye; y la extraordinaria “Eyesdontlie”, obsesiva en la repetición del mantra vocal y más oscura y amenazante que el resto (y, por ende, más estimulante). Mención también especial para los dos minutos de transición de “Vizion”, con su punto necesario de contaminación, y la sorprendente “U Still Lie”, synth-pop levantado sobre un ritmo clavado al de “Carros de Fuego” y líneas de sinte muy vintage, propias de aquel pasado que avanzaba un futuro al que no hemos llegado ni por asomo.

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